Estados Unidos y Reino Unido, una especial relación de desprecio
Washington desdeña a Londres por dos motivos: el declive del ejército británico y la debilidad internacional derivada del Brexit


“Un amigo que nos amenaza deja de ser amigo. Como los matones no responden más que a la fuerza, a partir de ahora estaré preparado para ser mucho más fuerte. Y el presidente debería estar preparado para eso”. Son palabras de Hugh Grant, en el papel del primer ministro británico, cuando tiene que enfrentarse al presidente de Estados Unidos en una famosa escena de la comedia romántica Love Actually. En la vida real, el primer ministro británico, Keir Starmer, ha intentado plantarle cara —tímidamente— al matón de la Casa Blanca por la última guerra estadounidense en Oriente Medio. A pesar de los impresionantes esfuerzos del Gobierno británico para adular a Donald Trump desde que fue elegido, la respuesta de este al pequeño intento de rebelarse de Starmer ha sido un torrente de desprecio. De modo que la película de la realidad no es Love Actually. Es Contempt Actually [“En realidad, desprecio”].
Cuando Freddie Hayward, de la revista New Statesman, le pregunta al ideólogo del movimiento MAGA, Steve Bannon, sobre la sutil distinción que hace el Gobierno británico entre los ataques defensivos en el Golfo —que apoya— y los ofensivos —que no—, Bannon contesta: “Esas son tonterías diplomáticas. Que os jodan. O sois aliados o no lo sois. Que os jodan. Se acabó eso de la relación especial”. ¡Ah, la “relación especial”! Debe de hacer 40 años que oí decir por primera vez al excanciller de Alemania Occidental, Helmut Schmidt: “La relación especial es tan especial que solo una de las partes sabe que existe”.
Un estadounidense crítico con Trump me hizo recientemente la pregunta lógica que suscita esa situación: “¿Por qué sigue mostrándose tan servil tu Gobierno?”. Es más, debemos preguntarnos por qué gran parte de la clase dirigente británica —y en particular sus organismos de seguridad— sigue aferrándose con uñas y dientes a Estados Unidos, con un comportamiento tan claramente similar al de alguien atrapado en una relación personal abusiva.
Para ser justos, hay que decir que hay muchos otros líderes europeos que han dedicado gran parte del último año a sacrificar su dignidad, haciendo la pelota a Trump y tolerando sus insultos contra todo aquello por lo que la Europa liberal ha luchado desde 1945. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, le ganaría a Starmer en la concesión de medallas de la revista satírica Private Eye: no la OBE (Orden del Imperio Británico), sino la OBN (Orden de los Pelotas). Los motivos de este servilismo son evidentes: Europa necesita a Estados Unidos para ayudar a Ucrania, para garantizar nuestra propia seguridad en la OTAN y, en gran parte, para asegurar nuestra prosperidad. Pero la forma que tienen los británicos de aferrarse al Tío Sam delata una desesperación particular y patética.
¿Cuál es la explicación? La historia, por supuesto. Los padres fundadores de Estados Unidos crecieron considerándose ingleses. En el periodo que va de 1776 a 1917, año en el que Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, la relación no era exactamente especial sino, como bien dice el historiador Robert Saunders, peculiar. Estados Unidos se había definido históricamente en oposición al Reino Unido, pero existía una fascinación mutua. Tras la breve pero importante alianza militar de 1917-1918 y la paz firmada en París, Estados Unidos se retiró de Europa.
Entre 1941, cuando Winston Churchill logró —con una ayudita del bombardeo japonés de Pearl Harbor— que Estados Unidos entrara en guerra contra Adolf Hitler, y 1956, cuando Estados Unidos humilló a Reino Unido y Francia al impedir que recuperaran el canal de Suez, sí hubo verdaderamente una relación especial. El Reino Unido y Estados Unidos no eran iguales, pero, aun así, aquella era una auténtica alianza de dos potencias que, juntas, dieron forma a Europa e incluso el mundo entero.
