La reforma que no fue
Es evidente que la reforma electoral nació muerta, se le dio sepultura esta semana en Palacio Nacional


De manera sorpresiva, el Gobierno decidió anunciar una reforma electoral. Utilizó, para eso, a Pablo Gómez, un personaje desprestigiado de la izquierda, un hombre sin porvenir, con un pasado gris, pero con ímpetus juveniles. Este señor decidió anunciar una gigantesca imposición que incluía la desaparición de los legisladores plurinominales, el recorte al financiamiento de los partidos políticos y, como cereza del pastel, la desaparición de la autonomía del INE. Todo esto, ante los sorprendidos consejeros de ese Instituto que, ingenuos, creían que habían asistido a una reunión de diálogo en la que se escucharían sus propuestas, aunque fuera como especialistas en la materia. Gómez dejó en claro que las propuestas no tenían sentido, que todo lo decidiría el gobierno, o más bien él como representante del gobierno, y que para tal efecto, harían uso de sus mayorías que “para eso son”.
El desplante de Pablo Gómez no pasó desapercibido para nadie. Menos aún en Morena donde la alarma se prendió. ¿Quién nombró a Gómez el hacedor de leyes del Gobierno? ¿A qué hora se convirtió en el gran legislador para anunciar cómo quedará la ley y pasar por encima de cientos de legisladores? Ricardo Monreal, hombre de oficio que no oculta su olímpico desprecio por don Pablo, anunció que las leyes se hacen en el Poder Legislativo y que, básicamente, todo lo demás es pérdida de tiempo. En estas mismas páginas Viri Ríos manifestó su sorpresa en dos vertientes: la propia reforma por innecesaria y el desempeño de Gómez.
Estamos ante uno más de los desórdenes que se multiplican en el segundo piso de la cuarta transformación: cada quien jala para su molino. Los daños de esta conducta no llegan a la oposición, pero sí a los socios del “movimiento”. El PT lo dijo con claridad: ¿para qué se quiere la reforma si ya se cuenta con los tres poderes y las mayorías? Y el Partido Verde también fue contundente: sin los plurinominales, no cuenten con nosotros. Sheinbaum no se quedó atrás y fue muy concreta: se mantiene la autonomía de quien organiza las elecciones.
No se sabe bien a bien qué piensan en Morena de un aliado como el Verde, un partido que lo mismo se la ha jugado con Fox que con Peña o con Sheinbaum. Siempre salen ganones y son buenos aliados. En ese sentido no se escuchan quejas de quienes han tenido acuerdo con los Verdes a través de los años. Es entendible que quieran más, no solamente posiciones legislativas. Será difícil que se sienten a esperar a ver qué deciden sus aliados; si cortarles los brazos o las piernas sin reparo alguno. Nadie se va a quedar sentado mientras deliberan la amputación. Es claro que Pablo Gómez considera que el Verde es humillable y que no hay que detenerse a negociar nada con ellos. Eso está por verse. Lo mismo con el PT. Podrán considerarlos marginales, pero necesitan sus votos para la aprobación. Ni hablar, les crecieron los enanos.
Es evidente que la reforma anunciada esta semana nació muerta. Se le dio sepultura en Palacio Nacional y se anunció una nueva para dentro de unas semanas. ¿Para qué se quiere una reforma electoral? Eso es algo que todavía no ha dicho el Gobierno con precisión. No se entiende que quieran cambiar algo que funciona y garantizó el triunfo consecutivo de dos candidatos de Morena. Sheinbaum ganó con más de 30 millones de votos, resulta sorpresivo que el reconocimiento de ese triunfo lo consideren casi un agravio. Por lo pronto, esta intentona de reforma resultó en un desgaste innecesario, pero también una muestra del desorden, la falta de planeación y las luchas intestinas en la clase gobernante.
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