La coalición Trump-Netanyahu podrá ganar batallas pero no la guerra
EE UU necesita un conflicto corto, y no lo logrará a menos que abandone a Israel


La guerra emprendida contra Irán por los estadounidenses e israelíes, con la logística militar y los centros de inteligencia más eficaces y poderosos del planeta, se antojaba rápida y fulminante. Bastaría, de entrada, una maniobra de control total del cielo y su sólida red de espías infiltrados en el mismísimo corazón del poder iraní, para poder aniquilar a las fuerzas y a los dirigentes del país. Los objetivos de la guerra fueron divulgados desde el inicio de la ofensiva: la imposición de un cambio de régimen político en Irán, previa destrucción de sus infraestructuras militares (capacidades de defensa aérea y bases de lanzamiento de misiles), desencadenando una campaña de asesinatos contra sus dirigentes, mientras se fomentaba revueltas populares que coronarían la operación de liberación militar. Los asesinatos (Ali Jameneí, Ali Larijani ) marcan la identidad de la aventura bélica de Benjamin Netanyahu y los halcones estadounidenses. Donald Trump se ha plegado de buen grado a la visión israelí sobre Irán y Oriente Medio, que utiliza el caos generado en torno al territorio de Israel como única garantía de seguridad. Y actúa con absoluto desprecio del derecho internacional, convirtiendo definitivamente la guerra preventiva —aquella respaldada por el trío de las Azores— en la norma y el derecho del más fuerte, en la ley.
Varias semanas de bombardeos y la respuesta global de Irán demuestran que la realidad no es tan simple. Los objetivos bélicos diseñados por los agresores ¡contra un solo país! no se alcanzarán sin una conflagración geopolítica de alcance regional y mundial, con consecuencias devastadoras para todas las partes beligerantes. Porque Irán contrapone a los intentos de aniquilación de su régimen una guerra geopolítica global, que está amenazando la región y la sostenibilidad de la economía mundial. El cierre del estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20% del tráfico mundial de petróleo) es un paso decisivo en esta estrategia (agotamiento de los recursos energéticos, inflación, etc.) Trump y Netanyahu esperaban, desde luego, esta respuesta, pero confiaban en que los intereses geoeconómicos de Europa serían suficientes para obtener su respaldo y compromiso en esta contienda: se equivocaron. Pues, a pesar de los deseos de la ultraconservadora presidenta de la Comisión de Bruselas, Ursula von der Leyen, Europa ha dejado claro, tras el “No a la guerra” de España, su negativa a sumarse a la operación estadounidense-israelí.
Ni ha habido una revuelta popular masiva en Irán, ni se han destrozado las capacidades de defensa del país, que siguen activas: los ataques iraníes apuntan a las posiciones estadounidenses en la región, empujando a las monarquías árabes feudales a ejercer presión sobre EE UU; los misiles sobre Israel se han vuelto cotidianos; asimismo, Irán ha reactivado lo que queda de sus aliados más próximos (Hezbolá, hutíes, chiitas iraquíes) para dispersar las fuerzas israelíes.
Optar, como hizo Trump bajo la influencia de Netanyahu, por un cambio de régimen frente a una República Islámica que pronto cumplirá medio siglo, es una decisión tan aberrante como la de quien, a finales del siglo XX, hubiera querido destruir militarmente a la Unión Soviética con el pretexto de que su poder amenazaba al mundo.
