Responsabilidad en Costa Rica
El inapelable triunfo de Laura Fernández para emprender reformas no puede derivar en una demolición de los contrapesos democráticos

Costa Rica dio el domingo un triunfo inédito por su dimensión a la candidata Laura Fernández, la elegida por el actual presidente, Rodrigo Chaves, para garantizar la continuidad de su proyecto de “refundación” del Estado. El 48% de los votos obtenidos en las urnas, ocho puntos más de los necesarios para ganar en primera vuelta, tendrá su correlato en el Parlamento unicameral, donde la fuerza gobernante, el Partido Pueblo Soberano (PPS), sumó 31 de los 57 diputados que lo integran. El número permitirá a Fernández impulsar casi sin contrapesos sus proyectos de ley, además de aprobar el presupuesto nacional o reasignar partidas del Estado. Queda, sin embargo, lejos de los 40 votos necesarios para impulsar sin necesidad de acuerdos una reforma de la Constitución, parte fundamental de los planes de reforma que Fernández heredará de Chaves, su mentor político.
Sobre la presidenta electa Fernández planea la sombra de la incipiente deriva autoritaria de Chaves, una anomalía en un país que era hasta ahora considerado una excepción como democracia estable en la convulsa Centroamérica. Si las ideas de arrasar con todo lo establecido y empezar de cero nunca dieron buenos resultados, debe sumarse al caso de Costa Rica la idea de Chaves de reducir los contrapesos institucionales con la excusa de que los políticos tradicionales no lo dejaron gobernar durante su mandato. Mientras propone la reelección presidencial continua, Chaves ha tomado para sí la bandera de la mano dura contra el crimen organizado. El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, viajó a Costa Rica hace dos semanas para colocar junto a Chaves la primera piedra de una cárcel inspirada en el Cecot, el centro de reclusión de pandilleros que alquila a Washington y que tantos réditos políticos le ha dado.
En su primer discurso como presidenta electa, Fernández prometió que respetará las instituciones y promoverá el diálogo, pero a la vez cargó contra la prensa independiente y llamó “caníbal” a la oposición política. El tono pareció emular el de su padre político, cada vez más cercano al estilo confrontativo y autoritario que caracteriza a la derecha regional.
Aupada por el mandato de las urnas, Fernández proclamó “el final de la Segunda República” y el nacimiento de una tercera, producto de un cambio “profundo e irreversible” del que no ha dado hasta ahora mayores detalles. No hay duda de que la presidenta tiene entre sus manos el poder necesario para impulsar esos cambios, inspirada y apoyada por Chaves y con el único límite que el Parlamento le pondrá a una reforma constitucional. Depende ahora de su apego a los valores democráticos que esa “refundación” mantenga a Costa Rica dentro de su tradicional senda democrática o asome al país a un escenario donde prevalezca el autoritarismo y la confrontación.
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