Hablemos de ecología sin hablar de las fresitas de tu huerto
La mala conciencia ecológica de la derecha resulta llamativa, cuando conservadurismo político y conservacionismo ambiental están tan unidos


Si hemos tenido duquesas rojas y curas obreros, a nadie le extrañará que en España tengamos también ecologistas de derechas: ¡en algo ha de notarse que somos el país más biodiverso de Europa! Está por ver, eso sí, si los ejemplares de ecologista de derechas son más o menos numerosos que los ejemplares —209, según el último censo— de urogallo cantábrico. Al fin y al cabo, el ecologismo es uno de esos temas en los que la derecha se ha venido convenciendo de su propia falta de legitimidad para pronunciarse. Por una parte, la derecha ha juzgado históricamente la política medioambiental como una de esas políticas blandas que resultarán siempre ornamentales frente a los grandes ministerios de Estado y la gestión pura y dura de la economía. Por otra, ha asumido con asombrosa desenvoltura el papel que la izquierda le reserva en la materia: ostentar la representación de los malvados, del promotor que da un pelotazo junto a la costa al señoro que se queja de los tapones del agua mineral. Esta mala conciencia ecológica resulta llamativa, siquiera sea porque no hacen falta mayores vuelos conceptuales para unir conservadurismo político y conservacionismo ambiental. Ni, ya puestos, hace falta una memoria muy larga para recordar los tiempos en que la imagen del progreso, para la izquierda, era la chimenea humeante de una fábrica. Si el capitalismo lo ha hecho mal en la Amazonia, también sabemos qué dejó el colectivismo en el mar de Aral.
Sería una pena que el sensacionalismo del título redujera los lectores de El ecologista de derechas. Soluciones azules para un planeta verde a la hinchada liberalconservadora. Uno de los no escasos méritos del libro de Toni Timoner y Luis Quiroga consiste en integrar las ramas liberales y conservadoras en la genealogía del ecologismo español. Ahí está la pedagogía de un Delibes. O la concienciación en masa de un Rodríguez de la Fuente que rechazó ser ministro de UCD. Pero también están decisiones de contundencia política como el establecimiento del Ministerio de Medio Ambiente (1996) o una casi profética —año 2001— Oficina Española de Cambio Climático. Infelizmente, esa genealogía tiene también algo de melancolía. La ministra Isabel Tocino fue recibida con una avalancha de condescendencia. Y a Alfonso Ussía le bastó con un título, Manual del ecologista coñazo, para condensar el sentir de la derecha castiza en torno al medio ambiente. Ese escepticismo ecológico en la derecha ha llegado hasta hoy. Está, en su vertiente cómica, en las invectivas contra el calentamiento climático cada vez que llueve o nieva. Y, ya con trascendencia electoral, en las bolsas de voto rural de quienes se sienten perdedores del Pacto Verde.
El ecologismo es una casa con muchas puertas: el fascismo, por ejemplo, siempre quiso proteger sus montañas nevadas. Valga para subrayar, al menos, que las sensibilidades rebasan las líneas partidistas: quizá sorprenda tanto que Reagan legalizara el aborto en California como que impulsara una muy pionera Ley de Aire Limpio. En el escenario actual, los distingos son cada vez más difíciles. Tomemos el ejemplo de un viticultor brillante como el friulano Fulvio Bressan. Por práctica agrícola o política comercial, creeríamos estar ante un militante modelo de la izquierda alternativa. Por sus declaraciones en redes, pudo verse que está en todo lo contrario. El apego al terruño y cierta tentación arcádica, de hecho, acercan a la izquierda utopista y a una derecha rural chic. Ambas son anticapitalistas. Y hasta un gran escritor conservador como Roger Scruton se permitió algún flirteo con el decrecimiento, esa tentación de unas élites al parecer ajenas a la constatación de que el ser humano trabaja porque espera que el trabajo mejore su vida. Es posible que, como todo milenarismo, el de Greta Thunberg haya causado algún efecto contrario: comamos y bebamos, que mañana moriremos. Pero la estetización del agro y los modos de vida campestres que propone cierta derecha de jara y sedal no dejan de caer en el embeleso moral que esa misma derecha critica en la izquierda ecologista. Bien está cultivar frambuesa orgánica y criar especies pijas de gallina, pero no es lo mismo que salvar el mundo.
Las políticas ecológicas suelen terminar en coerción, desde que se establecieron vedas o se prohibió tirar las colillas por la ventana. Es importante, por tanto, ganar la complicidad de la ciudadanía con la moralización de la causa ecologista: lo hace la izquierda y también lo hacen Timoner y Quiroga desde una cierta “cosmovisión cristiana” de “administradores temporales” del mundo para las generaciones por venir. Al fin y al cabo, con nuestras políticas medioambientales no solo estamos pagando por errores de generaciones que no hemos conocido, sino que estamos sacrificándonos por generaciones que no vamos a conocer. Con todo, lo importante de estos nuevos ecologistas de derechas es que hablan menos de armonía con la tierra que de mix eléctrico, y más de descarbonización que de la mirada de los terneros. Incluso hablan de lo que nadie quiere hablar: “Prepararnos para un mundo que, incluso cumpliendo los compromisos medioambientales más ambiciosos, será más cálido, irregular y extremo”.
El ecologista de derechas viene, felizmente, a desmentir lo que denuncia: el ecologismo va a ser cada vez más batalla política habitual y menos guerra cultural. Al fin y al cabo, ya nadie puede permitirse ponerse de lado: la política medioambiental está en las facturas del aire acondicionado, en tus vacaciones en el norte y en los lugares por los que puedes meter el coche o no. Bueno es recordarle a la derecha que hace tiempo que dejó de ser ornamental.
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