Su querida jefa etarra
No faltará quien haga sentir a Soledad Iparraguirre que, si bien sus asesinatos no lograron su objetivo, el camino ha merecido la pena


Del régimen en semilibertad del que ya disfruta Soledad Iparraguirre, Anboto, de la utilización sibilina de un artículo (100.2 del reglamento penitenciario) que suele disponerse para facilitar la vida de los terroristas, hay algo aún más grave y mezquino que esto último: salga cuando salga, más pronto que tarde, no le faltará a la exjefa etarra, condenada a 793 años de cárcel por su vinculación con 14 asesinatos, gente que vaya a las puertas de la cárcel a recibirla, ciudadanos que promuevan su nombre y su cara para camisetas, pintadas callejeras o carteles, fiestas populares en reconocimiento a su trabajo por la libertad del pueblo vasco, empresas que le ofrezcan empleo en caso de quererlo, ventajas académicas en caso de que quiera estudiar, aprecio y respeto y admiración de vecinos que la hagan sentir, a Soledad Iparraguirre, Anboto, que si bien el objetivo que perseguían sus asesinatos no se ha conseguido, el camino ha merecido la pena. Cuando muera, lo hará entre honores.
Acaba de publicarse Plomo, la novela que José Luis Sastre ha escrito sobre un escolta y una concejala que aceptan un trabajo, el de ponerse en una diana terrorista y social, que podían haber evitado. De esos que se multiplicaron anónimamente en Euskadi cuando no solo no comprometían su vida sino la paz de su familia no hay mucho rastro. Es seguro que esos escoltas y concejales no cuentan con una red que les recuerde que su trabajo mereció la pena, y es sabido que las instituciones para ciertas cosas son muy secas.
No, de Anboto lo doloroso no es su temprana reinserción, acaso por la costumbre de que las ventajas penitenciarias lleguen sin que haya resolución de asesinatos ni peticiones de perdón como moneda de cambio: lo doloroso, por recurrente, es la gente que mira atrás y siga viendo como héroes a los que ponían bombas y como sospechosos a los que en el conflicto ponían la carne quemada.
Se celebró este domingo la 24ª edición de la Korrika, una carrera en favor del euskera. En un tramo de la carrera, en Pamplona, el testigo lo cogió un niño con la foto estampada en su camiseta del asesino de Tomás Caballero, y a su lado varios adultos corrían con la foto de otro asesino de Caballero y de Francisco Casanova: raro sería que entre esas miles de personas no corriese junto a ellos algún familiar de los asesinados. Así estamos.
La decena de personas que fueron a recibir a Anboto a la cárcel se dispusieron frente a ella para tapar su cara y así no ser grabada: la vida sigue, el pasamontañas también.
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