La infraestructura energética se convierte en primera línea del frente de la guerra en Oriente Próximo
Irán golpea la mayor planta de procesamiento de gas en Qatar y dos refinerías en Kuwait en respuesta al bombardeo israelí de Pars Sur


Cuando la guerra israelo-estadounidense contra Irán cumple tres semanas, la infraestructura de extracción y distribución de hidrocarburos se ha convertido en primera línea del frente, donde se dirime la capacidad de los contendientes para continuar con un conflicto que amenaza con extender sus efectos por todo el planeta. Terminales de carga de petróleo y campos gasísticos de Irán han sido bombardeados, así como plantas de procesamiento de gas en Qatar o refinerías en Arabia Saudí, Baréin, Emiratos, Kuwait e Irak, en un ojo por ojo que amenaza con disparar aún más los precios de la energía, ya que Oriente Próximo produce un tercio del crudo mundial y en torno a un quinto del gas natural.
A la táctica iraní de estrangular el estrecho de Ormuz —una de las principales vías para la salida de los hidrocarburos a los mercados internacionales—, para aumentar la presión contra sus agresores, se ha añadido durante la última semana el ataque a infraestructura clave. El pasado sábado, la aviación estadounidense bombardeó la isla de Jarg, principal terminal de carga petrolera iraní en el Golfo Pérsico, a lo que Irán respondió atacando el yacimiento gasístico Shah de Emiratos Árabes Unidos y las principales instalaciones de almacenamiento de petróleo de este país en Fuyairah, así como el campo petrolífero de Majnun en el sur de Irak y la refinería de Lanaz, en el norte kurdo del país.
Pero el bombardeo —israelí con supuesto visto bueno de Washington, que luego ha negado— del campo gasístico Pars Sur, el mayor del mundo y que está situado entre aguas iraníes y qataríes, supuso el miércoles una nueva vuelta de tuerca. En represalia, la Guardia Revolucionaria anunció que la infraestructura energética de los países vecinos —aliados de EE UU— se ha convertido en “objetivo directo y legítimo”.
Teherán cumplió su amenaza y desde la noche del miércoles al jueves lanzó una lluvia de misiles y drones contra instalaciones de sus vecinos en la orilla sur del golfo Pérsico. El punto más afectado fue la Ciudad Industrial Ras Laffan, en Qatar, donde los impactos provocaron grandes incendios y daños sin precedentes, según las propias autoridades cataríes.
Ras Laffan es el centro de procesamiento de gas natural licuado más grande del mundo, por lo que el ataque ha elevado los temores a una escasez de suministro: el consejero ejecutivo de QatarEnergy, Saad al Kaabi, confirmó a Reuters que se tardará un mínimo de tres años en reparar los daños sufridos y que el ataque reducirá en un 17 % la capacidad de exportación de gas catarí durante los próximos cinco años, por lo que su empresa tendrá que cancelar contratos de suministro a largo plazo con Italia, Bélgica, Corea del Sur y China por razones de “fuerza mayor”. Como consecuencia el precio de referencia del gas en Europa llegó a elevarse más de un 30 % durante el día y el Banco Central Europeo reconoció que la guerra “tendrá un impacto en la inflación” a corto plazo, a través de unos “precios más elevados de la energía”, y, a medio plazo, si el conflicto continúa, extendiendo ese alza de precios a otros sectores de la economía.
En las primeras horas del jueves también fueron alcanzadas con drones iraníes las refinerías de Mina Abdulá y Mina al Ahmadi, en Kuwait, provocando incendios pero no daños significativos. Y un misil golpeó la refinería de Haifa, la más importante de Israel. Los gobiernos emiratí y saudí aseguraron que los ataques contra sus refinerías habían sido interceptados por sistemas defensivos, si bien en este último país algunos vídeos publicados en redes sociales mostraron dos explosiones en una zona industrial cerca de Riad.
