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Columna

‘La cárcel de los Gemelos’, Jordi Wild y los juguetes rotos

El consumo de contenido audiovisual vive una revolución en todo el mundo

El podcaster Jordi Wild, en un hotel de la Gran Vía.Bernardo Pérez

El martes el Real Madrid eliminaba al Manchester City de Guardiola en la Champions. Mientras, a la chita callando, un millón de personas estaban pendientes en Youtube de las andanzas de Frank Cuesta, Labrador, Dakota o Aída Nizar en el último hit del mundo digital, La cárcel de los gemelos.

Si no le suenan los susodichos gemelos, aquí va un resumen. Tras un periplo por los programas de apuestas online, Daniel y Carlos Ramos (Getafe, 25 años) dieron con su piedra filosofal: el reality digital La casa de los gemelos, una especie de Gran Hermano con personajes variopintos del mundo digital y con una sorprendente tolerante al alcohol, los insultos y las agresiones. El pasado octubre se celebró la primera edición del programa, que iba a durar una semana pero que fue cancelado a las nueve horas por la escalada de la violencia. La segunda edición, ya con más medidas de seguridad, duró 24 días, hasta Nochevieja. Desde el pasado domingo se puede ver en YouTube su nuevo concurso, que está reventando los audímetros digitales. El caso es que de los gemelos no se sabía demasiado y su aura fue creciendo entre la envidia digital y la sospecha de las actividades ilícitas hasta que el pasado jueves 12 hicieron un pódcast con Jordi Wild en el que durante tres horas se abrieron en canal.

En el programa de Wild hablan del tema profesional, claro: del caché de los famosos que participan en su nuevo reality —“Frank Cuesta es el que más cobra, 150.000 euros”, cuentan— a comentar sin tapujos los 1.200.000 euros que tienen que pagar de multa a Hacienda (son un desastre con los números y tenían la mala costumbre de pagar sus gastos propios con la cuenta de empresa, criaturitas…). Pero también escarban en su lado personal y hablan de la reciente y traumática muerte de su madre, de sus crisis de ansiedad, de lo incómodos que dicen sentirse con parte de su propio contenido y de sus complementarias y magnéticas personalidades (truco para diferenciarlos: Carlos tiene un AK-47 tatuado en la patilla). Todo, en un ejercicio de honestidad que —qué demonios— entra muy bien en estos tiempos en los que todas las entrevistas parece que estén siempre un poco preparadas. No deja de ser autobombo de su nuevo programa, claro, pero es inevitable detectar autenticidad en su testimonio, y aparejadas a la autenticidad llegan la curiosidad y la empatía.

Con todo, hay un matiz incómodo en la entrevista: la pertinaz sensación de que hacen gala de “haberse pasado el juego” triunfando en el nuevo ecosistema digital, mucho mejor que el tradicional. Hace pocos días se ha conocido un dato muy relevante para el panorama general de los medios: YouTube ha superado a Disney y se ha convertido en la mayor empresa de contenido audiovisual del mundo si la medimos por ingresos. Este cambio refleja una transformación profunda del sector en lo que se refiere a plataformas de consumo, pero es posible que el cambio solo sea estético. Mal harían los Gemelos —o cualquier otro creador de contenido— en venirse arriba porque no trabajan para las malvadas cadenas de producción de los medios tradicionales, porque viven exactamente la misma situación: trabajan para YouTube (que pertenece a Google), con el agravante de que si mañana la plataforma cierra su canal no existe una competencia en la que echar currículum. Además, el medio digital ha acelerado uno de los peores males del mundo mediático: la obsolescencia de los famosos, que se multiplica en un mundo que reclama perpetua novedad.

Podemos vender la revolución del siglo, pero la ley de hierro de las empresas se acaba imponiendo, y todo se acaba pareciendo siempre a la Sicilia de Lampedusa, en la que todo cambiaba para que no cambiara nada: antes los juguetes rotos los fabricaba Telecinco y ahora los fabrica YouTube. Lo mejor que pueden hacer los gemelos es tomar nota, porque tienen a un buen puñado de ellos metidos en su cárcel.

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