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tribuna
Columna

La caída de Orbán desnuda a Vox

La ultraderecha española lleva tiempo queriendo huir de la Unión Europea

Desde la izquierda, el presidente de Chega!, André Ventura; el líder del Partido por la Libertad, Geert Wilders; la líder de Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen; el líder de Vox, Santiago Abascal; el entonces primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, y el líder de Liga, Matteo Salvini, en la cumbre de Patriots, en Madrid en febrero de 2025. Ricardo Rubio (Europa Press)

Vox ha perdido a su gran referente en Europa, que era Viktor Orbán. Es difícil saber cómo influirá todo ello en el futuro del partido de Santiago Abascal, que incluso pidió un préstamo a un banco húngaro. Abascal atraviesa un momento enrarecido políticamente: sufre un frenazo en algunas encuestas —pese a su crecimiento reciente— y cada vez generan más recelo sus compañías internacionales. No es tan raro sospechar, a estas alturas, sobre qué modelo de democracia defiende realmente la ultraderecha española.

Precisamente las elecciones húngaras han permitido conocer mejor qué representaba Orbán para sus ciudadanos: durante 16 años, el primer ministro saliente promovió un giro iliberal que chocaba con los estándares de Bruselas. Vox podrá negar que pretenda ese paradigma para España, pero no es menos cierto que eligió integrarse en el grupo Patriots y rodearse de esos aliados porque quiso. Para ello, tuvo que salirse del grupo de Giorgia Meloni en la Eurocámara: aunque la líder italiana también es contraria a la inmigración, aplica una estrategia más posibilista dentro de las instituciones gobernadas por Ursula von der Leyen. Por su lado, el ganador de las elecciones húngaras, el proeuropeo Péter Magyar, parece que tampoco plantea revertir la política migratoria de su antecesor, por más que Vox sugiera que Hungría se convertirá en adelante en un país con barra libre para la llegada de extranjeros.

Así pues, la Unión Europea es de lo que Vox lleva queriendo huir hace tiempo. Dirán que es porque la Comisión Europea les obligaría aplicar los consensos woke, o incluso porque buscan una soberanía nacional fuera de toda pertenencia a organismos internacionales o el llamado globalismo —como también dice Marine Le Pen en Francia—. No es del todo excluyente: como se ha visto, existen otros partidos de programa parecido que, en cambio, no tienen problema con Bruselas. La realidad es que no existe un contexto internacional ideal sin zonas de influencia: si uno no se alinea con la Unión Europea, la pregunta es a qué otro modelo sirve.

Curiosamente, la mayoría de los aliados de Vox están por el debilitamiento de la UE o de lo que simboliza: un mundo basado en reglas, de democracias que pivotan alrededor del orden liberal. No hace falta rebuscar mucho para observar los contrastes: cada vez que puede, el vicepresidente estadounidense J.D. Vance arremete contra Europa, sabedor de que el MAGA, su base social, se siente hoy más cercana de admirar regímenes como Rusia o China que de la entente tácita que los países europeos y EE UU forjaron tras la Segunda Guerra Mundial. El asalto al Capitolio da cuenta de ello. El mismo Vladímir Putin —cercano a Orbán— seguramente también ve con desdén al Viejo Continente: a diferencia del autoritarismo, nuestras instituciones se rigen por cambios en la opinión pública, disuadiendo a nuestros gobernantes de hacer lo que quieran en todo momento. Benjamín Netanyahu se ha convertido en otra foto polémica para Abascal por sus acciones en Gaza o en el Golfo, mientras los españoles sufren las consecuencias de la actual guerra.

En consecuencia, el mundo empieza a dividirse entre quienes creen en el orden liberal internacional —y sus reglas—, y quienes ven la ley del más fuerte como una proeza. Ello supera con creces el clásico eje izquierda y derecha y, paradójicamente, es al progresismo a quien más le beneficia ese contexto. El presidente Pedro Sánchez ha sabido leerlo: su defensa del derecho internacional ilustra la dicotomía entre los límites de la UE y la liga en que juegan otras potencias. No solo es una cuestión jurídica. El papa León XIV se ha vuelto recientemente —y sin buscarlo— otro faro moral de los valores europeos como una vez los entendimos; la prueba es que hasta Meloni ha salido en defensa del Sumo Pontífice, confrontando con el presidente Trump —que ha pasado de admirarla a criticarla—. Una parte de la vieja Europa no piensa renunciar a los valores que la urdieron, y a Sánchez —llamativamente— le está sirviendo en España para aglutinar a todo el progresismo bajo un paraguas del antiimperialismo. No servirá para quitarle votos a la derecha, pero sí para laminar el espacio a la izquierda del PSOE. Si en 2014 fue Podemos quien defendía la soberanía nacional española frente a la UE, hoy es curiosamente esa misma UE quien la promueve frente a otras potencias extranjeras.

Con todo, no ayuda el posicionamiento de ciertas voces diciendo que la derrota de Orbán no es un éxito porque Magyar salió de su partido. Hoy existe una diferencia entre las derechas más o menos conservadoras y las iliberales, donde el mayor reto de las primeras es sobrevivir al cuestionamiento de las primeras. Por decirlo en plata: beneficia más a la izquierda, al orden internacional, a la democracia y al Estado de derecho asumir que el Partido Popular no es el Fidesz de Orbán que negarlo. La derrota del ex primer ministro húngaro ha desnudado así a Vox: aunque juegue a la ambigüedad doméstica, la gente siempre tenderá a asociar sus valores a los de las compañías que frecuentan. Está por ver si, en adelante, su votante medio comulga con ello.

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