Lo que sí sabemos
Cuando los expertos emitan sus informes sabremos si la infradotación, la externalización o la liberalización del sector ha podido influir en la tragedia


Del accidente de Adamuz sabemos aún pocas cosas. Desconocemos, por ejemplo, cuáles han sido sus causas, aunque la investigación se está centrando en una hipótesis: la de la rotura de la vía por fatiga. Como no conocemos las causas, tampoco sabemos quiénes han sido los responsables, si es que los hay. La hipótesis del factor humano ha sido descartada: no fue culpa de la velocidad, ni de un error del maquinista, ni de ningún otro miembro del personal. Pero la infradotación, la externalización de servicios a empresas privadas, la liberalización del sector de la alta velocidad, la falta de voluntad a la hora de atender las quejas de trabajadores y usuarios y la desviación de fondos públicos a actividades delictivas también son factores humanos. Cuando los expertos emitan sus informes sabremos si alguno de ellos ha podido influir en la tragedia. O igual no. Igual, con el informe en la mano, los hunos nos dicen huna cosa y los hotros, hotra.
De lo que ocurrió entre raíles no lo sabemos todo, pero sí lo que pasó en agosto: que el Sindicato de Maquinistas propuso reducir la velocidad máxima en las líneas liberalizadas o reforzar el mantenimiento preventivo. Desconocemos qué les respondió entonces Óscar Puente, que iba anunciando por ahí que el ferrocarril vivía el mejor momento de su historia y que la alta velocidad alcanzaría los 350 kilómetros por hora. Quizá les dijo que sus quejas eran fruto de la tensión del momento o que había que bajar el suflé emocional, como cuando estos días se pusieron en huelga.
Del accidente de Adamuz no conocemos muchas cosas, pero sabemos que en él murieron el periodista Óscar Toro y la fotógrafa María Clauss, que proyectó la imagen de Miguel Hernández sobre la celda de la cárcel donde estuvo preso. No sabemos si Pablo, el maquinista, conocía su trabajo, pero igual sí, porque era un enamorado de la fotografía desde que a los 15 le regalaron una reflex. Con él se fue otro compañero de tripulación, Agustín, el camarero.
La muerte encontró también a Victor Luis, un boliviano que trabajaba cuidando ancianos; a Miriam, una joven profesora de inglés; a David, que era enfermero, y a Jesús, un cardiólogo que, según decían, tenía el corazón de oro. Con ellos se fueron José María, que era cofrade de la Hermandad Servita del Santo Entierro de Gibraleón y Nati, a quien la colisión le pilló rezando el Rosario. Dice su hijo Fidel que está seguro de que en esa oración le pidió al “amor de su vida, Jesús de Nazaret”, un milagro: irse ella y que su hijo y nietos vivieran. Así fue. Pero no fue el único milagro que tuvo lugar aquella noche: Cristina, una niña de seis años, salió casi ilesa del accidente y comenzó a caminar sola por las vías. En el vagón perdieron la vida su madre, su padre, su hermano y su primo, junto a los que había ido a Madrid para ver el fútbol y el musical de El Rey León.
En Lo que está mal en el mundo, Chesterton habla de una niña de pelo rojo cuya melena estaba amenazada: una ley de la época dictaminaba que, para evitar epidemias de piojos en los arrabales del Reino Unido, los niños pobres debían llevar la cabeza rapada. “Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna”, escribió. Es uno de los textos más bellos que nos legó Chesterton, porque habla de algo crucial: que la justicia o la injusticia no tienen rostro, pero quienes la acogen o la padecen, sí. Una de las cosas que no sabemos del accidente de Adamuz es de qué color tiene el pelo Cristina. Pero es por ella por quien, cuando todo se calme, debemos hacer preguntas. Es a ella a quien le deben respuestas.
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