Ir al contenido
_
_
_
_
tribuna

La muerte en abstracto

No tardará alguien, un escritor, una escritora, en describir con dedos trémulos los zapatos que volaban, los pechos aplastados, los rostros destrozados de niñas que jamás serán novias ni mujeres

martín elfman

¿Qué es tu respuesta sino un milagro?

¿Cómo fue posible, bajo el aliento del dragón,

tantas flores blancas de jazmín…?

(Mohammad Reza Shafiei-Kadkani)

1. Hace unos días volví al colegio donde estudié de niña y adolescente. Por aquel entonces se llamaba Liceu Nacional de Faro y tenía un aura de élite que la Revolución Portuguesa quiso allanar por exigencias democráticas. Al cruzar sus puertas, lo que me estremeció fue la continuidad. Al principio, me dio la impresión de que había pasado el tiempo, porque el mármol de los suelos, antaño liso y reluciente, estaba ahora opaco y ondulado por el paso de tantas pisadas. Pero en los rostros sonrientes se reflejaba la misma pasión por la vida, la misma entrega al futuro, la misma mirada segura y desarmada de siempre, como si la historia se asemejara, pero nunca se repitiera.

Eran ellos los que abarrotaban el anfiteatro en el que entré. Fuera, había estallado una nueva guerra. La última imagen que la televisión había transmitido esa mañana era la de unas nubes negras que hacían llover petróleo sobre una ciudad. Unas figuras indistintas barrían un líquido oscuro y viscoso entre los escombros, y columnas de llamas rojas iluminaban el cielo, sin que se supiera con certeza si era de día o de noche. Pero la conversación que tuvimos fue muy distinta: se habló sobre la transmisión del conocimiento, acto que se desarrolla entre el arte, la ciencia y el amor, los tres principios que hacen de la Didáctica Magna de Comenius un modelo para todos los tiempos. Intercambiamos historias. Les conté cómo, allí, en ese mismo edificio, durante siete años, la vida había sido buena. Ahora, al mirar atrás, veía en esos años una aurora. Ellos, sentados allí, vivían ahora su propia aurora.

2. Todo salió muy bien. Las cosas se complicaron cuando supe que el encuentro tendría una continuación, reservada solo para los profesores y abierta al público, y que el tema programado tenía que ver con el papel de la literatura en la sociedad. Como es sabido, no hay tema más enredado que ese. Gustavo Martín Garzo, autor del valioso libro Elogio de la fragilidad, aborda ese intrincamiento en un texto que lleva por título Un pequeño gorrión. Tras explicar esta dificultad, Garzo escribe en un momento dado: “Los buenos libros no sirven para nada concreto. No nos ayudan a comprender el mundo, no nos hacen más sabios; nos sumen en ese estado tan cervantino de la perplejidad”. Es decir, sirven para permitir que nos adentremos en lo inefable y nos convirtamos allí en otros, como explicará más adelante: “Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir”.

Comparto tal cual estas ideas. Oscar Wilde, antes que nosotros, las dejó escritas para siempre. Sin embargo, la cuestión se vuelve mucho más compleja cuando se plantea en días en los que el petróleo brota de las profundidades de las arenas, para acabar cayendo sobre las ciudades e incendiando el mundo entero. En tales circunstancias, es natural que esa inutilidad deba exhibir, mediante demostraciones, su valor esencial. ¿Para qué sirven, a fin de cuentas, nuestras palabras? Habíamos entrado en la biblioteca. Tomada por sorpresa, eché un vistazo a los estantes y, como si me estuviera esperando, allí estaba Si esto es un hombre. Pedí el libro y volvimos a entrar en el anfiteatro.

3. Hay miles de textos que sirven para demostrar, momentáneamente y en síntesis, hasta qué punto es la literatura un agente protector del recuerdo y de la memoria a través del poder evocador que conlleva, y el breve poema que Primo Levi escribió como pórtico a la narración de sus vivencias en el campo de concentración de Auschwitz es uno de ellos. El libro es antiguo, es cierto, habla de una realidad que ocurrió hace ochenta años. Miles de libros, películas y obras de teatro han mantenido viva la experiencia de ese mal absoluto que fue el Holocausto. Pero la cuestión no quedó encerrada en esos campos infernales; sigue siendo contemporánea nuestra, porque lo que allí sucedió de forma concentrada se extiende por todo el mundo, de manera dispersa, en todo momento.

Yo diría que el valor demostrativo del poema Si esto es un hombre reside sobre todo en dos líneas de fuerza. Describe el nivel de degradación que los seres humanos pueden infligir a otros seres humanos, implicando en esta evocación al lector como receptor ineludible: “Considerad si esta es una mujer / Carente de cabellos o de nombre / Carente de fuerzas para recordar / Vacía la mirada y frío el regazo / Como una rana en invierno”. En segundo lugar, Primo Levi maldice a quien, en el futuro, deje de solidarizarse con el sufrimiento de aquel tiempo, olvidándolo. Escribe: “Repetídselas a vuestros hijos. / O que se os deshaga la casa, / La enfermedad os deje impedidos, / Vuestros descendientes aparten el rostro de vosotros”.

4. Es este un epitafio para la Humanidad, un texto de intimidación, advertencia y maldición. Lo he leído muchas veces, creo que siempre en silencio o en voz baja. En esa circunstancia, sin embargo, arriesgándome a ser trivial y a evocar un poema que todos los presentes en el auditorio podrían conocer mejor que yo, lo leí en voz alta, quizá por primera vez. En aquellos momentos, en los que todos se bombardeaban unos a otros en Oriente Próximo —israelíes, estadounidenses, iraníes—, cruel y recíprocamente, y el impulso de alineación y de escalada se extendía por toda Europa, el mensaje que Primo Levi había dejado escrito ocho décadas atrás para las generaciones futuras volvía a ser ignorado. Es probable que Primo Levi los esté maldiciendo a todos.

5. Por la mañana, CNN había transmitido el sonido de los misiles y la imagen de las columnas de humo del petróleo en llamas asfixiando a la población, pero no solo eso. Más abajo, en los rótulos, se resumía la noticia de que 168 niños y 14 maestros habían muerto en el bombardeo de un colegio; una tragedia descrita con la precisión de un recuento numérico abstracto, una estadística. Ni un rostro, ni una madre, ni un padre. Sin embargo, no tardará alguien, un escritor, una escritora, en describir con dedos trémulos los zapatos que volaban, los pechos aplastados, los rostros destrozados de niñas que jamás serán novias ni mujeres, y la literatura transformará los daños colaterales en imágenes vívidas y plegarias de condena contra quienes desencadenan la violencia y el derramamiento de sangre por un ególatra amor hacia sí mismos, como es evidente en este caso.

Así, de forma concreta, usando todas las palabras disponibles en los distintos idiomas, habrá descripciones de los buscapersonas que estallan en manos de los guerrilleros, y habrá también descripciones de la absurda violencia contra judíos pacíficos el 7 de octubre, y ya he de callar porque así será, y así será sin fin. La guerra de Irán acaba de empezar. Maldito sea, pues, el olvido. Maldito sea. Para eso sirve la literatura, para maldecir a quienes olvidan, y se bañan de nuevo en sangre humana, y beben de ella cada mañana para volver a ser grandes, o para serlo por primera vez. Menos mal que no había jóvenes en el auditorio. No pudieron presenciar nuestra melancolía ni nuestra rabia.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_