En el estrecho de Ormuz, la inteligencia artificial se convierte en geografía
La guerra en el Golfo no interrumpe solo los flujos comerciales, también la fantasía de que el capitalismo se había emancipado de sus servidumbres materiales

Nos habíamos acostumbrado a contar la economía del siglo XXI como si la geografía importara cada vez menos. La inteligencia artificial, los centros de datos, la nube, los chips: todo parecía confirmar la idea de un capitalismo cada vez más abstracto, más rápido, más emancipado de sus viejas servidumbres materiales. Ormuz viene a desmentir esa ficción. Basta con que un estrecho se cierre, con que una gran instalación gasista sea golpeada, con que una ruta marítima entre en zona de amenaza, para que la supuesta autonomía del mundo digital revele su dependencia más antigua: energía, transporte, seguridad, materia.
La atención pública sigue fija en el petróleo. Es comprensible, pero insuficiente. La cuestión de fondo no es solo cuánto subirá el barril, sino qué ocurre cuando una arteria central del comercio mundial deja de ser un corredor estable y se transforma en un espacio sometido a amenaza militar, acceso selectivo e incertidumbre operativa. En ese momento no solo se encarece la energía: se encarece la previsibilidad del sistema entero. Y cuando lo que se encarece es la previsibilidad, el daño alcanza mucho más allá de las gasolineras.
La gravedad de la situación se entiende mejor si se mira no solo al estrecho, sino también a Ras Laffan, el gran centro gasista de Qatar. Los ataques sufridos allí han afectado parte de su capacidad exportadora y han golpeado no solo al gas natural licuado, sino también a productos asociados como el helio. Ese detalle, aparentemente secundario, es en realidad decisivo. Porque el helio pertenece a esa categoría de insumos de los que casi nadie habla hasta que faltan.
La inteligencia artificial suele narrarse como una revolución inmaterial. Algoritmos, capacidad de cálculo, automatización cognitiva: todo en su imaginario remite a un universo de abstracción. Pero la IA no vive en una nube etérea. Descansa sobre una infraestructura física inmensa, exigente y vulnerable. Necesita electricidad abundante, centros de datos, sistemas de refrigeración, chips de última generación, materiales ultrapuros, gases industriales especializados y una logística internacional de precisión. Bajo su apariencia futurista, la inteligencia artificial sigue siendo una industria profundamente material.
Por eso la crisis de Ormuz amenaza a la infraestructura de la IA y de los semiconductores avanzados por una doble vía.
La primera es la producción. Si Ras Laffan ve reducida durante un periodo prolongado su capacidad de exportar gas y helio, el mercado de este último se estrecha todavía más. Y no se trata de un mercado fácil de reequilibrar. Es un sector concentrado, delicado, con poca elasticidad y sin soluciones inmediatas. El helio interviene en etapas críticas de la fabricación avanzada: refrigeración, control térmico, detección de microfugas, estabilidad de procesos de alta precisión. Cuando un insumo así entra en tensión, la industria no colapsa necesariamente de forma visible; hace algo más insidioso: reasigna, prioriza, raciona. Los actores más fuertes aseguran suministro. Los demás heredan retrasos, sobrecostes y vulnerabilidad acumulada.
La segunda vía es la logística. El helio no se transporta como cualquier mercancía. Requiere contenedores especializados, cadenas de frío rigurosas, rutas seguras y tiempos de tránsito estrictos. Ahí es donde Ormuz deja de ser solo un problema energético y se convierte en un shock industrial. Porque incluso aunque parte de la producción qatarí siguiera existiendo, su salida al mercado mundial depende de un paso marítimo cuya operación está hoy degradada. No basta con producir. Hay que poder sacar, asegurar, mover y entregar.
Hay además un elemento que el debate público sigue subestimando: el tiempo. Se habla como si bastara una mejora diplomática para devolver la normalidad. Pero si el estrecho ha sido militarizado, persiste el riesgo de minas y la navegación sigue sometida a amenaza, la reapertura material no se decreta. Requiere seguridad naval, verificación operativa y operaciones de limpieza que no se miden en días sino en semanas, incluso en un escenario relativamente favorable. La distancia entre una tregua política y una normalización logística puede ser enorme.
Ese desfase entre política y logística es el punto ciego del mercado. Se sigue leyendo la crisis en términos de titulares, declaraciones y expectativas psicológicas, cuando el verdadero problema es físico. No basta con anunciar una desescalada si la infraestructura crítica sigue dañada y si el principal cuello de botella marítimo del planeta permanece sometido a un régimen inestable. El daño no se limita entonces al precio del crudo: alcanza a la arquitectura material sobre la que se está levantando la economía digital.
Quizá esa sea la idea más incómoda de esta crisis: que el futuro no ha derrotado a la geografía. Solo la había disimulado. Bajo la superficie brillante de la inteligencia artificial siguen mandando las rutas marítimas, los complejos energéticos, los materiales críticos y los equilibrios de fuerza. Ormuz no interrumpe únicamente flujos comerciales. Interrumpe una ilusión. La ilusión de que la economía del siglo XXI podía elevarse por encima de las viejas dependencias del poder. No podía. Y ahora vuelve a quedar claro, de la forma más costosa: basta con que se cierre un estrecho para que tiemble la arquitectura del futuro.
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