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Tribuna

Lionel Jospin y el fracaso de la izquierda plural

El primer ministro francés impulsó la unidad del progresismo, pero no supo mantenerla y acabó humillado ante Jean-Marie Le Pen

Lionel Jospin saluda a sus partidarios tras ser derrotado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002. Daniel SIMON (Gamma-Rapho via Getty Images)

Fallecido el 23 de marzo, Lionel Jospin deja en la izquierda francesa un recuerdo a la vez nostálgico y amargo. La llevó a la victoria en las elecciones legislativas de abril de 1997, después de que Jacques Chirac, el presidente francés de entonces, disolviera la Asamblea Nacional en medio de la legislatura; y, sin embargo, sigue siendo un símbolo controvertido: fue derribado por razones que él mismo nunca quiso analizar, salvo de manera superficial. Años antes, en 1995, François Mitterrand, al abandonar la presidencia, había dejado la izquierda en estado de ruina. Jospin, convertido en primer ministro de cohabitación con la derecha, prometía reconstruirla para gobernar con un programa auténticamente transformador, pues era un hombre de convicciones imbuido del ideal socialista. Su as en la manga —el ingrediente de su victoria sorpresa— residió en un proyecto estratégico, el de una “izquierda plural” (concebido en realidad por uno de sus seguidores, Jean-Christophe Cambadelis) capaz de aglutinar, más allá de un mero acuerdo electoral, a comunistas, republicanos, radicales sociales y ecologistas, y que distinguiría, en aquel momento esperanzador, a los socialistas franceses del reformismo tímido de la socialdemocracia europea.

Mantener la concordia con el gaullista Jacques Chirac resultó un enorme desafío para él. Mientras que el anterior Gobierno de derechas (el de Alain Juppé) afrontó con torpeza la grave crisis social (más de dos millones de desempleados en pocos años) que atravesaba Francia, debido a la puesta en marcha de la política de austeridad impuesta por el Tratado de Maastricht, Lionel Jospin aprovechaba ahora la cara amable de la coyuntura económica de 1997; pero no quiso emprender ninguna reforma estructural que pudiera generar conflictos con el presidente conservador. Fijando la vista en las elecciones presidenciales de 2002, adoptó medidas de impacto (reducción de la jornada laboral a 35 horas semanales, creación de 700.000 empleos precarios para los jóvenes, seguro médico universal, etcétera), que, en el fondo, evitaba distorsionar las grandes directrices del capitalismo financiero francés, cuya reacción temía poderosamente. Siempre recordaré el tenso clima que se respiraba en los pasillos del poder en aquella época: había que endulzar las cosas y esperar. Y más: mientras las grandes empresas se trasladaban al extranjero, la izquierda en el Gobierno tomaba la batuta de las privatizaciones, desempeñando mejor aún el papel de los dos gobiernos de derecha que la habían precedido. A la decepción social que se extendía entre el electorado popular se sumó el aumento de la inseguridad, una retórica que fue hábilmente explotada por la derecha y la extrema derecha.

El resultado fue el desbaratamiento de la coalición de izquierda, con la dimisión ya en 1999, cada cual, por motivos específicos, de algunos ministros comunistas, republicanos y ecologistas. A pesar de su gran empeño, Jospin no pudo mantener a su alrededor a las fuerzas políticas que le permitieron acceder al poder. Un año después, con ocasión de las elecciones presidenciales, los partidos que habían formado parte de la mayoría plural presentaban candidatos contra Jospin. Su miedo al fracaso dio la cara con creces: no solo no fue elegido frente a Jacques Chirac, sino que, además, tuvo que sufrir la terrible humillación de ser eliminado en la primera vuelta, ya que quedó en tercera posición, por detrás del candidato de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen. El 21 de abril de 2002 representa, por tanto, un rotundo naufragio político asociado a la figura de Lionel Jospin en el imaginario de la izquierda francesa. Tras su derrota, decidió retirarse de la vida política sin llegar a conseguirlo realmente. Ahora que ya no está, sigue siendo aquel que, pese a todo, quiso reivindicar los colores del socialismo en el final del siglo XX en Francia.

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