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Opinión

Un país que se satura

Las capitales intermedias pueden jugar un papel crucial: tienen la calidad de vida y la capacidad de atraer talento y empresas para diversificar el crecimiento

Varias personas cruzan por un paso de cebra en la Gran Vía de Madrid. Pablo Monge

Mientras que la España vaciada se adentra en la despoblación, los territorios que concentran el dinamismo sufren una falta de espacio cada vez más agobiante. La presión es perceptible tanto en los grandes núcleos urbanos como en las zonas turísticas más concurridas. Cataluña, Madrid y Valencia, por ejemplo, comunidades que conjuntamente ocupan tan solo el 12,5% de la superficie del país, han aportado el 58% del crecimiento económico acumulado en el último lustro y concentran el 66% del aumento de la población durante el mismo periodo (según datos de la EPA). La concentración entraña beneficios económicos por la existencia de economías de escala en ciertos sectores, la proximidad entre distintas actividades o la disponibilidad de una mano de obra abundante y móvil. Las tres comunidades citadas reciben el 83% de la inversión directa extranjera realizada en España en 2024 (último dato disponibles).

Sin embargo, la escasez de vivienda es acuciante en estos lugares y el problema se agrava cuando los costes de construcción se encarecen, precisamente por la rarefacción del espacio urbano. El hábitat se aleja de los centros de trabajo, intensificando los desplazamientos y tensionando las infraestructuras de transporte, mientras la sanidad se enfrenta a la afluencia de pacientes y los servicios públicos se saturan. El teletrabajo y la administración digital no bastan para relajar la presión.

Los fenómenos de congestión no solo causan estrés entre la ciudadanía, y accidentes en los casos más graves; también pueden constreñir el propio crecimiento. En las zonas más tensionadas, se multiplican los conflictos por el espacio, por ejemplo, entre el turismo y la población residente. Unos conflictos que el mercado no puede resolver por sí solo y muestran el papel de las políticas de atender los déficits de vivienda y de infraestructuras que proliferan en la España agobiada.

Todo ello plantea un desafío para los gobiernos, que deben abordar desequilibrios territoriales casi antagonistas. La España vaciada reclama inversiones para mantener tejido productivo o contener el declive demográfico, y la congestionada necesita recursos para prevenir los embotellamientos y sostener su expansión, que hoy por hoy es el pilar del crecimiento del conjunto del país.

Pero no solo se trata de asignar unos recursos por naturaleza limitados. Es necesaria una estrategia global y las capitales intermedias pueden jugar un papel crucial: tienen la calidad de vida y la capacidad de atraer talento y empresas para diversificar el crecimiento. La coincidencia espacial del doble shock demográfico y económico plantea nuevos retos. Urge aliviar con inversiones la congestión que se cierne sobre la España tensionada. Pero la vertebración territorial del desarrollo es también relevante para reducir las desigualdades y prevenir el síndrome de la hiper concentración.

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