¿Para qué sirven las élites europeas?
Mientras Trump desmantela el orden internacional, Europa recupera la mili y se pliega a los deseos de las tecnológicas


El jefe del Estado Mayor francés dijo hace unos días que Francia debe prepararse para “perder a sus hijos”, y Macron respondió anunciando un servicio militar voluntario de 800 euros al mes. Mientras, Trump negocia el destino de Ucrania sin consultar a Europa, y Bruselas desregula la protección de datos bajo presión de Silicon Valley. ¿Para qué diablos sirven exactamente las élites europeas? Hace unos días, el historiador Rutger Bregman, quien acababa de pronunciar una conferencia sobre la “cobardía paralizante” de las élites para las Reith Lectures de la BBC, anunció que habían censurado una frase de su charla, precisamente una en la que describía a Trump como “el presidente más abiertamente corrupto de la historia de Estados Unidos”. La ironía se entiende sola. Bregman, europeísta convencido, defiende además que el rasgo definitorio de las élites europeas no es solo la decadencia sino su irrelevancia. Cuando Trump se divierte desmantelando el orden internacional, ¿qué hace Europa? Recuperamos la mili, nos plegamos a los deseos de las tecnológicas.
Durante décadas, las élites europeas desarmaron el continente convencidas de que la historia había terminado. Nos hicieron dependientes del gas ruso, delegaron la seguridad en Washington y se desentendieron de desarrollar una industria tecnológica o una defensa autónoma. Nos convertimos en el continente de los bolsos en lugar del hardware. Nuestras empresas más valiosas son Dior, Louis Vuitton y L’Oréal, mientras cada gigante estadounidense —Microsoft, Google, Apple, Amazon— vale más que todo el mercado bursátil alemán o francés. ¿Cuál es hoy nuestra respuesta ante la crisis? Pedir a los jóvenes que se alisten por un salario precario. ¿Y adivinan quienes se alistarán? No serán los hijos de las élites. En Alemania ocurre algo similar. El país que vistió a sus policías de guardabosques para que no parecieran soldados, el que juró “Nunca más Auschwitz” como argumento contra la guerra, lo utiliza hoy como razón para el rearme. El canciller Friedrich Merz dice que el ejército alemán debe ser el más fuerte de Europa. Lo cuenta la escritora Mithu Sanyal en The Guardian: “Es aterrador lo rápido que está cambiando todo”, se lamenta. Mientras la OTAN recibe el Premio de la Paz de Westfalia, el Gobierno alemán propone una lotería para decidir qué jóvenes irían a luchar si no hay suficientes voluntarios. Un sorteo de quintos del siglo XXI. “Esto va más allá de cultivar apoyo para la remilitarización” señala la escritora; “es decirle al pueblo alemán: pensamos que eres estúpido y te trataremos como tal”.
El paternalismo alemán y francés se enmarca en nuestro vacío estratégico. Lo que durante un año hemos llamado “estrategia de apaciguamiento” ha sido un síntoma más de esa cobardía que describe Bregman. Los Neville Chamberlain del siglo XXI ceden ante Trump en todo —aranceles, desregulación, impuestos— sin conseguir absolutamente nada. Ni siquiera nos consultan sobre nuestra propia seguridad. La cobardía no compra nada, solo confirma nuestra irrelevancia. Y sin embargo, las mismas élites que bajan la cerviz ante los autócratas nos exigen sacrificio, hablan de los hijos de la patria y nos piden fortaleza de espíritu para disuadir a Moscú. Nos piden, en fin, prepararnos para la guerra cuando ni siquiera son capaces de defender nuestros intereses en una negociación comercial.
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