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Morena
Columna

Revocación de mandato: una fábrica de problemas

Adelantar el ejercicio de revocación de mandato es una equivocación por las inconsistencias que revela

Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional, en Ciudad de México, este martes. Quetzalli Nicte-Ha (REUTERS)

Sobran razones para sostener que anticipar el revocatorio de Claudia Sheinbaum —aunque anticipar es un decir porque en rigor nunca debería activarse— es un error.

La parte del plan B que intenta empatar la revocación de mandato con la intermedia es un despropósito. La iniciativa que propone celebrar el revocatorio el primer domingo de junio del año entrante es, también, peligro que sobra.

La anticipación del revocatorio es un desacierto porque la institución no fue concebida para lo que hoy pretende —cobijar a un partido con la manta presidencial— sino como un ejercicio de democracia participativa. Su intención original es pura: un freno de mano para detener en seco un Gobierno en el que se desconfía.

La exposición de motivos y los debates parlamentarios que le dieron origen a la figura lo enfatizan. Es un mecanismo de rendición de cuentas para desterrar a un mal gobernante. No es ejercicio ratificatorio ni excusa para la movilización. A es A y B es B. ¿Qué duda hay de ello?

El adelanto del revocatorio no resiste la prueba del ácido. Basta invertir los papeles para observarlo. Si la oposición —criatura mitológica— fuera quien buscara consultar su permanencia en el poder al tiempo que se eligen miles de otros cargos, seríamos los primeros en denunciarlo.

Adelantar —ya sabemos que ese no es el verbo— el ejercicio de revocación de mandato es una equivocación por las inconsistencias que revela. En 2021, cuando se legisló la figura, se fijó que la votación debía realizarse en fecha distinta a la de las elecciones. ¿La razón? El INE y los legisladores reconocieron que solo así se evitaba que el ejercicio se contaminara con los intereses, el dinero y las campañas de la política usual. Esa reflexión —sobria, suficiente— sigue siendo válida ahora. Donde existe la misma razón, debe persistir la misma consecuencia.

Recorrer un año el revocatorio es un descuido porque supone dar la razón a ciertos opositores. Durante la discusión original de la Ley Federal de Revocación de Mandato, los partidos de oposición —además de insistir hasta el extravío que se trataba de una pirueta del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador para reelegirse—, acusaron que el mecanismo podía derivar en una herramienta de propaganda y movilización.

Adelantar una revocación de mandato que nunca tendría que ocurrir les concede razón mientras defrauda a quienes entonces, con justa causa, la defendieron. Favorece a un lado y golpea al otro: legitima a la oposición mientras amordaza al bando propio.

Finalmente, sostengo que el revocatorio de mandato es un riesgo innecesario. Peligro que sobra. Los riesgos que se asomaron cuando López Obrador quiso adelantar su revocatorio a 2021 permanecen intactos. No es porque Sheinbaum sea Sheinbaum ni porque Obrador sea Obrador: es un asunto de diseño.

Hoy la oposición está amansada, sin rumbo ni causas que la ordenen. Colocar la figura presidencial en la boleta intermedia es suspender esa errancia solitaria y ponerlos en marcha con una razón para movilizar. Un movimiento que logró reducir a sus adversarios a un puñado de dolientes haría bien en conservarlos así.

A esto hay que sumar la aritmética electoral que tantos han señalado: para que una revocación de mandato obligue, debe acudir a votar al menos el 40% de quienes figuran en la lista nominal. En el ejercicio que puso a prueba el mandato de López Obrador, aunque votaron más de 16 millones de mexicanos, la participación fue de 17,78% por lo que no tuvo efectos vinculantes. Quedó abajo del umbral.

En las elecciones intermedias, la participación suele superar el 40%. Eso significa que empatar las fechas del revocatorio con los próximos comicios garantiza un resultado vinculante. Conviene tomarse la aventura en serio. El revocatorio puede convertirse en una fábrica de problemas.

Si a eso se le suma que, en el terreno político y territorial, los aliados de Morena no son fiables, lo que queda es una ecuación inestable. Una ruleta rusa.

Modificar la Constitución en materia de revocación de mandato con fines electorales transgrede el espíritu de la democracia directa que, no hace tanto, defendimos. Por si fuera poco —y como cada quien es libre de tragarse su propio sapo— es un riesgo táctico que no es necesario afrontar.

El ejercicio del poder, a veces, no consiste en atragantarse, sino en aguantarse el hambre —le llaman autocontención—. Solo así se generan precedentes virtuosos de larga data.

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