Nadie era amigo del encantador Jeffrey Epstein
Durante cuántos años y con qué profundidad se puede tratar a un pederasta en serie sin haberse enterado de nada


Uno de los ángulos más oscuros del caso Epstein es el relacionado con la amistad. Durante cuántos años y con qué profundidad puede ser uno amigo de un pederasta en serie sin haberse enterado de nada. Es decir: en qué medida puede ser uno amigo de alguien a quien no conoce, pues ignora la pulsión criminal que lo guía. Es un asunto incómodo. Y delicado de abordar con trazo fino. Con el grueso, ya sabemos que quien tiene una foto con Epstein es sospechoso y quien le envía mails puede ser cómplice o partícipe de sus fechorías. Pero el caso es que Epstein era, en cierta forma, un personaje de sociedad. Un tipo escapado de la imaginación de Bret Easton Ellis. Un multimillonario aparentemente psicópata y encantador, amigo de todos, dueño de una isla, que se relacionaba con las élites de varios países. El diablo, según Steve Bannon, una voz autorizada. En esa documentación (millones de archivos filtrados sin consideración por el anonimato de las víctimas, y faltan más) todos los que salen son ya, en el imaginario popular, amigos de Epstein. El caso es terrorífico por los crímenes, la impunidad con que se produjeron durante tanto tiempo y, esto es lo grave —porque no sólo implica a Epstein—, la discreción con que fueron tratados. Y obliga a revisar retrospectivamente cientos de vínculos. Nadie quiere imaginarse como el amigo que no vio, el conocido que no preguntó, el invitado a la isla que miró para otro lado. Pero la vida social está llena de compartimentos estancos. Amigos para cenar, otros para viajar, más para hacer deporte. Tal vez la pregunta no sea cómo alguien pudo ser amigo de Epstein sin saberlo todo, si es que existe, sino a qué llamamos amistad. Aceptar que puede ser fragmentaria, hecha también de ignorancias mutuas. Admitir que podemos querer a personas que no conocemos del todo, y que esa ignorancia no siempre es maldad, sino miedo a asomarse. La amistad entendida como pacto frágil entre biografías incompletas. Por las que es mucho más fácil que se cuele el horror.
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