Los pueblos petroleros de Veracruz, una ventana al futuro con ‘fracking’
Comunidades indígenas de Papantla se ubican sobre yacimientos de gas y aceite que el Gobierno quiere explotar mediante la técnica de la fractura hidráulica, considerada muy dañina por los ambientalistas


Las tierras de Emiliano Domínguez aún supuran el veneno. Hace un año que estalló un tubo de Petróleos Mexicanos (Pemex) que atraviesa su parcela, en la zona serrana de Papantla, Veracruz. La compañía estatal acudió días después a remover el espeso material pétreo que cubrió parte de sus tierras. Pero un sedimento se ha arraigado hasta la raíz del suelo, del que se desprende todavía un olor a taller mecánico, una sustancia que mata lentamente los naranjos que crecían alrededor. El enorme surco permanece allí como una cicatriz negra. Emiliano no puede sembrar y el Gobierno no le ha pagado la indemnización prometida. Es larga la historia de la explotación petrolera en Veracruz, un Estado de sierras y costa con grandes reservas de hidrocarburo. Es larga también la pelea de las comunidades contra los excesos de una industria contaminante. La inesperada apertura del Gobierno de Claudia Sheinbaum a favor del fracking anticipa una nueva etapa en esta disputa.
Varios derrames han contaminado los riachuelos que alimentan las tierras del poblado Rafael Rosas, al que pertenece Emiliano, un hombre de 79 años que aún trabaja la tierra. Eso, sin contar la invisible nube tóxica que emana de una terminal de separación de Pemex a orillas de la comunidad, contaminación que fue documentada hace dos años por especialistas mediante una cámara de radiación infrarroja. Una red de tuberías petrolíferas se extiende como arterias por debajo de los sembradíos, conectadas a varios pozos abiertos por Pemex años atrás. Recientemente, los habitantes, indígenas totonacas, han visto llegar de nuevo las maquinarias y a trabajadores de la petrolera estatal para estimular la actividad de esas perforaciones. La hija de Emiliano, Gloria Domínguez, relata que han visto pasar rumbo a los pozos pipas de agua, algunas de las cuales llevan la leyenda “Aguas congénitas”, un residuo tóxico obtenido del fracking. “Nos han agredido hasta donde han querido. Nuestros antepasados les dieron la mano a los de Pemex; ellos los sacaron y se metieron, se adueñaron de los ejidos, más donde vieron que había petróleo, y saquearon hasta donde pudieron”, señala.
La presidenta Sheinbaum ha reconocido que su Gobierno permitirá la fractura hidráulica, una polémica técnica consistente en la inyección de líquidos en el suelo —mayormente agua— para extraer crudo y gas atrapado en las rocas. La mandataria, que prometió en su campaña no autorizar el fracking y conducir al país hacia las energías limpias, ha dado un giro con el argumento de que México debe dejar de depender de las exportaciones de gas de Estados Unidos, al que se le compra el 75% del recurso, obtenido mediante esa misma técnica. Pemex tiene identificadas reservas del hidrocarburo en las cuencas de Sabinas, Burgos y Tampoco-Misantla, que abarcan los Estados de Tamaulipas, Coahuila, Veracruz, Puebla y San Luis Potosí, y donde, según las estimaciones de la petrolera, hay un potencial de 60.000 millones de barriles de petróleo crudo equivalentes (BPCE).
El fracking se ha usado en México, al menos, desde los noventa, principalmente para estimular yacimientos donde decae la extracción de crudo. Según la Alianza Mexicana Contra el Fracking (AMCF), en uno de cada cuatro pozos de México se ha recurrido a esa técnica. En un segundo momento, la valorización del gas en el mercado como fuente de energía lanzó a Pemex a la exploración de yacimientos ricos en ese combustible. El Gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) detonó la búsqueda de dicho recurso, pero la carrera entró en una fase de pausa con Andrés Manuel López Obrador (2018-2014), que se opuso a la técnica por considerarla muy dañina para el medio ambiente, principalmente por la excesiva cantidad de agua que requiere (gran parte de los yacimientos se ubican en zonas que sufren de sequías).





