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EDITORIAL
Editorial

Ante el peor escenario

La fantasía de Trump y Netanyahu de hundir por la fuerza el régimen iraní ha provocado una guerra regional fuera de control

SR. GARCÍA

De todos los escenarios posibles abiertos cuando el pasado 28 de febrero Donald Trump y Benjamín Netanyahu ordenaron atacar Irán —sin excusa alguna de legítima defensa o mandato internacional, sin autorización del Congreso de EE UU y sin informar a la OTAN—, la guerra se encuentra en uno de los más nefastos.

Los bombardeos sobre Irán hace días que dejaron de ser “quirúrgicos” —un eufemismo militar—, multiplicando el número de víctimas civiles; Israel ha llevado la guerra a Líbano, donde ha provocado el desplazamiento forzoso de cientos de miles de personas; y ha pasado a atacar reservas energéticas críticas en Irán en aparente descoordinación con EE UU. Mientras, Trump inunda a diario los medios y las redes sociales con declaraciones contradictorias sobre el objetivo, la estrategia y la marcha de la guerra. En lo que sí se ha mostrado sólido y constante el mandatario estadounidense es en insultar a sus aliados. El viernes llamó “cobardes” a los demás miembros de la OTAN que se niegan a verse arrastrados a una guerra ilegal que ni comparten ni comprenden, al igual que tampoco la apoyan la mayoría de los estadounidenses.

Por lo que respecta al régimen iraní, no solo resiste, sino que bombardea prácticamente a diario a sus vecinos del golfo Pérsico en un intento de extender la guerra. Al tiempo, aumenta la represión interna, ejecuta en público en la horca a opositores para demostrar su fortaleza y mantiene al mundo a las puertas de una crisis energética sin precedentes al atacar barcos en el estrecho de Ormuz, el cuello de botella de los hidrocarburos de Oriente Próximo.

La guerra no marcha ni de lejos como anuncia Trump. Tampoco lo hace como destaca la propaganda iraní, que presume de haber puesto a la fuga al enemigo mientras sus cielos han quedado en la práctica abiertos a las aviaciones israelí y estadounidense. Pero el explosivo escenario, en el que peligran vidas e infraestructuras críticas en toda la región a cada hora, puede ser todavía peor. Es preciso encontrar una vía para desescalar el enfrentamiento cuya deriva parece escapar al control de sus protagonistas cada día que pasa. Y para ello lo realista sería apoyarse en los elementos prácticos que la condicionan.

A Trump no le conviene un conflicto militar prolongado, no porque tenga un ápice de espíritu pacifista, sino porque el aventurerismo militar ha dividido a su base social en pleno año electoral. La división se ha hecho visible esta semana con la dimisión del jefe de la lucha antiterrorista, Joe Kent, un apasionado trumpista que ha denunciado la influencia del “lobby” israelí sobre Trump y ha reconocido que Irán no era una amenaza inminente. Además, los estadounidenses empiezan a notar en la gasolina un aumento de precio sin techo a la vista.

Conviene prestar atención además a los Estados del Golfo que están demostrando una actitud muy prudente a pesar de recibir ataques directos de Irán. No hay que olvidar que intentaron facilitar una solución diplomática. Y no por simpatía hacia Teherán, sino porque sabían que ellos serían los más afectados por las represalias de Irán.

Y, a pesar de los desprecios de Trump, tampoco hay que olvidar el factor europeo. Hay que felicitarse porque en la cumbre de Bruselas de esta semana se impusiera el pragmatismo de buscar soluciones a la crisis energética dejando de lado la retórica. Por otro lado, la UE acierta al reafirmarse en que la guerra responde a intereses que no son los de Europa. Pero una vez establecido el principio, ahora le toca utilizar toda su potencia diplomática —que es su mejor arma— e implicarse en buscar una solución que ponga fin a la aventura mortal en la que el actual presidente de EE UU ha embarcado a todos.

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