Mientras caían los proyectiles, los ministros de Exteriores de doce países musulmanes, entre ellos Turquía, Pakistán, Qatar y Egipto, estaban reunidos de emergencia en la capital saudí para evaluar el estado del conflicto en la región. En un duro comunicado publicado la mañana del jueves, exigieron a Irán que “detenga de inmediato” sus ataques con drones y misiles balísticos contra la infraestructura civil y petrolera en la región; que cese el bloqueo y las amenazas sobre el estrecho de Ormuz y el de Bab al Mandeb, y que “respete el derecho internacional como primer paso para poner fin a la escalada bélica”. Los jefes de la diplomacia de esta docena de países dijeron que los ataques iraníes que han sufrido los vecinos de Irán, incluidos también Turquía y Azerbaiyán, “no tienen justificación alguna” y subrayaron su derecho a la legítima defensa bajo la Carta de Naciones Unidas.
El comunicado añade mucho más por lo que calla: en ninguna parte se menciona a Estados Unidos, y a Israel solo en relación con su agresión sobre Líbano. Si bien en las primeras dos semanas de guerra varias capitales del Golfo habían mostrado su malestar con Washington por iniciar una guerra contra Irán que los pone en la diana –la mayoría acogen bases militares estadounidenses– ahora el enfado se dirige hacia Teherán por amenazar directamente su principal vía de ingresos: los hidrocarburos. Y además hacerlo sin distingos: ni con Qatar, el país considerado más pro-iraní por sus vecinos –hasta el punto de que en 2017 el resto de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo establecieron un bloqueo sobre el emirato–; ni con Omán, país que ha ejercido de mediador, pero que ha visto atacados sus terminales petrolíferas; ni con Irak, cuyo Gobierno es favorable a Irán, pero ha visto cómo milicias pro-iraníes lanzaban drones contra sus puertos, obligando a suspender las operaciones de carga de petróleo.
Este jueves, tras el ataque a Ras Laffan, Qatar ordenó expulsar a los agregados militares y de seguridad de la Embajada de Irán en Doha, y el primer ministro del emirato, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, dijo que el ataque “plantea muchos interrogantes” sobre la relación de vecindad que pretende Teherán.
Pero el Gobierno de Irán, consciente de su inferioridad militar respecto a Estados Unidos e Israel, parece haber decidido que la única manera de tener una mínima posibilidad de sobrevivir es infligir el máximo daño en la región y el mayor coste posible en la economía global a fin de que haya suficiente presión mundial para que cesen los ataques a su territorio.
La Organización Mundial de Comercio ha advertido de que la situación “amenaza la seguridad alimentaria” mundial, no sólo por el incremento en los costes energéticos, sino también porque a través del estrecho de Ormuz se suministra un tercio del nitrógeno usado como fertilizante a nivel mundial. “Es hora de poner fin a esta guerra que amenaza con salirse totalmente de control, causando un inmenso sufrimiento a civiles y con una propagación a la economía global de potenciales consecuencias dramáticas, especialmente para los países menos desarrollados”, exigió el secretario general de la ONU, António Guterres, a Washington y Tel Aviv desde Bruselas, donde asistió al Consejo Europeo.
Para tratar de aliviar ligeramente este cuello de botella y diversificar las vías de salida de los hidrocarburos del Golfo, algunos países han incrementado el uso de oleoductos en dirección oeste. Por su parte, el ministro de Energía turco, Alparslan Bayraktar, ha propuesto extender hasta los campos petrolíferos del sur de Irak el oleoducto que comunica los yacimientos de Kirkuk y el Kurdistán iraquí (en el norte del país) con la terminal turca de Ceyhan, en el Mediterráneo. “Actualmente, las exportaciones iraquíes son de aproximadamente tres millones de barriles de crudo por día. En torno a 1,5 millones podrían ser transportados por ese oleoducto, que tiene potencial de alcanzar a nuevos clientes en la cuenca del Mediterráneo”, dijo Bayraktar el miércoles en una entrevista con la cadena turca NTV.
Precisamente esta semana, el Gobierno central de Irak y el Gobierno Regional del Kurdistán iraquí han pactado retomar el uso conjunto del oleoducto Kirkuk–Ceyhan y otras tuberías asociadas después de que años de atentados, disputas y demandas internacionales hubieran limitado su uso. El martes, las autoridades centrales de Irak anunciaron que se han comenzado a bombear 170.000 barriles por día que se prevé aumenten gradualmente hasta los 250.000. Además, la petrolera estatal SOMO ha firmado contratos con diversos compradores internacionales para exportar crudo a través de Turquía, Jordania y Siria, según informó la agencia Reuters.
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