Las organizaciones ambientalistas advirtieron en su momento que el fracking bajó en intensidad durante el sexenio de López Obrador, pero no se frenó del todo, pues se continuó asignando dinero público a algunos proyectos. “Durante mucho tiempo, la fracturación hidráulica se realizó de forma irregular en términos ambientales, de seguridad y de información y consulta a los pueblos”, señala Alejandra Jiménez, integrante de la AMCF. “En México, el fracking se ha desarrollado en territorios de pueblos originarios y en comunidades rurales, con los que ha habido total opacidad y una violación a sus derechos humanos”, agrega la activista.
Sheinbaum, una física pionera en los estudios sobre cambio climático, ha venido a rematar el cambio de rumbo en la política energética de México. En el Plan Estratégico de Pemex 2025-2035 se prevén inversiones público-privadas para proyectos de extracción de gas en “yacimientos de geología compleja”, el eufemismo predilecto de la actual Administración.
Los asesores de la presidenta aseguran que existe nueva tecnología que reduce el desperdicio de agua —algo así como un fracking verde— y prometen una derrama económica benéfica para las comunidades. Un recorrido por ocho perforaciones del municipio de Papantla contradice el ánimo de celebración.
Dentro de la vasta parcela de 14 hectáreas de Emilio Domínguez —cuatro de las cuales “ya no sirven”, precisa él—, se ubica el pozo 11, que forma parte del campo Hallazgo, en cuya extensión hubo fracking al menos entre 2008 y 2010, según información oficial de la Secretaría de Energía. En medio de la vegetación sobresale un cabezal, una estructura de metal herrumbrado de un metro de altura que conecta la superficie con un yacimiento. El cabezal gotea aceite a un pequeño contenedor encharcado, ejemplo de un pozo mal sellado. Aquí tampoco puede sembrar Emilio, por mucho que sea beneficiario del programa Sembrando Vida, con el que los agricultores reciben un pago por cultivar árboles frutales y maderables.
Gloria observa la contradicción: “¿Cómo vas a sembrar vida cuando tienes una contaminación al lado? Una contaminación de gran magnitud, que afecta al ambiente y a la gente. Entonces, el Gobierno te da, pero también te quita. Estas tierras están inservibles. Aquí todo era naranjal. ¿Dónde sembramos, si todo está contaminado?”, reclama.
Más abajo del cerro está el pozo Hallazgo 12, en cuyo cabezal se ha montado una máquina de bombeo —también llamada balancín de extracción—, que estimula el yacimiento dado su decaimiento productivo. El enorme aparato trabaja con monotonía día y noche, moviendo sus poleas y cadenas oxidadas, su enorme pico de cigüeña de arriba abajo. Parece una tecnología ancestral olvidada en este mundo por otros habitantes, un armatoste que rompe el sentido de la selva.

Los pobladores cuentan que estas máquinas se colocan de la nada, sin que les avisen, y que, después de unos días de trabajo, se vuelven a retirar. La opacidad en torno a lo que Pemex hace en los pozos es la norma. “Ellos [los trabajadores y vehículos de la petrolera] entran aquí como si fuera su casa”, observa Emilio. En otra comunidad de Papantla, Reforma Escolín, llegó hace tres semanas un cortejo de Pemex acompañado de maquinarias cuya función no explicaron a los habitantes directamente afectados. Los trabajadores instalaron una especie de campamento en torno al pozo 161 —de donde se extrae aceite y gas—, con tres campers que pueden ser oficinas o recámaras, torres, lámparas, tinacos, dos contenedores —uno para diésel y otro para agua— y dos grandes generadores que funcionan día y noche. Este pozo fue intervenido con fractura hidráulica hace 11 años, según la AMCF.
El poblado está justo al lado del campo de trabajo. Decir al lado es literal. La ventana de la casa de Laura García, una choza de tablones, da directamente a las plantas de generación y al tanque de diésel, a tres metros de distancia. El rugido incesante de los motores impide hablar. Ni qué decir de dormir. Ella y su hija de 13 años viven allí todo lo que se puede, pero a veces optan por irse a casa de la abuela, lejos del ruido. Y lejos del olor a gas, que por las noches se intensifica. “Mi niña padece de los bronquios y no quiero que se me enferme más”, dice. “Es incómodo, pero, ¿qué podemos hacer?”. La líder de Reforma Escolín, Pastora García, de 60 años, habla de una mujer en una localidad cercana que “no se puede embarazar, que cada que se embaraza, aborta, por el olor, que llega como una niebla”.
En esta comunidad no hay agua y los pobladores dependen de la contratación de pipas. Pastora recuerda que había un manantial, destruido en los trabajos de perforación de Pemex en los noventa. En 2022 hubo varias fugas de las tuberías que causaron incendios en el poblado, que requirieron la intervención de bomberos de Pemex y militares. Pastora dice que “un gestor” de la paraestatal acudió a darles una charla sobre “a dónde deben correr en caso de que suene algo feo, o por el olor”. “Solo a eso vinieron”, reclama.
A 10 minutos en auto, en Emiliano Zapata, el Gobierno de López Obrador desarrolló proyectos de fracking entre 2019 y 2021, según la documentación oficial obtenida por EL PAÍS. Allí, un proveedor de Pemex acude a dar mantenimiento periódico a los pozos 365 y 367, ubicados uno junto al otro, y que están conectados a un mecanismo que separa el hidrocarburo del ácido sulfhídrico, un gas altamente tóxico que es arrojado a la atmósfera. Otro químico asociado al fracking, desde la etapa de exploración hasta la explotación de yacimientos, es el metano. Alejandra Jiménez, de la AMCF, incide en la contribución de esos químicos al calentamiento global y sus daños a la salud de las personas, que van de las cefaleas a los partos prematuros. “Es muy importante que quienes habitan cerca de estos pozos sepan el riesgo que tienen al lado de sus casas, de las escuelas de sus hijos, de clínicas y hospitales”, demanda.





Hace tres años, una fuga del pozo 19 afectó un manantial que surtía a varias casas en Emiliano Zapata. Los habitantes vieron que sus cisternas de agua de repente se llenaron de aceite. Aunque Pemex selló el pozo desde la superficie, las familias siguen extrayendo cubetas de aguas ennegrecidas. Mario Olaya, de 58 años, ha acudido a todas las autoridades para que limpien su cisterna. La petrolera se ha desentendido de esa labor, porque, le dijeron, “ninguna tubería de Pemex llega a esa profundidad”. ¿Entonces, de dónde viene todo ese hidrocarburo? Intentaron darle ánimos: “Dicen ellos que a lo mejor me encontré un manantial de aceite”.
Con información de Carlos Carabaña.
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