Que le corten la cabeza a Rosalía
Por qué nos dan rabia los mortales que trascienden su condición y se elevan sobre nuestra envidia, sobre todo si son mujeres


Dicen que, cuando su hijo le pidió consejo sobre cómo consolidar el poder, Tarquinio el Soberbio cortó las cabezas de las amapolas más altas de su jardín. Así hay que proceder, según el último rey de Roma, con los individuos más destacados y talentosos del reino. Los descendientes del Capitán Cook lo llamaron el síndrome de la amapola alta (tall poppy syndrome), el impulso que tienen algunos de cortar toda cabeza que sobresale del resto, alterando la armonía del grupo al destacar sobre los demás. Esta cura de modestia por la vía jacobina se suele aplicar de manera local; por eso los grandes artistas suelen ser valorados fuera y salvajemente atacados en su país de origen. Y escala en progresión geométrica cuando el objeto destacado es una mujer. Especialmente en este ecosistema mediático diseñado para la viralidad, el agravio comparativo y alterado por la rumorología, imágenes sintéticas y desinformación. Los algoritmos digitales son la bisagra que conecta a la masa envidiosa con la industria de buscavidas capaces de transformar nuestros demonios internos en un rico botín.
Curiosamente, el éxito merecido irrita más. Decir que una amapola llegó a la cima mirando techos o arropada por el apellido y la fortuna familiar es afirmar que, con la misma ventaja genealógica o la misma falta de escrúpulos, también nosotros seríamos Dakota Johnson, Zoë Kravitz o Gracie Abrams. Pero si viene del Baix Llobregat y todo lo ha conseguido estudiando, a base de talento, perseverancia y voluntad, entonces el éxito es una prueba de superioridad genuina, y eso es intolerable. Una niña Homo sapiens criada por neandertales siempre despierta hostilidad.
Rosalía se ha convertido en la artista más famosa del mundo por el camino más difícil, abrazando sus raíces, corriendo riesgos y abriendo caminos sin explorar. Es una de esas raras artistas que definen una generación. Su visión es única y su talento incontestable. Sus discos son acontecimientos, sus conciertos son históricos. Sus coreografías son obras de arte. Su imagen es icónica de Tokio a Nueva York. Pero, como no tiene apellido ni le regalaron un yate por su primera comunión, su excelencia es un desprecio para aquellos que quizá sueñan con la vida de un artista sin haber dedicado un segundo de la suya a conseguirlo. Esta gente de bien, tan incendiaria y predecible, que vive irritada por el talento ajeno, es la salsa brava de la Red Social. Sin ellos no tiene sentido que Estrella Morente diga que lo que hace es “pura escuela morentiana”, que Catalunya Ràdio la acuse de humillar a la Escolanía de Montserrat por hacerla cantar en castellano o que le den candela en todos los podcasts de aquí al Rio de la Plata por no saber que Pablo Picasso era un misógino y un maltratador. Que los paparazzi la acosen por las calles de París hasta que pierda los papeles, como su amiga Bjork.
Si de pronto una noche esta amapola quisiera la guadaña esquivar, la gala de los Oscar ofrece estrategias testadas para protegerse la garganta. La más común es rechazar la individualidad del triunfo, redistribuir la riqueza simbólica y apelar al sentido de la representación, especialmente si eres mujer, negro, o coreana. Después de dar gracias a Dios y a los padres, al equipo, los productores y a la familia; Jessie Buckley agradeció a “las increíbles mujeres que me preceden” y “al hermoso caos del corazón de una madre”. Michael B. Jordan dijo “estoy aquí gracias a las personas [negras] que vinieron antes que yo”. Maggie Kang dedicó el Oscar a Corea y todos los coreanos. Como diciendo lo hemos hecho entre todos y va a beneficiar a todos. No es exactamente falsa modestia. Es el principio de la diferencia de John Rawls.
Según la Teoría de la Justicia de Rawls, uno de los textos más influyentes del derecho contemporáneo, toleramos la desigualdad cuando entendemos que beneficia al conjunto. Por ejemplo, aceptamos que los grandes empresarios ganen más que el resto a cambio de que paguen más impuestos, o traigan trabajo y riqueza a la región. Toleramos que haya universidades de élite porque elevan el nivel de los estudios y ofrecen becas para los demás. Por la misma lógica, el reconocimiento social es un recurso que debe ser redistribuido, antes de que lo hagan otros a golpes. El discurso “más emotivo” es el que distribuye la gloria entre el mayor número de gente, especialmente si son colectivos racializados o sectores marginalizados de su comunidad.
Comparemos con el famoso “voy en busca de la grandeza” de Timothée Chalamet tras ganar el premio del Sindicato de Actores a Mejor Actor protagonista. Dijo: “sé que la gente no suele hablar así, pero yo quiero ser uno de los grandes. Me inspiran los grandes. Me inspiran los grandes que están aquí esta noche. Me inspiran tanto Daniel Day-Lewis, Marlon Brando y Viola Davis como Michael Jordan o Michael Phelps”. Se dijo que parecía más centrado en su propio legado que en el arte de actuar. Quizá le costó los BAFTA, los Oscars y la simpatía de las redes sociales y los medios de comunicación. Como en todo, hay excepciones: Snoop Dogg puede decir “Me quiero dar las gracias a mi mismo” y recordarnos por qué amamos al canalla de Snoop Dogg.
Bad Bunny ofrece un ejemplo más interesante, porque se inmunizó el verano de 2019, cuando se unió a las marchas de San Juan de Puerto Rico contra el gobernador corrupto Ricardo Rosselló. Ese día dejó de ser una estrella global de la canción ligera para convertirse en el contenedor del orgullo puertorriqueño, un artista que no comete apropiacionismo sino que, haciendo lo mismo, abre el camino al resto de artistas latinos y honra a leyendas como El Gran Combo, Héctor Lavoe o Willie Colón. Para conseguir la misma clase de inmunidad, Rosalía tendría cambiar de sexo. Ser un ángel no la salvará. Mientras vemos si lo consigue, la estrategia de Tarquinio servirá para enriquecer a los oportunistas, satisfacer a los mediocres y apaciguar a los privilegiados, en detrimento de la excelencia, el mérito y la innovación.
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