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'Fracking'
Tribuna

Gas natural y yacimientos no convencionales: una estrategia para la soberanía energética, el crecimiento y el bienestar en México

México está redefiniendo el papel del gas natural como un componente central de su seguridad energética y de la transición

Complejo de producción de gas natural en Canadá, en una imagen ilustrativa.James MacDonald (Bloomberg)

México consume cada vez más gas natural, pero produce cada vez menos. Hoy, alrededor del 75% de la demanda se cubre con importaciones, principalmente provenientes de Estados Unidos. En este escenario, la estrategia presentada el pasado miércoles por la presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, coloca al gas en el centro de la política energética nacional, no sólo como insumo, sino como eje de estabilidad del sistema.

El punto de partida es claro. Existe una alta dependencia externa y, además, una fuerte concentración en pocos puntos de internación: cinco de ellos concentran cerca del 70% del flujo total. Esto no es menor, porque implica riesgos operativos y geopolíticos relevantes. En los hechos, México está expuesto a variaciones de precios, eventos climáticos y decisiones regulatorias fuera de su control, lo que limita la certidumbre del suministro y condiciona el desarrollo regional.

Esta vulnerabilidad ya no es teórica. El sistema energético mexicano ha enfrentado episodios críticos, particularmente durante los inviernos en Estados Unidos. El caso más evidente fue la tormenta invernal de Texas en febrero de 2021, que provocó el congelamiento de infraestructura clave, desde pozos hasta ductos. El resultado fue inmediato: interrupciones en el flujo de gas hacia México, cortes eléctricos en al menos 12 estados, afectaciones a millones de usuarios y un incremento significativo en los costos del sistema eléctrico, que superaron los 20.000 millones de pesos.

El problema de fondo fue más profundo. El sistema eléctrico de Texas estuvo cerca del colapso, en gran medida porque su infraestructura no estaba preparada para condiciones extremas. Para México, esto evidenció algo crítico: cuando el suministro depende de una sola región, cualquier disrupción externa se convierte en un riesgo sistémico interno. Y lo más relevante es que estos eventos no han sido aislados. En 2026, ante nuevas tormentas invernales, se activaron nuevamente protocolos de contingencia, lo que confirma que la fragilidad persiste.

A esto se suma un contexto internacional más complejo. La invasión de Rusia a Ucrania en 2022 mostró con claridad cómo la dependencia del gas puede convertirse en un problema de seguridad nacional. En Europa, la presión sobre el suministro durante el invierno obligó a replantear estrategias energéticas completas. A diferencia del petróleo, los mercados de gas son regionales, por lo que la capacidad de cada país para gestionar sus propios inventarios se vuelve determinante.

Aquí México enfrenta una de sus principales debilidades. El país cuenta con apenas el equivalente a 2.4 días de inventarios de gas natural, muy por debajo de países como Francia, Alemania o España. Esto significa que el margen de reacción ante una interrupción es prácticamente inexistente. En otras palabras, no hay amortiguadores suficientes para enfrentar choques de oferta.

Este rezago contrasta con la experiencia de Estados Unidos. A principios de los años 2000, ese país también enfrentaba una alta dependencia energética. Sin embargo, el desarrollo del shale (a partir de la combinación de perforación horizontal y fracturación hidráulica) transformó por completo su posición. En menos de dos décadas, pasó de ser un importador relevante a consolidarse como el principal productor mundial de gas natural, con niveles superiores a los 110 mil millones de pies cúbicos diarios, acompañado de inversiones importantes en infraestructura de transporte y almacenamiento.

Más allá del volumen de producción, lo relevante es la capacidad de respuesta que esto le da a su sistema energético. Estados Unidos no solo produce más, también puede gestionar mejor sus fluctuaciones. México, en cambio, sigue dependiendo del flujo continuo desde el exterior, sin contar con mecanismos suficientes para administrar esa dependencia.

Al mismo tiempo, el gas natural se ha consolidado como la base del sistema energético mexicano. En 2023, representó cerca del 58.8% de la generación eléctrica, y el sector eléctrico concentra más de la mitad del consumo total. La industria, por su parte, sigue ganando peso, particularmente en un contexto de relocalización de cadenas productivas. Además, el crecimiento ha sido sostenido: el consumo para generación eléctrica aumentó alrededor de 60% entre 2012 y 2024.

Esto explica por qué la demanda seguirá creciendo. El gas no solo es un insumo energético, es un factor de competitividad. Determina costos de producción, viabilidad de proyectos industriales y condiciones para atraer inversión.

Frente a este panorama, la estrategia energética 2026 plantea un ajuste relevante: reducir la dependencia externa a partir de un fortalecimiento interno. Esto implica: Aumentar la producción nacional, tanto en yacimientos convencionales como no convencional; aprovechar el potencial de recursos disponibles; ampliar la infraestructura de transporte y almacenamiento y articular el papel del gas con la transición energética, en paralelo al incremento de energías renovables.

En este contexto, vuelve al debate el desarrollo de yacimientos no convencionales.

La fracturación hidráulica es una técnica que permite extraer gas de formaciones de baja permeabilidad mediante la inyección de agua, arena y aditivos a alta presión para generar fracturas en la roca. A diferencia de los yacimientos convencionales, donde el gas fluye naturalmente, aquí se requiere intervención tecnológica intensiva para hacerlo viable.

La estrategia reconoce tanto su potencial como sus retos, incorporando avances técnicos para mitigar impactos, como el uso de agua no potable, la reutilización de fluidos y sistemas de monitoreo ambiental. Aun así, el debate no es solo técnico, sino también social y regulatorio.

En este punto, el gas natural ocupa un lugar central dentro de la estrategia energética del país. Por sus menores emisiones frente a otros combustibles fósiles y su capacidad para respaldar la integración de energías renovables, se convierte en un componente clave para avanzar hacia un sistema más limpio, sin comprometer la estabilidad del suministro.

En este sentido, la estrategia presentada por la presidenta plantea una ruta clara y responsable: fortalecer la producción nacional, desarrollar infraestructura y consolidar un marco institucional que permita aprovechar de manera eficiente este recurso. La prioridad ahora es avanzar en su implementación, reforzando la certidumbre regulatoria, impulsando el almacenamiento estratégico y consolidando la coordinación entre las instituciones del sector.

La estrategia energética de 2026 parte de un diagnóstico acertado y propone soluciones concretas para reducir la dependencia externa, fortalecer la soberanía energética y acompañar el crecimiento económico del país. El gas natural, en este contexto, no solo es una respuesta inmediata a los retos actuales, sino una palanca para ordenar la transición energética y garantizar condiciones de competitividad para México.

Así, el gas natural se posiciona como un instrumento estratégico dentro de una política energética integral, que combina seguridad, sostenibilidad y desarrollo. Su aprovechamiento, bajo el enfoque planteado por la actual administración, permitirá avanzar hacia un sistema energético más resiliente, con mayor capacidad de respuesta y con bases sólidas para el futuro.

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