El misterio de Kevin, el superviviente de las desapariciones masivas de migrantes en Chiapas
Este joven salvadoreño, de 29 años, afirma a EL PAÍS que sobrevivió al naufragio de una lancha que transportaba a decenas de personas. La familia de su novia, Yosselyn Guerrero, todavía sin localizar, apunta a que forma parte de una red de trata


La razón con la que Kevin convenció a su novia, Yosselyn Guerrero, de trasladarse de Tapachula a Ciudad de México fue sencilla: en la capital mexicana los esperaba una habitación amueblada. Iban a tener —incluso— una cama, ya no iban a dormir en el suelo de una vivienda prestada. La joven salvadoreña, de 30 años entonces, se resistía. En la frontera ya tenía trabajo en un comedor y, además, seguir hacia el norte implicaba alejarse un cachito más de su familia, que seguía en Santa Ana y le rogaba a cada rato que regresara. Al final, ganó la propuesta de Kevin. Él eligió los coyotes y el tipo de viaje, que incluía un tramo en lancha por el océano. El punto de partida era San José El Hueyate, un pueblo pequeño y aislado de la costa de Chiapas, donde, desde una casa de seguridad, Yosselyn habló por última vez con su familia. Les confesó que temía la larga travesía marítima, también que Kevin estaba “raro”: “Solo anda con el teléfono, se anda secreteándose, ocultando algo”. “Tengo miedo, no me quiero subir a esa lancha, pero es que ya estoy aquí”, recuerda sus palabras ahora Claudia Guerrero, su hermana mayor: “No te vayas, le dije yo, no te vayas”.
A las 15.20 del 21 de octubre de 2024 dejaron de llegarle los mensajes de WhatsApp. Eso ha sido todo desde entonces. Ella es parte de los 83 migrantes que desaparecieron en este trozo de costa entre septiembre y diciembre de 2024. Kevin no entra en esa lista. Él es, hasta ahora, el único superviviente localizado. “No sé ni cómo estoy aquí, porque pues caímos y estuvo bien feo, tragué agua y andando salí, como tres olas me pegaron, me revolcaron hasta el suelo. Salí casi muerto”, dice por teléfono a este periódico: “Yo pienso que lo que pasó ahí ya pasó. Y el que pudo salir pudo salir, gracias a Dios, hubieron unos que no”. ¿Cuántos? No sabe. ¿Quiénes? No sabe. ¿Dónde? No sabe.
En esa misma travesía viajaba la hondureña Cindy Bueso, con su bebé Daniel, de un año, y su hija Valentina, de tres. Su familia, que los esperaba en Estados Unidos, es la única de los 83 desaparecidos que ha recibido algún aviso sobre ellos en estos 17 meses: les dicen que los vieron en Puerto Madero, a unos kilómetros de El Hueyate, y también en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, donde, les aseguraron, Cindy estaba controlada por el crimen organizado. Esta pista se suma a otras de otras familias: una lista con 40 nombres firmada días después de la desaparición, celulares que se localizan meses después “de caerse al mar” cargados de batería en tierra, o el número de un desaparecido utilizado por una persona que se hace pasar por él.
Todas las autoridades federales y estatales consultadas por este periódico afirman que no tienen información, que no saben qué pasó, que nunca habían oído casos así, tan grandes, tan seguidos. Sin embargo, un funcionario con información de Migración reconoce las sospechas de las familias: “En esta frontera, el tráfico de migrantes se convirtió en trata de personas”. Chiapas fue de 2022 a 2024 un territorio cooptado. Un alto cargo ha confirmado a EL PAÍS que decenas de policías fueron puestos directamente por el crimen organizado, que había en el Estado “un vacío de autoridad”, que “el descontrol era total”. En ese año, más de 400.000 migrantes entraron por Chiapas y fueron marcados, secuestrados, ejecutados, desaparecidos. En el mejor caso a la vista de las autoridades, en el peor, trabajando con ellas.

