Ir al contenido
_
_
_
_
Oposición en México
Columna

La oposición menos nacionalista

Quien desde la oposición calcule que un ataque de Trump en México desgastará a la presidenta no dimensiona que se está volviendo apátrida y suicida

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, sentada en un escritorio.

La reforma política que pretende el Gobierno de Claudia Sheinbaum y la embestida de Estados Unidos contra su vecino del sur tienen en común a la oposición mexicana, que no entiende que puede ser un factor que haga la diferencia en tan crítico momento.

El 3 de enero fue un borrón y cuenta nueva para México en su más importante relación internacional. Todo lo que se pueda opinar sobre la estrategia de la presidenta Claudia Sheinbaum para lidiar con Donald Trump queda en entredicho tras la extracción de Nicolás Maduro.

Los hechos de esa madrugada en Caracas sacudieron a un país que vive con el trauma de las intervenciones de Estados Unidos.

Que haya pasado más de un siglo de la última agresión armada contra suelo mexicano no obsta: el intervencionismo, a veces más grosero a veces más discreto, de las agencias e incluso de los embajadores de Washington ha sido la constante antes que la excepción.

A Sheinbaum, la agresiva movida estadounidense contra Maduro la tomó en un momento particularmente delicado. El arranque de su segundo año en Palacio está marcado por una renqueante inversión privada nacional y la revisión del TMEC con un Trump que ya desde antes era impredecible.

Y en el plano político el panorama no lucía mejor. La reforma electoral que la presidenta anunció en agosto pasado, para fin de año ya era motivo de abierta disputa en la coalición gobernante. Hoy los dos partidos pequeños del oficialismo están en franca rebeldía.

Así, la presidenta que cerró 2025 con el mérito de haberse hecho de más poder luego de forzar en noviembre la retirada del fiscal general de la República, para sustituirlo por una incondicional, estrenaba el año nuevo con un galimatías externo y local.

Tres semanas después del caracazo, la presidenta ha contenido la presión trumpista al colaborar para detener en México a más criminales estadounidenses y con una nueva entrega de presos mexicanos de alto perfil sin pasar por el rigor legal de una extradición.

Mientras, en el frente interno batalla para que los partidos del Trabajo y Verde Ecologista de México, los socios de Morena en la elección que la llevó a la presidencia, no descarrilen la reforma electoral que prometía ahorros al erario.

En ambas crisis, la oposición no ha encontrado la enorme oportunidad de hacerse útiles para la titular del Ejecutivo y de paso para su propia causa. Los tres partidos opositores —PAN, PRI y MC— parecen decididos a mostrarse carentes de instinto y hasta de nacionalismo.

La tentación de decretar a este o aquel suceso como un punto de quiebre no parece exagerada al ver el éxito logístico y diplomático de Estados Unidos el 3 de enero: tiene en la cárcel a Maduro, a sus cómplices acobardados y sumisos, y a Venezuela en paz (si no es un insulto llamar paz a una situación donde cientos de familias aún esperan a sus familiares presos por razones políticas, donde ni la oposición ni la prensa son libres de actuar y, desde luego, donde falta mucho para tener certeza de que además de genuinas elecciones habrá justicia por los crímenes del madurismo).

En México, los hechos de Venezuela elevaron el estrés no solo del obradorismo, que se negó a descalificar las elecciones fraudulentas de 2024 en ese país, sino de la población que no quiere que reviva el fantasma de las incursiones armadas de EEUU.

La presidenta ha cuidado cada expresión para buscar un equilibrio entre la defensa de la soberanía y no desencadenar con la misma un pretexto para que el vecino satisfaga los instintos de una Casa Blanca deseosa de atacar en México a los carteles de la droga.

Hace décadas que un mandatario mexicano no estaba en un predicamento diplomático de tal complejidad. Acaso el antecedente más cercano sea cuando el general Lázaro Cárdenas expropió el petróleo en 1938, en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

Al punto de que en los diarios ya algunos dan cuenta de escenarios para el día después a una intervención directa. Si tan descontada está la inevitabilidad de tan funesto hecho, por qué entonces la oposición regatea a la presidenta un decidido apoyo al enfrentar a Trump.

