Si a Vox se le pasa el arroz
La guerra de Irán hace que la formación ultraderechista empiece a mostrar sus limitaciones


Se acerca el momento de la verdad para Vox. La guerra en Irán ha sacudido el tablero político de forma inesperada: incluso la formación de Santiago Abascal, que venía jugando a ser antisistema, se ve en la tesitura de tener que mostrar algún tipo de utilidad a los ciudadanos que le votan. Existe una delgada línea entre intentar absorber el malestar y volverse irrelevante. La ultraderecha se las prometía felices, pero sus planes podrían no cumplirse si la excepcionalidad bélica en el golfo Pérsico se alarga.
Vox salió en 2024 de los gobiernos del PP para volver a ser ese voto protesta contra el bipartidismo y el llamado “régimen del 78”, y, hasta el momento, parecía funcionarle. Ha ido creciendo en las encuestas al mismo ritmo que en los parlamentos autonómicos, y sus perspectivas en unos eventuales comicios generales siguen al alza. Cuando un partido no tiene que definirse, acaba convirtiéndose en un recipiente para la queja ciudadana. El problema llega cuando, pese a la ambigüedad —Vox ha pasado de posiciones liberales a proteccionistas sin dar mayores explicaciones—, hay colectivos que esperan resultados. Abascal ha sido efectivo llegando a la España rural, a muchos jóvenes sin perspectivas vitales y a trabajadores precarizados. Sin embargo, ahora que tienen la oportunidad de mostrar su programa económico, la ultraderecha vuelve a jugar al despiste y resulta difícil definir cuáles son sus pretensiones reales. Han cambiado tanto de postura sobre si entrar o no en gobiernos del PP que la conclusión parece clara: no saben cuál es la estrategia política que más les conviene de cara a los comicios generales de 2027.
Así pues, Vox empieza a mostrar sus limitaciones: podrá desafiar al PP a corto plazo, pero no sabe cómo gestionar España sin perder apoyos, a diferencia de otras ultraderechas europeas. Alberto Núñez Feijóo lo asume y, por eso, busca darles el abrazo del oso. En Génova 13 han llegado a la conclusión de que integrar a la ultraderecha en los gobiernos es la mejor forma de exponerla y desgastarla. Es una estrategia similar a la que siguió Pedro Sánchez con Podemos en 2020, y recuerda al deterioro que sufrió Vox cuando compartía ejecutivos con el PP hasta hace dos años.
La cuestión es que el espacio antisistema está hoy muy concurrido. Los altavoces del PP llevan semanas afirmando que Vox se ha frenado en Castilla y León, aunque ese diagnóstico no es del todo honesto. Abascal perdió al menos tres escaños que fueron al PSOE porque Se Acabó la Fiesta, la candidatura de Alvise Pérez, obtuvo unos 17.000 votos que lo impidieron. Por tanto, no es el PP quien ha aplacado a Vox, sino el oportunismo momentáneo de otra fuerza que compite por el voto protesta. La clase media ya estaba debilitada en nuestro país antes de la guerra en Irán, y sobre ese malestar estructural contra PP y PSOE venía creciendo la ultraderecha hasta hace unas semanas.
Pese a ello, la guerra añade una nueva variable que beneficia al bipartidismo: el efecto repliegue. En situaciones de crisis, los ciudadanos tienden a confiar más en quienes ya han demostrado capacidad de gestión, incluso con errores, que en quienes no lo han hecho. Aunque se esperaba que Vox debilitara la mayoría absoluta del presidente andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla, todo apunta a que esta podría mantenerse con más solidez de la prevista.
El caso es que la ultraderecha lo tenía todo de cara para ir reemplazando paulatinamente al PP en cuestión de una década. Génova 13 podrá criticar a Pedro Sánchez, pero muchas de sus políticas no difieren sustancialmente de las del PSOE, por ejemplo, en materia de inmigración o pensiones, en un país donde el voto al bipartidismo pivota alrededor de los baby boomers. Pese a ello, la ultraderecha tampoco está rentabilizando los comicios autonómicos para mostrar su impacto en el acceso a la vivienda para la gente joven, aun cuando es consciente del profundo malestar generacional que les apoya. Asimismo, relacionan auge migratorio con empeoramiento de servicios como la sanidad pública para captar voto entre las personas de más edad, pero tampoco han mostrado su impacto concreto en ese ámbito.
En definitiva, parecía que Vox apostaba por un gobierno del PP en solitario cuando Feijóo pudiera llegar a La Moncloa, algo que les iba a permitir seguir subiendo, pero hoy existen dudas sobre su desempeño en ese impasse. Se confirma que España es un país que se gobierna desde la base institucional: como ya ocurrió con Podemos o Ciudadanos, no basta con canalizar el malestar social. Ningún partido que no haya demostrado capacidad de gestión previa en regiones o ayuntamientos está en condiciones de desbancar al bipartidismo. Esto no impide que Abascal pueda ser un competidor fuerte en el corto plazo, pero sí dificulta que se convierta en una alternativa real en el largo. Si a Vox se le pasa el arroz, no será por la crítica externa de sus exmiembros —que se prodigan estos días por los platós televisivos haciendo insinuaciones varias—, sino porque, tras la expectativa de crecimiento, en realidad no había un plan político sólido, sino más bien una estrategia basada en la agitación momentánea.
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