Un megaoperativo reciente en San José El Hueyate acabó con 11 procesados por asociación delictiva, cuatro de ellos eran policías. Una fuente relacionada con el caso confirmó a EL PAÍS que los agentes estaban trabajando para el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG): “Ellos son el grupo que sabemos que está detrás del reclutamiento forzado de personas”. En México no hay información pública de cuántas personas pueden estar esclavizadas por el crimen organizado, pero esa idea es la sombra detrás de las desapariciones; es el miedo y el alivio de las familias: que los tengan “los malos” pero que estén vivos.
Claudia Guerrero, la hermana de Yosselyn, señala, por teléfono desde El Salvador, el cambio de vida que experimentó Kevin tras el supuesto accidente en la lancha que los llevaba: “A los 15 días, lo encontré en Facebook y subía fotos de él en trokas, en una moto, en un carro negro, hasta con un sombrero puesto. Él salía con el teléfono que tenía, con ropa que mi hermana le había comprado antes. Pues si se supone que él todo había perdido en el mar. Eso es mentira. Yo le dije. ‘Dime qué hiciste con mi hermana, ¿la vendiste o qué hiciste?”.
De una a cuatro millas
Quizás alguien cree que se puede caminar por las playas de Chiapas seguidito hasta Oaxaca y no, nada de eso, dicen los que controlan las aguas: aquí hay barras, tramos tan frondosos a los que ni siquiera se puede acceder por tierra, bosques flotantes, esteros y mangle, es un litoral cortado, salvaje, del que es imposible controlar todos sus huecos, reconocen. Hay documentos del Gobierno —a los que ha tenido acceso este periódico— que identifican con precisión que entre las rutas de tráfico de migrantes hacia el norte hay una que se sale de la tierra. Hace una década que es la vía de escape para cuando el camino por carretera está lleno de retenes, del Instituto Nacional de Migración y de la Guardia Nacional. Lo reconocen autoridades, organizaciones y migrantes: no está tan vigilado, pero es mucho más peligroso.
Un aviso: aquí el océano se traga los cuerpos. En la primera milla de costa se revuelven rompimientos y corrientes, son rápidas y traicioneras. Hace solo unas semanas que una familia de bañistas se despistó y se la llevó una corriente, todos se ahogaron, pero solo pudieron recuperar a los dos adultos, fue imposible localizar el cuerpo del niño. Esa furia la conocen bien todos los que trabajan en el mar: pescadores, marinos y también traficantes. También saben cómo golpean los nortes, que la fibra de vidrio de las lanchas se deshace sin dejar rastro, hasta dónde pueden arrimarse los barcos de la Secretaría de la Marina por su calado. Esto deja una franja, que huye de las corrientes y a la que no accede la autoridad, de una a cuatro millas, ese es el margen seguro para el traslado ilegal de personas.

“Eres un huevo podrido”, dice un niñito, “¿quién es el último?”, pregunta otro, “yo soy el huevo podrido”, se ríe el más pequeño. En un video grabado el 21 de octubre de 2024, seis niños corretean en un patio de columnas verdes y techo de palma. Yosselyn los está grabando desde San José El Hueyate antes de salir en lancha, se lo envía a su familia. Ahí en esa grabación aparece Valentina, la hija de Cindy Bueso, lleva la misma ropa que en la imagen que recibió su abuela Teresa Barrera, en Estados Unidos, por parte del coyote para indicar que ya los había entregado.
Los migrantes habían llegado hasta San José El Hueyate por separado, con distintos traficantes, sin conocerse entre ellos. La familia de Cindy rastreó durante meses publicaciones en redes sociales y noticias para encontrar a otras personas que hubieran viajado con ella, llegó a llamar a las embajadas latinoamericanas: “¿Tienen reporte de alguna desaparición el 21 de octubre de 2024 en Chiapas, México?“. En todas, incluida en la de El Salvador, les dijeron que no. Sin embargo, sí la tenían, porque la familia de Yosselyn había interpuesto ahí su denuncia. Así, todavía ahora hay figuras de esa misma fecha que siguen sin rostro, sin nombre: una mujer peruana, a la que mencionaron tanto Yosselyn como Cindy, porque era ”bien amable" (“nos da café y pan”, contó la salvadoreña) o los cinco niños que aparecen jugando con Valentina.
La espera
Kevin, Yosselyn, Cindy, Daniel, Valentina, los niños y el resto de migrantes salieron después de comer del embarcadero de San José El Hueyate. El lugar está situado en una barra, una especie de laguna restringida que luego se une con el océano. Kevin afirma que ese día iban dos lanchas llenas de personas, que eran por lo menos 40, que eran “lanchas de las grandes”. Cindy le dijo a su madre que ya estaban completos, que eran como 20. Nadie recibió chaleco salvavidas.
“Yo estaba pues preocupado. Porque vamos en el río y antes de entrar al mar están las olas golpeando, sacando para fuera y pues las pasamos, la lancha brincó y brincó, golpe tras golpe. Uno se golpea. Y ya despacio se fue acomodando la lancha, ya todos tranquilos y pues ahí empezó todo”, relata Kevin. Navegaron durante toda la tarde hasta que se hizo de noche y se detuvieron. Alrededor solo se veía agua. Debían esperar a otra lancha. “No nos explicaron por qué la iban a esperar, gasolina sí tenía. No sé si es porque salió tarde o si el que iba manejando en la lancha de nosotros no sabía el camino o no sé por qué, pero pues pasamos un día esperando la lancha, sin comer, sin tomar agua, todos bien mal, vomitando”, relata.

