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CRIMEN ORGANIZADO
Columna

Taxco, Malinalco… intacto el imperio del crimen

Se van a necesitar muchas mañaneras para que el pueblo vea en la bajada de homicidios que presume Palacio Nacional algo que amenace a la delincuencia organizada

Claudia Sheinbaum muestra la gráfica con el porcentaje de reducción de homicidios, en Palacio Nacional, el 14 de abril.Galo Cañas Rodríguez (Cuartoscuro)

No importa las veces que la presidenta acomode en una pantalla las estadísticas que indican una baja en delitos. Todos sus esfuerzos, y los de su policía, serán como unos pinos de boliche que durarán acomodaditos hasta que un mazazo criminal los derribe sin fin.

La semana pasada el Gobierno de Claudia Sheinbaum insistió en que cuatro de cada diez homicidios que hasta septiembre de 2024 diario se cometían hoy son ya un no hecho: de ochenta y tantos a cincuenta al día. Un descenso de vértigo, incluso para Ripley.

Ese método presidencial tiene un punto ciego. La flecha de la incidencia delictiva podrá indicar que el suelo es el límite, que vamos rumbo a un piso no visto en lustros… salvo que todas las semanas uno o hasta más actos criminales desenchufan el optimismo.

Estos días digamos Taxco o Malinalco, poblados harto reconocibles a nivel nacional, son los nuevos puntos en el mapa mediático que recuerda a las y los mexicanos quién manda y cuán impenetrable es el dominio de esos que mandan, los delincuentes, en sus feudos.

Todas las veces que Palacio Nacional sostenga que los homicidios van a la baja, tal afirmación se topará con la sorda realidad tipo la de Taxco, donde el presidente municipal y su padre fueron secuestrados, y luego liberados en medio del mutismo oficial y de un tufillo a impunidad.

Hay de secuestros a secuestros en México, y para el caso, de levantones a levantones. Lo que pasó en Taxco es relojería de precisión. Unos criminales se llevan al padre del alcalde, y luego al edil mismo. Y dos días después esos criminales les dispensan la vida.

El alcalde Juan Andrés Vega volvió de la muerte junto con su padre el 13 de abril luego de estar cuarenta y ocho horas sustraído del mundo por aquellos que deciden todo en la región. Así como se fueron, regresaron. Y a la policía solo le da para congratularse.

Albricias que el Gobierno tiene una crisis menos. Puede la Federación volver a su recuento delictivo a la baja, vuelta a la feliz rutina. Quién necesita explicaciones o aprehensiones de tan singular plagio. Mejor entregarse sin reservas al regreso a la normalidad de cifras a la baja.

Por desgracia para las autoridades mexicanas, el país se empeña en no darles tregua. El día 15 de abril, a 80 kilómetros de Taxco, desaparece el funcionario encargado de agua de Malinalco, balneario de lujo de mexiquenses y capitalinos.

Además de que afortunadamente el funcionario del municipio mexiquense regresó con vida luego de un par de días en que su paradero fue un misterio, la otra coincidencia entre ambos casos es que sus captores son los dueños de la situación.

Porque la incidencia a la baja no parece agraviar a las bandas. Y si a ésas vamos, deben hasta agradecer el enojo del Gobierno con la ONU por las desapariciones forzadas: la Administración quitándole peso nacional e internacional al crimen organizado, ¿qué puede salir mal?

Por qué les va a incomodar el triunfalismo de Palacio cuando pueden disponer que el edil de una ciudad colonial, potencia en plata y turismo irá a donde le indiquen ya que la verdadera autoridad no reside en ciudadanos que emiten votos, sino en cañones que escupen balas.

Cuál signo más claro de poder que, en el sexenio en que se promete cambiar todo el esquema del agua, los criminales tienen su propia manera de sentar a negociar al encargado hídrico de Malinalco, municipio donde se dan su chapuzón gentes ricas del país.

Chuza triple en cosa de días: la muerte de una jovencita en la Benito Juárez, joya del panismo, exhibe a la fiscalía capitalina, ocho mueren en un bar en Ayala, Morelos, pueblo donde recién estuvo Sheinbaum, y asesinan al sobrino del secretario de Gobierno de Oaxaca. Y tendríamos que agregar, al menos, las ejecuciones de activistas ambientales en Michoacán.

Se van a necesitar muchas mañaneras, quizá demasiadas, para que los porcentajes de ejecuciones que de doble dígito en doble dígito se desploman, logren que el pueblo vea en esos números algo que amenaza a quienes controlan territorios y matan con impunidad.

No son pocos los políticos que son “invitados” a entrevistarse con “el señor” dueño de la plaza. Algunos van por propio pie y regresan en cosa de horas. Otros son arrastrados con amenazas o con la retención de un familiar, como en Taxco; otros son llevados a punta de pistola.

Por eso los casos de Malinalco y de Taxco son doblemente especiales. Porque la opinión pública se enteró de la ausencia, y porque se trata de lugares que nos parecen cercanos porque, para empezar, tienen denominación de “pueblo mágico”.

Y eso, técnicamente, las precampañas no han comenzado. De forma que, sin adelantar vísperas, podemos descontar que la narrativa de la baja de la violencia que la presidenta busca construir apenas está por librar su peor batalla, la de un nuevo ciclo de violencia política.

Por lo pronto, qué bueno que en Taxco y en Malinalco dos familias pudieron abrazar de regreso a sus seres queridos, y qué malo que el susto y el trauma no podrán sanar hasta que el Gobierno sea capaz de garantizar que esos criminales no volverán a plagiar o amenazar.

Mientras pobres y ricos, gente en el poder o en los oficios más diversos sepa que los criminales mandan en los pueblos, las cifras quincenales en Palacio Nacional son a lo mucho una gotita que avisa de un verano de paz y seguridad que nomás no se materializa.

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