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COLUMNA
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Élites en transición

Leía estos días con asombro algunos intentos de comparar lo sucedido en Venezuela con la Transición española

Leía estos días con asombro algunos intentos de comparar lo sucedido en Venezuela desde el 3 de enero con la Transición española. En un contexto internacional con la ultraderecha y el populismo al alza, un presidente norteamericano decide saltarse el orden internacional con desparpajo y nos deja en apenas una semana una secuencia vertiginosa. Bombardeos. Una operación militar para secuestrar al tirano. Declaraciones señalando que la urgencia es el control estadounidense del petróleo venezolano; lo de la democracia, ya se verá. Una líder de la oposición exiliada simpática, pero que tiene poco que aportar, salvo un Nobel de la Paz. Una vicepresidenta que se queda al mando para colaborar. Una reunión en la Casa Blanca con las principales petroleras del mundo para repartirse el negocio. Mientras, en el país del líder liberador, las unidades paramilitares son legales, los agentes pueden pegar tiros a las activistas y las deportaciones masivas cuentan con el respaldo de la autoridad. Sin una bola de cristal en la mano es difícil saber si el azar, el destino o Donald planean una colección de giros inesperados que aterrice en un paisaje similar, pero por ahora la actualidad venezolana tiene difícil rima con la España de hace 50 años.

Se me ocurre que tal vez no hemos hablado suficiente de la Transición y que quienes trabajamos sobre el pasado deberíamos contarla más y mejor. Así, nos chirriaría que el rey emérito nos cuente que empezó en 1962, con la llegada de los tecnócratas al Gobierno, o que en 1976 el país se beneficiaba de las aportaciones del franquismo, o que fue él quien graciosamente nos trajo la democracia. Este relato tan repetido, el de la Transición que llegó gracias a la generosidad de las élites políticas que un día decidieron sacrificarse por el bien de España, ha ocupado demasiado espacio, quizás porque así permitía a esa generación adaptarse y sobrevivir, y a sus descendientes, esquivar pasados incómodos, sintiéndose unos arte y todos parte de la democracia. Una democracia que surgió del acuerdo y la cesión, pero también del miedo. Y el consenso que la sustentó, del ruido de sables y de las voces de protesta en las calles. Porque el dictador murió en la cama, pero la oposición y la resistencia fueron reales desde la posguerra. Desbordada la movilización en los años setenta, sin dictador y en un contexto favorable a la democracia, las élites apoyaron el cambio.

Quizás ahí esté el paralelismo. En el pragmatismo de las élites de un régimen tirano y corrupto, que siempre buscan sobrevivir.

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