Europa tiene normas comunes, no valores comunes
Debemos reducir nuestras expectativas sobre lo que la Unión puede ofrecer en este momento


Cada nueva crisis internacional pone de manifiesto la dificultad que tiene la Unión Europea para acordar una posición única en su política exterior. La actual, desatada por la guerra entre Israel y Estados Unidos e Irán, no es una excepción. Es legítimo preguntarse si la guerra hubiera sido más ampliamente cuestionada de haber estado Europa dominada por gobiernos de izquierda, pero no conocemos con certeza la respuesta. Tampoco puedo afirmar que Suecia sea representativa del conjunto de países del norte de Europa, pero voy a iniciar esta reflexión utilizando el caso para ilustrar la diversidad de imaginarios políticos y culturales que opera dentro de las fronteras de la Unión.
Desde hace años sigo una de las principales cabeceras suecas, que leo en el idioma original, y puedo constatar que los titulares sobre otros países europeos aparecen de manera puntual, mientras que con mucha frecuencia —y no sólo desde que Trump llegó al poder e inunda la zona con noticias— uno o más de los principales cubren la actualidad de Estados Unidos. Pareciera que, en el imaginario sueco, Estados Unidos encarna el principal referente político y cultural del país, por delante de Europa. No quiere decir que la sociedad sueca se alinee sistemáticamente con las políticas de Estados Unidos, pero sí que existe históricamente un sentimiento de cercanía hacia la sociedad estadounidense —un tercio de la población sueca emigró allí en su día—. Este imaginario noratlántico convive con la percepción histórica de Rusia como amenaza. No en vano, Suecia y Rusia fueron los rivales militares más constantes del norte de Europa durante casi tres siglos. En la crisis que nos ocupa, conviene mencionar la presencia de una importante diáspora iraní. Compuesta por más de 120.000 ciudadanos, algo más del 1% de la población, es una de las más visibles del país. Al igual que otras comunidades de origen migrante en otros países europeos, en situaciones como la actual, la comunidad iraní ejerce cierto peso en la opinión pública sueca.
Durante décadas se habló de Europa como de una comunidad en formación: un espacio que, poco a poco, acabaría desarrollando una identidad política y cultural común. Hoy esa expectativa parece más lejana e incierta. Los europeos compartimos instituciones, mercados y tratados, pero no necesariamente imaginarios ni referentes comunes. Tampoco sentimos forzosamente el mismo apego por el proyecto europeo. Mientras algunas sociedades como la española ingresaron en el club europeo con gran entusiasmo, otras como la sueca lo hicieron casi a regañadientes. Por otra parte, la solución que suele invocarse a estos desafíos —una Europa federal— resulta, por las mismas razones, igualmente distante. En este contexto, quizá convenga mirar el proyecto europeo desde otro ángulo, más modesto. Sin un imaginario compartido y sin una verdadera voluntad política común, puede que el proyecto europeo se reduzca a su esqueleto jurídico: los principios y normas que los Estados miembros se han comprometido a respetar, fijados en los tratados fundacionales y la Carta de los Derechos Fundamentales.
Hablo deliberadamente de principios y normas, los cuales tienen una vocación operativa y pretenden aplicarse independientemente de contextos culturales, y no de valores, que requieren una comunidad moral compartida y pueden separarnos tanto como unirnos. No es lo mismo defender la legalidad internacional y el principio fundamental de no agresión que reivindicar valores como la ética del trabajo y la responsabilidad individual asociados a ciertas tradiciones culturales, como la protestante, y que potencialmente contrastan con otros valores europeos como la caridad, más vinculados a la herencia católica.
Lo que planteo es una invitación a reducir nuestras expectativas sobre lo que puede ofrecer en este momento Europa y a hacerlo, no como expresión de resignación o de cinismo, sino como ejercicio de supervivencia. Para las mentes críticas es tentador pensar que Europa no solo no tiene futuro, sino que nunca lo tuvo. Al fin y al cabo, sus fundamentos filosóficos y políticos —la democracia representativa, la igualdad de derechos—, gestados durante la Ilustración, nacieron lastrados por la exclusión de las mujeres, el comercio de esclavos y el colonialismo que ejercían las potencias europeas en el mundo; colonialismo que, argumentan los más críticos, tiene hoy su continuidad en el Estado de Israel. En este sentido, hace tiempo que dejamos de ser un referente para muchas sociedades del Sur Global, que denuncian con razón nuestros dobles raseros. Pero, al mismo tiempo, es innegable que Europa sigue siendo un espacio más seguro y amable para la mayoría de sus habitantes que otras regiones del mundo, así como un lugar donde, aunque no siempre sin dificultades, se reconocen los derechos de las minorías.
Si Europa se limita a seguir un guion sencillo, consistente en ceñirse a su esqueleto de normas y principios más básicos, sin buscar dar lecciones sobre valores o imponer su proyecto civilizatorio indirectamente a través de la fuerza, es posible que logre concitar más respeto y simpatía en el mundo. Esto la colocaría en una mejor posición para ejercer el tipo de poder blando con el que se cambian mentalidades y se impulsan reformas democráticas.
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