Al narrarle esta situación, una fuente federal propone tres opciones de esta espera: había vigilancia de alguna autoridad y estaban esperando a que se fuera, faltaba combustible, o la “diversificación”. “Puede ser que de esa lancha los canalicen a otras, que si ya cobraron el viaje dirijan esa fuerza laboral. Quizás tenían algún trato y no llegó”, considera en referencia al trabajo forzado que utilizan los grupos del crimen organizado. Los encuentros en el mar son habituales en el tráfico ilegal, especialmente de drogas, donde los barcos navegan de 60 a 200 millas océano adentro y necesitan de otros que los vayan surtiendo de combustible por el camino.
“Todos estábamos mal, bien mareados, con dolor cabeza, con el sol y con la noche, pero de ahí al día arrancó la lancha”, continúa Kevin. El joven salvadoreño dice acordarse de lo que provocó el accidente, pero no lo contesta. A la pregunta de qué pasó después, cuelga el teléfono. Cambia de número. Se vuelve ilocalizable.
La búsqueda de Yosselyn
Claudia Guerrero siempre tuvo acceso a la cuenta de Google de su hermana, por lo que podía ir vigilando sus movimientos. En la noche del 21 de octubre trató de rastrear el teléfono, pero ya no le marcaba ubicación. Al día siguiente, temprano, vio que Yosselyn todavía no recibía los mensajes y se empezó a preocupar. Habló con la familia de Kevin porque ellos conocían a las personas que los estaba llevando. “Ya cruzaron tierra firme, ya se van a comunicar con ustedes”, le dijeron y le enviaron una supuesta foto de ellos en una especie de aparcamiento, pero ahí no aparece Yosselyn.
A las dos de la tarde recibió otra llamada, por parte del esposo de la hermana de Kevin: “Lo que le tengo que decir no sé ni cómo decírselo, la lancha dio vuelta y a su hermana no la encontraron. Kevin está mal, todo perdieron, teléfono, la mochila... el agua se la llevó. Te voy a dejar el número del coyote, pregúntale mejor a él”.
—Yo no le dije nada, me quedé muda, le corté la llamada. Sentí que se estaba deshaciendo.
El coyote le mandó un audio: “Tuvimos un percance, la lancha dio vuelta, todos cayeron al agua, eran como 15, se perdieron hasta niños, no hallamos ni los cuerpecitos, no hallamos ni el cuerpecito de su hermana”.
—¿Usted la vio? Yo no he visto la noticia, cuando pasan cosas así todo publican en las redes, es bastante gente, el mar todo regresa. Yo creo que ustedes algo se traen y no quieren decirme. ¿En qué lugar fue? ¿En qué playa?
El coyote no respondió más, la bloqueó. Desde entonces, Claudia insistió a diario con la familia de Kevin. La madre de él, que vivía en El Congo, Santa Ana, igual que ellos y a quien le habían pagado los 1.500 dólares del viaje de Tapachula a Ciudad de México, dejó su casa y se mudó de ciudad a los tres días del accidente. “Fuimos a la Fiscalía de Santa Ana a poner una demanda contra ellos, pero nos dijeron que no podían hacer nada, porque no teníamos pruebas, que el dinero se lo dimos voluntariamente”, narra Claudia, que consiguió hablar con Kevin muchos meses después. Él le contó que fue un accidente, que trató de salvar a Yosselyn pero que no pudo. Su hermana nunca se lo creyó. “Dios todo lo sabe”, le dijo; “Dios todo lo sabe”, dice ahora.

“Él maltrataba a mi hermana. La vigilaba, le pegaba, le quitaba el dinero que le pagaban del trabajo, la dejaba sin dinero y le agarraba toda la ropa y se la tiraba a los charcos de lodo, no la dejaba ni salir. Ella me comenzó a contar todo eso, porque quizás estaba desesperada, porque ella ya no quería estar con él: ‘Si vieras todo lo que me hace’”, relata Guerrero, que dice con pesar también cómo su hermana lo perdonaba cada vez que él le prometía que iba a cambiar, le decía que la amaba, le pedía perdón. “Alguien que te quiere te cuida, no te va a maltratar, aquí tenías quien te defendiera, ahí estás sola, se está aprovechando de vos”, recuerda la mujer salvadoreña: “Nunca me quiso hacer caso”.
Yosselyn había renunciado en agosto de 2024 a su trabajo en una maquiladora en El Salvador. Siguió a Kevin, cree su hermana, porque estaba “bien enamorada”. Ese octubre, ya estaba harta, cansada de dormir en el suelo, de usar su ropa de almohada, le dolía el cuerpo. Aceptó al coyote de Kevin. Se lanzó al mar. Su familia la busca, todavía, cada día. Como a ella, a otros 82 migrantes, que se montaron en una lancha y no volvieron a hablar más.







































