El espíritu de Borja
Oscilamos en torno a un núcleo de fealdad espantosa, no tanto física como interior, moral y mental


Hace una semana recordábamos el tiempo en que el hermoso culo de Brigitte Bardot era el centro del mundo. No sobra recordar que hoy en día, en cambio, oscilamos en torno a un núcleo de fealdad espantosa. No tanto fealdad física, sino una fealdad interior, moral, mental. Estamos rodeados de líderes como Trump, Putin, Netanyahu, Jamenei, Bukele y los Ortega que piensan feo, hablan feo y actúan feo. La irradación de su discurso y su tarea para imponerlo nos condenan a un mundo feo. En todo esto pensamos al saber que había muerto en Borja, en los días finales del año, su vecina más ilustre, la señora Cecilia. Todos conocen la anécdota que la llevó a la fama mundial. Su atrevimiento al llevar a cabo una especie de restauración de un fresco en el Santuario de la Misericordia culminó con el conocido icono llamado el Ecce Homo de Borja. La autora, que emprendió por su cuenta la tarea de restaurar el fresco original sin poseer las capacidades necesarias, cayó rápido en la cuenta de su error y por ello se excusó alarmada y tuvo que soportar las burlas y el escarnio al convertirse en una celebridad universal.
Los que conocíamos el espíritu de Borja no nos sorprendimos tanto por la anécdota. Años atrás, a un amigo científico se le había dirigido una mujer en un restaurante para mostrarle su admiración. Hablaba con un fuerte acento aragonés y confesó que era de Borja. Para despedirse quiso añadir un pronóstico de enorme autoridad: “Le voy a decir una cosa, a usted le van a dar el Premio Nobel”. Al notar el escepticismo del científico la mujer se vino arriba y exclamó: “¡Y si no se lo dan, que se jodan los suecos!” A partir de aquel instante, la expresión “el espíritu de Borja” ha significado para los que estábamos allí la encarnación del buen ánimo, la alegría y el entusiasmo radical frente a los acogotados. No se me ocurre un valor espiritual más elevado que el de alcanzar, en algún instante vital, el noble espíritu de Borja y poderle decir a un amigo cineasta: “A ti te van a dar el Óscar, y si no, que se joda Hollywood”. No hay mejor medicina que aspirar a lo insigne y cagarse en lo insigne en la misma frase.
Desde que Cecilia perpetró con sus pinceles esa restauración incatalogable, es raro el día que no visita Borja algún japonés que se fotografía ante el fresco con la misma urgencia apasionada con que lo haría ante La Gioconda de Leonardo en el Louvre. Cecilia encarnó como nadie la época que nos ha tocado vivir. Somos lo opuesto al Renacimiento. Nosotros vivimos en el Regurgitamiento, somos hijos del Saldo por Liquidación de Existencias, del Remate Final por Cierre de Negocio. Cecilia será la nota al pie en las enciclopedias del arte que cuenten nuestra época. Venirse arriba está muy bien. En un mundo que ya lo ha visto todo, la chapuza puede ser genial, el disparate un acierto y el desastre una sorpresa agradable. La representación del mundo actual es el feísmo y en esa tesitura una declaración afectuosa contra el sentido común como la de Cecilia es pertinente. El sentido común está detrás de los racistas, los patriotas y los asesinos. En cambio, en el Ecce Homo de Cecilia había desborde e ingravidez. Cuando esa mujer piadosa llegue al Cielo descubrirá que Dios se parece a su pintura: borroso, informe y en fuga.
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