Pedro Sánchez, líder progresista y héroe romántico
El presidente del Gobierno gana tiempo mientras la derecha trata de encontrar su brújula


No por melancólico deja de ser entretenido repasar cómo se llevan los países europeos con su Historia. En Alemania, ya lo sabemos, el pasado dicta el presente. En Italia, el lugar donde todo ha ocurrido antes, tienden a repetir una Historia que les ha enseñado a ser sinuosos. Y si en Italia repiten la Historia, en Francia nada querrían más que repetirla. E incluso podemos pensar que buena parte de los males de la Gran Bretaña actual provienen de la conciencia dolorida de no poder hacerlo.
Valga esto como alivio para españoles: nosotros no estaremos muy cómodos en la piel de nuestro pasado, pero ya vemos que a todos les roza un poco. De España, en todo caso, se han dicho diversas cosas. Por ejemplo, una tan cruel como que es un país que siempre está recomenzando. Y en ocasiones, en efecto, parece que la política debiera hablarnos del futuro, pero el pasado no nos deja ir muy lejos. Concedemos nacionalidades por sucesos —como la expulsión de Sefarad— que tuvieron lugar hace 500 años. Pedimos perdón por lo que dejó de ocurrir —con la independencia mexicana— hace 200Y nada ha llamado más la atención del mundo —aquel helicóptero a Mingorrubio— que nuestro interés por un cadáver de hace 50. Por supuesto, algunos pasados gozan de más actualidad que otros: hay quien cree que seguimos en los años treinta, en tanto que nuestros años de plomo terrorista —de los setenta a los noventa— parecerían haber tenido lugar allá cuando reinaba Sancho el Fuerte. Una de las pocas lecciones claras de nuestro pasado es que depende del que manda.
Como fuere, seguramente una paradójica mayoría de españoles crea que el mejor uso de la Historia consiste en tirárnosla a la cabeza los unos a los otros. Por eso, a la hora de escribirla, hemos preferido, en un principio, subarrendar episodios muy principales —del Imperio a la Guerra Civil— para que nos los estudiasen terceros imparciales. Alguno solo se habrá creído que “España es un país normal” el día que vino a decírnoslo Raymond Carr. Ocurre que, desde el siglo XIX, cuando la nacionalización liberal debe convivir con la discordia entre españoles, nuestras debilitadas elites aceptan como imagen de país la que otros proyectan sobre nosotros. Una imagen quizá colorida y simpática, que todavía nos atrae turistas, pero también una imagen condescendiente y folklórica, que todavía quita filo a nuestras exportaciones. A los españoles, en todo caso, nos ha causado tanta satisfacción cumplir con el tópico que un siglo después, el “Spain is different” ya nos salió a nosotros solos.
Y aquí seguimos estando para servirles. Si ha habido un carácter español que ha enamorado al mundo en general y al anglosajón en particular, ese ha sido el del paladín romántico. El guerrillero. El Empecinado. El Campesino. Pasionarias y manolas. Los liberales del XIX, los libertarios del XX y, como vemos ahora, los progresistas del XXI. Hace dos siglos, el general Torrijos mereció los versos de Tennyson como Pedro Sánchez recibe hoy las portadas de L’Espresso o los titulares agradecidos del Financial Times. Y Espoz y Mina mandó publicar una biografía para darse aires en Londres más o menos como ahora se envían desde Moncloa artículos al Economist. Si ayer era Lord Holland quien estaba preocupado por “las cosas de España”, en nuestros días a quien nos gusta oír es a Susan Sarandon: resulta consolador saber que ahí fuera siempre hay alguien que no nos entiende nada pero nos quiere mucho.
A Pedro Sánchez siempre le ha gustado la política internacional por, entre otros motivos, el que adujo otro romántico inglés: el placer nunca está en casa. Si las próximas elecciones fueran en Cincinnati, le votaban hasta las piedras. Por lo menos, con él demostramos que, como país, solo habremos escrito un Quijote, pero hemos criado unos cuantos. Es posible que, en nuestra relación con Donald Trump, nos hayamos esforzado en agitar la muleta ante un toro que miraba hacia otra parte: por qué se meterán tanto conmigo, pensará, en ese país al norte de Marruecos. Eso es ignorar que, antes que cualquier consideración política, lo urgente ante una guerra es el posicionamiento estético: si la primera víctima es la verdad, el primer beneficiario es el postureo. Y, guste o no guste, entre bromas y veras, Sánchez va posicionándose como Alonso Quijano handsome, Che Guevara con corbata u Olof Palme con (pronúnciese a la inglesa) cohones, sabedor de que la batalla más importante es la batalla por ser el más escandalizado ante unas palabras sacadas de quicio de Ursula von der Leyen. Como ocurre con el pasado, sin embargo, el idealismo también campea por barrios: mejor donde no se nos espera, como en Irán, que donde sí se nos esperaba, Venezuela.
Oponerse al yanqui no es una novedad entre nosotros: “si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos”, proclamaba el lema del resistencialismo franquista. Puede pensarse que, como anzuelo político, haber pasado del año Franco al “no a la guerra” demuestra pobreza de imaginación, pero los viejos trucos han llegado a viejos por algo. De momento, Sánchez gana tiempo. Mantiene una posición mientras la derecha busca su brújula. Y, con característica soltura, corre a ponerse los galones éticos de haber sido, si no el primero en la prudencia, sí el primero en la denuncia. A estas alturas, no me atrevo a decir que no vaya a funcionarle: la moral y el postureo pueden coincidir en Sánchez, igual que esos relojes parados que, dos veces al día, dan la hora.
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