Energías renovables: una estrategia para la paz
El sol y el viento no tienen que atravesar el estrecho de Ormuz, ni están sometidos al control de autócratas volátiles


La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha puesto en evidencia los riesgos económicos, climáticos y de seguridad que genera la dependencia de los combustibles fósiles. Hoy, los líderes del mundo enfrentan una disyuntiva: avanzar hacia la estabilidad y la sostenibilidad que ofrecen las energías renovables, o seguir siendo rehenes de la incertidumbre en un contexto internacional marcado por conflictos impredecibles y crecientes rivalidades geopolíticas.
El impacto en los mercados energéticos globales ya han tenido consecuencias políticas inmediatas. Cerca del 20% del petróleo mundial transita por el estrecho de Ormuz, de modo que la disrupción causada tanto por las acciones iraníes como por las estadounidenses evidencia cómo la dependencia de los combustibles fósiles puede convertirse en una fuente de presión estratégica en tiempos de guerra o conflicto. Cada escalada militar eleva los precios. El petróleo ha superado los 100 dólares por barril, y todo indica que los precios globales de los combustibles seguirán subiendo en el futuro cercano.
Han pasado apenas cuatro años desde que otra guerra ilegal —la invasión rusa a Ucrania— disparó los precios del petróleo y del gas, poniendo de jaque, una vez más, la fragilidad de un sistema basado en la escasez. Una sola crisis vinculada a los combustibles fósiles ya debería haber sido suficiente advertencia; dos en menos de cinco años constituyen una señal inequívoca de que nuestros sistemas energéticos requieren un cambio estructural urgente.
Los combustibles fósiles también financian algunos de los peores conflictos del mundo. Desde el inicio de la guerra en 2022, los ingresos de Rusia por este concepto han superado ampliamente la ayuda occidental a Ucrania, permitiéndole al Kremlin sostener su agresión. Trágicamente, el actual aumento de precios probablemente dará aún más oxígeno a la maquinaria de guerra rusa. A la vez, las guerras en Sudán y Yemen, entre otras, se nutren por los ingresos derivados de los combustibles fósiles y están atravesadas por disputas en torno a los recursos. Superar esta dependencia debe ser, por tanto, una prioridad no solo ambiental, sino también estratégica para la seguridad nacional y global.
Los países deben decidir ahora si continúan por el camino de los combustibles fósiles o si aceleran la transición para dejarlos atrás. Existe la tentación de optar por lo primero, ya sea trasladando la dependencia de un proveedor a otro o ampliando los subsidios a a este tipo de combustibles. Aunque esas medidas puedan aliviar tensiones en el corto plazo, a largo plazo solo profundizarán la inestabilidad y afianzarán precisamente las vulnerabilidades de las que los países buscan escapar.
Al mismo tiempo, y de manera aún más preocupante, las consecuencias climáticas del sistema actual se están acelerando. Los combustibles fósiles representan aproximadamente el 75% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, y los desastres asociados al clima ya le cuestan a la economía mundial más de 200.000 millones de dólares al año. Los últimos tres años han sido los más calientes jamás registrados, con temperaturas que han superado el umbral de 1,5 grados por encima de los niveles preindustriales. Cada fracción adicional en la temperatura global agrava los riesgos: olas de calor más intensas, inundaciones más devastadoras y sequías más prolongadas que erosionan la seguridad alimentaria e hídrica.
Sin embargo, existe una alternativa energética más limpia, más justa y más segura. La energía renovable ofrece un modelo distinto y más económico. La independencia energética es una fuente de estabilidad, y eso es precisamente lo que pueden ofrecer las energías renovables producidas dentro de los países. El sol y el viento no tienen que atravesar el estrecho de Ormuz, ni están sometidos al control de autócratas volátiles.
El rumbo es claro, pero recorrerlo exige liderazgo. Brasil ha impulsado un proceso global para apoyar a los países en el diseño de hojas de ruta que les permitan dejar atrás los combustibles fósiles, reconociendo que esta transición debe ser planificada, no improvisada. En ese contexto, la próxima reunión en Santa Marta —convocada conjuntamente por mi país, Colombia, y los Países Bajos— representa un primer hito: reunir a gobiernos, expertos y profesionales para concentrarse en la implementación práctica de esa transición.
Si los países funcionaran con energía limpia, estarían mejor protegidos frente al impacto desestabilizador de las guerras en Oriente Próximo, Rusia, Ucrania, o en cualquier otra región. Los hechos recientes así lo demuestran. La apuesta de España por la energía solar y eólica la ha protegido de los aumentos de precios que muchos otros países han venido enfrentando y esto ha reducido su vulnerabilidad frente a presiones económicas y políticas externas. De igual manera, la rápida expansión de la energía solar en Pakistán ha contribuido a evitar más de 12.000 millones de dólares en importaciones de combustibles fósiles. Además, está amortiguando el impacto de la creciente escasez de gas sobre su economía, fortaleciendo así un tipo de estabilidad que también contribuye a sostener la paz. La lección es clara: aunque la transición hacia las energías renovables no ocurrirá de la noche a la mañana, reducir la dependencia de los combustibles fósiles puede hacer a los países mucho más resilientes frente a las conmociones globales.
Hoy nos encontramos en una encrucijada entre dos modelos de desarrollo: uno arraigado en la extracción y la incertidumbre; el otro, en la resiliencia y la prosperidad compartida. Las energías renovables ofrecen una vía hacia este último y, con ello, la posibilidad de contribuir a la paz en un mundo cada vez más volátil. Se trata, en el fondo, de una reconfiguración de la geopolítica y es, por sí misma, una estrategia para la paz.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