Esta guerra no puede tener éxito por muchas razones. Desde el punto de vista militar, Irán ya ha calculado el alcance de la guerra total estadounidense e israelí; a ella opone una estrategia de desgaste (resistencia-resiliencia y ataques sorpresas contra el enemigo). Perder hasta un millón de mártires es soportable para el país, que cuenta con 92 millones de habitantes, una licencia que Trump no puede permitirse: sería el regreso del síndrome de Vietnam a las calles de Estados Unidos. A la guerra que viene del cielo, los iraníes desencadenan una estrategia terrestre de autonomía de toma de decisiones de las fuerzas militares: horizontal, descentralizada, impredecible, flexible y en constante movimiento por el territorio. El general Petraeus, antiguo comandante de las fuerzas estadounidenses en Irak en 2011 (¡sabe de lo que habla, pues pagó el precio!) y exdirector de la CIA, dijo claramente en un artículo reciente (marzo de 2026, Foreign Affairs), que el ejército estadounidense no está preparado para contrarrestar esta estrategia iraní. Para ganar definitivamente la contienda, los agresores tendrán que ir al terreno, sin contar con apoyos efectivos sobre el mismo y a un enorme coste humano, ya que el régimen se ha preparado para esta eventualidad: luchará hasta el último de sus partidarios, ya que los bombardeos transforman gradualmente a los civiles en mártires. Por el contrario, Trump y Netanyahu no pueden mantenerse por mucho tiempo en la cuerda floja de los bombardeos masivos: sufren el agotamiento de sus reservas, el riesgo de una explosión de la economía mundial, el deterioro de la opinión pública en EE UU. Por último, frente a las monarquías árabes feudales, ha quedado demostrado que su santa alianza con Estados Unidos tampoco es una garantía de protección de los ataques iraníes. En una palabra, en el plano militar, Irán no necesita grandes victorias, le basta con golpear al enemigo todos los días. Y, de paso, reanudar un programa nuclear es ahora urgente para su supervivencia, cuando precisamente se estaban celebrando conversaciones para detenerlo.
En la vertiente civil de esta aventura de dos, los daños son igualmente importantes. Creer en el surgimiento de una insurrección popular iraní con capacidad de destruir desde dentro el poder de los ayatolás es ignorar dos variables fundamentales de este país: por un lado, los religiosos no dudarán en reducir sangrientamente cualquier rebelión, como ya demostraron al reprimir sin piedad las manifestaciones de enero de 2026, presentadas como actos de guerra instigados por el enemigo israelí-estadounidense. Por otro lado, tampoco existe alternativa de oposición política organizada: el hijo del Sha es una marioneta proestadounidense a ojos de la gran mayoría de los iraníes; los demócratas, si es que existen (sobre todo en los círculos intelectuales y artísticos occidentalizados), están divididos entre sí y carecen de fuerza creíble; los Muyahidines del Pueblo, enemigos acérrimos de los Guardianes de la Revolución del régimen, han sido diezmados; las clases sociales urbanas y los jóvenes se manifiestan sobre todo contra los efectos sociales inhumanos de los embargos y la apropiación de la riqueza por parte de las élites religiosas y sus secuaces (los basdiris, milicia que aterroriza a diario a la población); y las zonas rurales siguen siendo, a pesar de todo, favorables al régimen islamista. Un buen observador, Nate Swanson, exresponsable sobre Irán en el Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, sostiene que, de los 92 millones de iraníes, el 20% desea la democracia, el 20% apoya incondicionalmente al régimen islamista y el 60% se encuentra en un término medio y, sobre todo, quiere vivir mejor.
Tampoco se puede obviar la cuestión kurda, la única minoría verdaderamente importante, que no se embarcará fácilmente en esta historia bélica, pues tendría que hacer frente, no solo a una represión ultranacionalista iraní, sino también a un ataque por la retaguardia de Turquía, que los vigila de cerca por la posibilidad cierta de que refuercen a los kurdos turcos. Por último, la desestabilización interna de Irán conduciría inevitablemente a un estallido de emigraciones masivas, como en Siria en 2015, hacia Europa, los países del Este y Oriente Medio.
El asesinato de Ali Jameneí introduce, además, un dato nuevo: este imán, autoridad suprema, era sagrado para sus fieles, a imagen del Papa para los cristianos, y la sacralidad tiene un significado extremadamente poderoso en la tradición milenarista chií. Es la mejor manera de unir a los religiosos iraníes en torno a su gobierno.
Trump necesita, pues, una guerra corta; no la tendrá a menos que abandone a su aliado israelí. Irán promete una confrontación lo más larga posible; Israel desea una guerra total, pero no se ve cómo podría soportar una contienda larga. Trump y Netanyahu, más allá de sus bravuconadas, están en realidad atrapados en una trampa: se han metido solitos en esta guerra sin un plan de salida. Es que, si los líderes políticos narcisistas son una desgracia para sus pueblos, los dirigentes irreflexivos son, sin duda, lo peor que le puede pasar a toda la humanidad. A la vista está.
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