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Día de la mujer
Columna

Un siglo de avances, pero aún muchos rezagos

La violencia contra las mujeres, tanto en el hogar como en el lugar de trabajo, también es un factor que, además de atentar contra su integridad, limita su desarrollo

Protesta por el día internacional de la mujer en 2023, en Ciudad de México. Nayeli Cruz

Hablar de la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la economía se ha vuelto complicado. El péndulo de la conversación ha hecho que lo que hace unos años era materia de marchas, reclamos, artículos y estudios pase a ser un tema que incluso molesta. El tema aleja a los hombres de un diálogo que debería interesarles.

Si el tema sigue incomodando, quizás sea señal de que haya que seguir abordándolo, y en el caso que nos ocupa, desde la perspectiva de los datos y la evidencia. El Instituto Mexicano para la Competitividad -el IMCO- se dio a la tarea de analizar la historia económica y social de las mujeres en México a lo largo de cien años. Un siglo en el que la historia de las mujeres en el país ha sido un relato de transformación y lucha.

Desde un pasado donde el analfabetismo y la exclusión eran la norma, hasta un presente en el que las mujeres representan una proporción significativa de la fuerza laboral y han alcanzado logros en educación y política, el progreso es innegable. Sin embargo, las brechas que persisten son un recordatorio de que el camino hacia un país más parejo está aún lleno de desafíos.

La evolución de la participación de las mujeres en la educación es uno de los logros más notables. A principios del s. XX, el analfabetismo era rampante, únicamente 22% de las mujeres sabía leer y escribir, pero en la actualidad, las mujeres no solo han alcanzado niveles de educación superior, sino que también se han convertido en la mayoría. Este cambio no solo representa una victoria personal para cada mujer que ha superado obstáculos, sino que también contribuye al desarrollo económico del país. La educación abre puertas, y el acceso a la misma ha permitido a las mujeres tomar decisiones informadas sobre sus vidas y su futuro.

En el ámbito laboral, la participación de las mujeres ha aumentado de forma importante. En 1900, solo el 6% de las mujeres en edad laboral participaba en el mercado; para 2020, esa cifra se había elevado al 49%. Este crecimiento está vinculado a procesos históricos como el “Milagro Mexicano”, que impulsó la industrialización y la demanda de mano de obra. Los avances tecnológicos de esa época, desde una perspectiva global, contribuyeron a que México fuera partícipe de esa incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral. Sin embargo, a pesar de estos avances, las mujeres aún enfrentan desigualdades significativas en términos de ingresos, oportunidades de liderazgo y condiciones laborales.

Aunque las mujeres han ganado terreno en la educación y la participación laboral, las brechas económicas persisten. En 2025, las mujeres ganan en promedio 87 pesos por cada 100 que perciben los hombres. Este dato proviene de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, que, siendo una buena encuesta muestra una diferencia enorme con la ENIGH -Encuesta Nacional de Ingreso Gasto de los Hogares- que lleva la brecha a una tasa de 30% considerando todos los ingresos percibidos o 25% si únicamente se consideran los ingresos vinculados al empleo.

Este escenario refleja no solo la desigualdad salarial, sino también las barreras estructurales que limitan el acceso de las mujeres a empleos formales y a posiciones de liderazgo dentro de las organizaciones. La informalidad continúa siendo un obstáculo, con más del 54% de las mujeres laborando en empleos informales, lo que limita su acceso a prestaciones y seguridad social.

Una de las razones detrás de estas disparidades es el trabajo no remunerado. Las mujeres dedican una cantidad desproporcionada de tiempo a las tareas del hogar y de cuidado, lo que les deja menos tiempo para invertir en su desarrollo profesional. Esta carga, que a menudo se pasa por alto en el análisis económico, es un factor crucial que limita su capacidad para participar plenamente en la economía. Además, cuando las mujeres dejan el mercado laboral – de manera temporal particularmente por la maternidad – el regreso al mismo les representa un retroceso en su carrera profesional.

La violencia contra las mujeres, tanto en el hogar como en el lugar de trabajo, también es un factor que, además de atentar contra su integridad, limita su desarrollo. A medida que las tasas de violencia han aumentado, se ha hecho evidente que estas dinámicas no solo son un problema social, sino que también tienen un impacto económico. Las mujeres que sufren violencia a menudo se ven obligadas a abandonar sus trabajos o enfrentan dificultades para encontrar empleo, lo que perpetúa un ciclo de dependencia y vulnerabilidad.

Para acelerar el progreso hacia la igualdad de género en la economía, es fundamental implementar políticas públicas que aborden las causas estructurales de estas desigualdades. Algunas propuestas incluyen las licencias parentales compartidas, que pueden facilitar un equilibrio en las responsabilidades de cuidado y permitir que las mujeres se reincorporen al mercado laboral sin penalizaciones.

Las empresas que adoptan esquemas de trabajo flexible que permitan a las mujeres manejar mejor sus responsabilidades laborales y familiares benefician no solo a las mujeres, sino que también pueden aumentar la productividad, como sugiere la evidencia, y la retención del talento.

Para cerrar las brechas en el acceso a empleos bien remunerados, es esencial fomentar programas de capacitación que empoderen a las mujeres en áreas de alta demanda, como la tecnología y las ciencias y facilitar su permanencia en las empresas en las que trabajan para que sus carreras profesionales no se vean truncadas y el talento sea aprovechado.

A lo largo de un siglo, las mujeres en México han recorrido un camino lleno de logros, pero también de retos persistentes. Nombramos los avances, pero es crucial no perder de vista las barreras que aún deben ser derribadas. La inclusión económica de las mujeres no es solo una cuestión de justicia social, sino un imperativo para el crecimiento sostenible y la competitividad del país.

La historia de las mujeres en la economía es un testimonio de resiliencia y capacidad; es hora de que estas cualidades se traduzcan en cambios estructurales que permitan a todas las mujeres alcanzar su máximo potencial. Si queremos un futuro más equitativo, debemos actuar hoy, con determinación y visión de país.

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