La generación de la Transición
Aquellos jóvenes, entonces en la treintena, articularon el periodo de mayor modernización de la historia de España

“Cada generación consiste en una peculiar sensibilidad, […] tiene su vocación propia, su histórica misión, [… su] severo imperativo”. Cuando el 20-N a las 4.58 am el teletipo de Europa Press irrumpía en las redacciones de los periódicos del mundo, España comenzó el camino de la dictadura a la democracia, que tendría como protagonista esencial a una generación, los nacidos en la inmediata posguerra (1940-1955, aproximadamente) que, por decirlo con Ortega y Gasset, asumió el severo imperativo de conquistar la democracia para sus conciudadanos.
Aquellos jóvenes, entonces en la treintena, articularon un proyecto sugestivo de vida en común —definición orteguiana de nación— en torno al texto constitucional y su desarrollo normativo. Quince años más tarde se visibilizaría la normalización de España dentro del mundo occidental con la inauguración de la Olimpiada de Barcelona.
Algunos habían hecho su primer aprendizaje con las noticias de la primera revuelta estudiantil cuyo origen último fue la muerte del propio Ortega, hace ahora 80 años, cuando estudiantes y comunistas difundieron la esquela que lamentaba “la pérdida de tan insigne español, en los momentos que era más necesaria su aportación”. Después, el Plan de Estabilización de 1959 inició el desarrollismo que dio nueva vida a la dictadura con el surgimiento de una creciente clase media (que comenzaba a disfrutar de electrodomésticos en casa, vacaciones en la playa y el 600 como utilitario de moda) y el fortalecimiento de la Administración del Estado. El sistema severo de oposiciones resolvió un problema estructural y secular del país. Nacía un sólido cuerpo de funcionarios que jugaría un papel fundamental en la reforma —y no ruptura— que llegó a la muerte del dictador.
Los jóvenes universitarios de los sesenta —se multiplicó exponencialmente el alumnado—, al tiempo que encontraron un horizonte vital y profesional, disfrutaron de mayores comodidades —también de entretenimiento; era la época de los guateques— y descubrieron una cultura donde las tendencias metodológicas de raíz marxista y la recuperación de la tradición liberal llevaron a que el franquismo perdiera la batalla de las ideas en vida del dictador, por decirlo con Juan Pablo Fusi. Muchos se vincularon con ideas radicales de izquierdas. Buena parte de ellos, pronto evolucionaron hacia las opciones de raíz social-liberal o democristiana que protagonizarían los primeros gobiernos democráticos.
Entre ellos, algunos salieron a completar su formación a centros de primer nivel internacional, auspiciados por sus referentes y maestros —a los que encontraron en espacios como el Instituto de Estudios Políticos, Cuadernos para el diálogo, la renacida Revista de Occidente o Alianza editorial—. Con becas del programa Fulbright, la Fundación March o del Banco Urquijo, entre otros, sus experiencias devendrían en esenciales al incorporar a nuestro país el modo de hacer y comprender la ciencia y, claro, también el Estado, las costumbres democráticas y los hábitos cívico-ciudadanos.
Aunque quedan aspectos y fondos archivísticos por estudiar, conocemos bastante bien aquel proceso intergeneracional y el papel y evolución que jugaron en él actores, procesos, sectores o partidos. Estudios sociológicos han puesto también en valor la madurez popular a favor del cambio y las libertades —y, con ello, la sideral distancia con el odio que había llevado al campo de batalla a sus padres y abuelos—. Con todo, aquel 20-N, con el Caudillo de cuerpo presente, lo que hubo en España fue… miedo e incertidumbre. Miedo ante los fantasmas guerracivilistas del pasado –nada olvidados, como ponen de relieve algunas de las canciones más populares de entonces: por ejemplo, la icónica Libertad sin ira de Jarcha (1976)-. Incertidumbre ante la famosa pregunta: Después de Franco, ¿qué?, planteada por el libro homónimo de Carrillo de una década antes y que él mismo respondería entonces: “Lo importante no es Monarquía o República, sino […] dictadura o democracia”.
Los primeros gobiernos democráticos contaron así con jóvenes funcionarios que conformaron los cuadros del Estado y que tuvieron por labor su desarrollo y descentralización. También con universitarios, muchos de ellos doctores, que, regresados del exterior, asumieron cargos de responsabilidad como compromiso ético para sus conciudadanos en la misión de “poner el cuerpo social de la nación en forma”, por recoger lo que Ortega entendió como “la gran política”. Cuando frisaban los cuarenta, desde su patriotismo constitucional —por decirlo con Habermas—, aquella generación apuntaló la sociedad civil que, incipiente, se tambaleaba ante los problemas que asediaban a la recién nacida democracia —ETA, ruido de sables, problemas económicos, etc—.
España vivió una segunda edad de oro con representantes destacados en todas las áreas imaginables del saber científico, literario, artístico o profesional. Para lo que aquí nos ocupa (la conquista de la democracia), en la biografía coral de esta generación, fueron especialmente significativos aquellos que, desde el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades, visibilizaron a España como variable europea y dieron un giro conceptual a sus disciplinas, injertando de nuevo al país en la modernidad.
Sin posibilidad de ser explícito encontramos así a economistas, sociólogos, politólogos y, en fin, historiadores. Emergieron también una serie de banqueros y empresarios, abogados, periodistas o mecenas de esa misma generación que, desde sus atalayas, fueron determinantes a la hora de conformar esa sociedad civil consustancial a toda democracia.
Junto a sus aciertos, los procesos históricos tienen sus requiebros, discontinuidades, fallas y cuestiones mejorables. Los itinerarios biográficos de estas personas son reflejo de esa Transición de la dictadura a la democracia. Un periodo que nos lega —más allá de todos los vacíos y errores que se quieran— el periodo de mayor modernización de la historia de España. Un país de segundo orden en el actual (des)orden internacional que, al fin, dos siglos después, ha logrado superar los dos grandes procesos pendientes de su contemporaneidad: el subdesarrollo y la conquista de la democracia. Es hora de honrar con gratitud, respeto y cuidado —mejorando lo que esté en nuestras manos— la deuda contraída con esta generación: la generación de la Transición.
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