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Morena
Columna

Palacio mete orden en Morena

Sheinbaum está concentrada en la modernización de la administración pública, en mejorar la eficacia del Estado y en echar andar el Plan México, columnas fundamentales de su estrategia para activar la economía y mejorar la situación de los pobres

Claudia Sheinbaum y Ariadna Montiel en Ciudad de México, en diciembre de 2024.Daniel Augusto (Cuartoscuro)

El desplazamiento de miembros del Gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum a la dirección de Morena era necesario. Solo la heredera del bastón de mando tiene la legitimidad para arbitrar, definir criterios e impedir abusos en miles de candidaturas que habrán de procesarse en los próximos meses. Contra lo que se piense, no creo que sea una tarea particularmente del agrado de la presidenta, quien a diferencia de la mayor parte de la clase política no parece extraer placer de la ampliación del poder por el poder mismo. Sheinbaum está concentrada en la modernización de la administración pública, en mejorar la eficacia del Estado y en echar andar el Plan México, columnas fundamentales de su estrategia para activar la economía y mejorar la situación de los pobres. En ese sentido, constituye un incordio destinar piezas fundamentales de su equipo a la tarea de evitar luchas fratricidas o candidaturas vergonzantes en su partido.

Pero era imprescindible, porque solo ella puede hacerlo. Resultaba demasiado pedir a Luisa María Alcalde o a Andrés López Beltrán, actuales cabezas de Morena, resistir la presión de los gobernadores y los líderes del poder legislativo, que se aprestan a consolidar equipos y territorios a partir del control de las próximas candidaturas. Además de su juventud, ambos arribaban a esta tormenta relativamente menguados. Y si bien no eran antagónicos a la presidenta, ni mucho menos, tampoco eran percibidos como operadores vinculados a su primer círculo.

La probable llegada de Ariadna Montiel a la presidencia de Morena y el papel protagónico en la gestión de candidaturas por parte de Citlali Hernández configuran una fórmula idónea. Las dos exsecretarias de Estado gozan de la confianza de Sheinbaum y tienen credenciales impecables en su trayectoria obradorista. Ariadna es una de las pocas titulares de dependencia que repitieron en su puesto al cambio del sexenio; respecto a Citlalli Hernández habría que recordar que ya en la administración pasada fungió como secretaria general del partido. Se trata de una elección inteligente por parte de Palacio, porque son dos cuadros inobjetables incluso desde la perspectiva de Palenque. Eso les permite afrontar al resto de los protagonistas que inciden en Morena con absoluta legitimidad y sin fisuras a la vista.

Y a propósito de Palenque, un paréntesis. López Obrador ha cumplido cabalmente su propósito de dejar gobernar a su sucesora y esta lo ha hecho con responsabilidad, tanto en sus tareas como jefe de Estado como en lo correspondiente al movimiento político que lidera. El expresidente sabe que cualquier intervención suya debilita al Gobierno respecto a sus muchos adversarios y provocaría fracturas internas. El éxito de Sheinbaum es también el éxito de la 4T en su segunda temporada. Pero la tercera temporada es otra cosa. A quién heredar el bastón de mando es algo que compete a ambos y eso exigirá la tarea de construir consensos entre Palacio y Palenque. Ahora bien, los gobernadores que se elegirán el año próximo (17) y los siguientes fungirán como tales durante la mitad o menos de este sexenio y la mitad o más del siguiente. Es decir, Sheinbaum goza de absoluta autonomía para designar a los titulares del Gabinete con el que gobernará hasta finales de 2030 y, sin duda, será el referente y árbitro central en la disputa para elegir candidaturas en los próximos meses. Pero tendrá que hacerlo revisando el espejo retrovisor, bajo el entendido de que estas decisiones configurarán un territorio político futuro que trasciende a su propia Administración. Particularmente en el caso del sureste.

La elección de Ariadna Montiel y de Citlalli Hernández vacuna contra cualquier objeción y favorece la tranquilidad en los ámbitos que importan en Morena. Pero lo verdaderamente decisivo es que ambas permiten potenciar al máximo la popularidad y la fuerza política que ha adquirido la presidenta, de cara a las negociaciones con los factores de poder dentro del partido y sus aliados en la rebatinga que viene.

No se trata de una estrategia para imponer los cuadros claudistas en las distintas entidades, porque ni siquiera los tiene para todos o la mayoría de los casos. En teoría hoy todos presumen su lealtad a Sheinbaum, pero es evidente que proceden de orígenes variopintos y muchos de ellos son impulsados por grupos de poder locales de distinta índole. De lo que sí se trata es de evitar abusos absurdos o candidatos impresentables e imponer reglas consensuadas entre los actores.

Esperemos que todo esto sirva para dignificar el difícil equilibrio entre candidatos potencialmente exitosos en campaña y candidatos potencialmente exitosos en la tarea de gobernar. En el pasado se priorizó lo primero en detrimento de lo segundo, y allí está el caso de Cuauhtémoc Blanco, candidato arrasador en las urnas y una pesadilla en casa de gobierno de Morelos. No sería del todo dañino la posibilidad de perder en un par de entidades con candidatos genuinos si eso evita gobernadores vergonzantes. Después de todo, la presidenta ha sido capaz de establecer una relación productiva con la mayor parte de los mandatarios de oposición en los estados. Más allá de los 17 que necesita para la aprobación de los cambios constitucionales, a la hora de gobernar para Sheinbaum es más útil un gobernador eficiente que uno inepto, así sea de Morena.

Por lo pronto, la dirigencia del partido comenzará a formar parte del amplio tablero de mando con que la presidenta busca favorecer una conducción más eficiente el resto del sexenio. La manera en que ha fortalecido su liderazgo sin mayores exabruptos revela una capacidad política que no necesariamente se le atribuía.

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