Decir oposición merece un apunte. Sobre todo si se confirma que Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional no irán más en tándem a procesos electorales como en 2024, cuando juntos lanzaron a la candidata que retó a Sheinbaum.

Hay que decir, igualmente, que mientras el PAN —que estrenó presidente en noviembre de 2024— hizo en octubre una promesa de apertura a la sociedad, el PRI vive el cacicazgo de un líder que se afana en que cada día haya menos militantes bajo sus siglas.

Por su parte, Movimiento Ciudadano lleva año y medio en un momento mixto: aunque pudo retener —no sin costos en alcaldías y diputaciones— la importante gubernatura de Jalisco, la enfermedad de su fundador le obligó a una hibernación de la que aún no salen.

Lo que tienen en común esas tres organizaciones, empero, es que cada una de ellas tiene aún en sus manos importantes Estados de la Federación y una capacidad de evidenciar la tendencia al desaseo y la glotonería de la mayoría oficialista en el Congreso de la Unión.

Con tales prendas, la oposición no atina a dimensionar la importancia que tiene para México que encontrara la manera de romper el círculo vicioso de la polarización para apoyar a la presidenta que navega a un Washington ensoberbecido.

Quien desde la oposición calcule que un ataque de Trump a objetivos mexicanos desgastará a la presidenta y por tanto abonará a la causa de sus adversarios políticos, no está dimensionando que por un lado se están volviendo apátridas y, por otro, suicidas.

Sheinbaum es lo presentable de Morena. En un momento de crisis la peor parte de ese movimiento puede maniatar a la mandataria. Es decir, volver más irrespirable la convivencia política. Y lo mismo se puede señalar, toda proporción guardada, del chantaje del PVEM y el PT.

La oposición tiene razones para desconfiar de la reforma de Claudia Sheinbaum. Pero hoy la presidenta podría beneficiarse de una oposición que le ofrezca, y le demande, una negociación que rompa el cerco de esas rémoras oficialistas que son PT y sobre todo PVEM.

Poner la lupa en la renuencia de los verdes y los petistas, y calladamente de no pocos morenistas, a nuevas reglas electorales llevaría a descubrir que la presidenta procura mecanismos para hacer que los suyos también rindan cuentas, como la eliminación del fuero.

Identificar desde la oposición los asuntos no negociables (entre los que, no sería raro, algunos ya fueron dinamitados, así sea por diferentes razones, por verdes y petistas, como es la disminución del número de legisladores) para ofrecer a la presidenta otros avances.

La oposición se sorprendería de la coincidencia que entre las filas morenistas podría encontrar al proponer acotar la entrada de dinero criminal en las campañas políticas. ¿Habrá capacidad para buscar diálogo y tejer acuerdos?

No sería la primera vez que los encargados del sistema busquen fuera lo que desde dentro se sabotea. El PAN del pasado sabía que, agravios y fraudes aparte —sin renunciar a la denuncia, sin caer en la comodidad de la cerrazón—, negociar convenía a México.

¿Esto quiere decir que en siete años Morena acusa el desgaste que al PRI le tomó decenios? Quizá solo signifique que, en efecto, México es más democrático y hoy su presidenta necesita de la resistencia participativa de la oposición para consolidar un nuevo modelo.

Otra manera de ponerlo es cuestionando a los disímbolos partidos que componen la oposición si están cómodos ante la evidencia de que el PVEM, la más impresentable de las organizaciones partidistas, puede anotarse el triunfo de descafeinar o incluso cancelar una reforma electoral. De ser así, todos son iguales.

Hay muchos en la oposición que se sienten lastimados por Morena desde 2018. Pero la negociación política se hace con los adversarios (con los amigos no tiene mérito).

La presidenta necesita quien le acompañe ante la amenaza de Washington y quien le exija las mejores reglas electorales, las mejoras en políticas públicas. Y ese no es el PVEM.

Dejar a Sheinbaum sola al resistir el embate de la Casa Blanca, y permitir el chantaje del PVEM, sería una mancha de la oposición, y una demostración, en toda la palabra, de falta de nacionalismo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_