Francia y Reino Unido sacaron conclusiones drásticamente opuestas de la humillación de Suez. Francia, bajo el mandato del presidente Charles de Gaulle, creó su propia fuerza independiente de disuasión nuclear y definió ya entonces el objetivo que el presidente Emmanuel Macron denomina hoy “autonomía estratégica europea”. El Reino Unido, tras un breve periodo de enfado y distanciamiento de Washington, decidió insistir más que nunca en dar prioridad a la relación con Estados Unidos. Si ya no podíamos seguir siendo una gran potencia a solas, seríamos “la Atenas de la Roma estadounidense”.
A diferencia de Francia, el Reino Unido construyó una fuerza de disuasión nuclear que dependía y sigue dependiendo tecnológicamente de Estados Unidos y siempre dio más importancia a la OTAN que a la construcción europea. En muchos aspectos, la relación angloestadounidense se hizo más estrecha: en materia de inteligencia y cooperación militar, en el ámbito académico y los medios de comunicación, en las finanzas y la economía (hoy en día, el Reino Unido es el principal destino de las inversiones directas estadounidenses, justo por delante de los Países Bajos). Pero, al mismo tiempo, la influencia política del Reino Unido en Washington era cada vez menor. Y se aferró todavía más.
El difunto político laborista británico Robin Cook recordaba en sus memorias que, en un debate crucial del Consejo de Ministros en vísperas de la guerra de Irak, el entonces primer ministro Tony Blair afirmó: “Les digo que debemos mantenernos al lado de Estados Unidos. Si no, perderemos nuestra capacidad de ejercer ninguna influencia”. ¿Pero cuánta influencia había en realidad?
En la actualidad, Jonathan Powell, el antiguo jefe de gabinete de Blair, es la mano derecha de Starmer en el número 10 de Downing Street y está tratando de hacer lo mismo con los partidarios de Trump. “Cultivamos esas relaciones para poder mantener esas conversaciones difíciles”, explica una fuente anónima de Whitehall. Pero las conversaciones no son difíciles para Washington. Lo son para Londres, porque le queda ya muy poca influencia.
Esta tendencia se ha visto agravada por otros dos factores. El primero es el declive de las fuerzas armadas británicas. Diversos soldados estadounidenses que pasaron años luchando junto a los británicos me dicen ahora, con un tono más cercano a la lástima que al desprecio: “Ya casi ni tenéis ejército”. En el conflicto actual, Francia envió un buque de guerra a Chipre antes que el Reino Unido, a pesar de que la base militar que había atacado Irán era británica. Y la cultura popular también se hace eco de esta debilidad. En la última temporada de la serie política de Netflix La diplomática, el taciturno vicepresidente estadounidense (espléndidamente interpretado por Rufus Sewell) se inspira en el libro infantil The Little Engine That Could [“La pequeña locomotora que pudo”] para describir al Reino Unido como “la pequeña isla que no pudo”. Ay.
El segundo factor es el Brexit. Es innegable que el Reino Unido tiene menos importancia que antes para Estados Unidos porque ya no forma parte de un bloque más amplio. En la época de Blair, a pesar del estar perdiendo poco a poco influencia, el Reino Unido disponía aún de dos apoyos relativamente sólidos: el transatlántico y, como miembro de la UE, el europeo. En 2016, en una decisión que hoy se ve cada vez con más claridad que fue una muestra de estupidez monumental, el Reino Unido decidió amputarse la pierna europea. Ahora Trump está amputando la estadounidense.
He aquí el otro motivo que explica la peculiar y patética desesperación del Reino Unido. A diferencia de Francia o Alemania, no cuenta con ningún otro apoyo.
A cualquiera que ame este país le resulta doloroso ver cómo se ha rebajado hasta convertirse en objeto de desprecio o, en el mejor de los casos, de lástima. Por suerte, existe un camino para recuperar el propio respeto y ganarse el respeto de los demás. Sin dejar de mantener la mejor relación posible con Estados Unidos, Gran Bretaña puede trazar un rumbo estratégico que le permita convertirse en una pieza esencial de una Europa más fuerte. Eso significa contribuir a reforzar la defensa europea, sobre todo mediante la europeización de la OTAN, y —como acaba de sugerir acertadamente el alcalde de Londres, Sadiq Khan— volver a integrarse en la UE. Cómo sería posible, en un plazo de cinco a diez años, y si será políticamente viable a ambos lados del Canal de la Mancha, son temas que abordaré en comentarios posteriores. Permanezcan atentos.
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