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EL PAÍS entrega en el Vaticano un informe con 24 acusados de pederastia en la Iglesia en América

Más de la mitad de los casos se sitúan en Colombia y el resto, en Argentina, Bolivia, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, México y Venezuela

Nadja Fernández, que denuncia abusos sexuales cuando era alumna del colegio Ignacio L. Vallarta, en Ciudad de México, posa este viernes en Naucalpan de Juárez, Estado de México.Rodrigo Oropeza

EL PAÍS puso en marcha en 2018 una investigación de la pederastia en la Iglesia española y tiene una base de datos actualizada con todos los casos conocidos. Si conoce algún caso que no haya visto la luz, nos puede escribir a: abusos@elpais.es Si es un caso en América Latina, la dirección es: abusosamerica@elpais.es

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La investigación que EL PAÍS ha emprendido en los últimos años sobre la pederastia del clero en América, en la que ha publicado ya decenas de casos, prosigue con la entrega en el Vaticano de un informe con 21 testimonios que acusan a un total de 24 sacerdotes, religiosos y laicos de ocho países. Colombia acapara más de la mitad de los casos, un total de 13, y el resto se sitúan en Argentina, Bolivia, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, México y Venezuela. Este trabajo, de más de 100 páginas, acompaña al sexto dosier de casos en España que este diario también ha enviado a la Santa Sede, con el que eleva ya a 841 testimonios los reunidos en los últimos cinco años en este país. Ocupan en total más de 1.800 páginas. Este primer informe de casos en América amplía al continente el proyecto de investigación.

EL PAÍS comenzó a elaborar estos dosieres para el Vaticano en 2021 ante la avalancha de testimonios que recibía en su correo electrónico de atención a víctimas, abierto también en América en 2022 (abusosamerica@elpais.es). Lo hizo ante la imposibilidad de publicarlos todos y por la evidencia de que la mayoría de los casos eran encubiertos a nivel local por diócesis y órdenes. De este modo el Dicasterio de Doctrina de la Fe podía tener conocimiento de las denuncias e investigarlas, pues es su obligación cuando recibe cualquier información. En varios casos reunidos en este nuevo informe de América queda demostrado una vez más que muchos casos denunciados no llegan a Roma, pese a que desde 2001 es obligatorio informar de ellos. En muy pocos las víctimas han recibido la atención adecuada o una compensación económica. Al contrario, se les ha ignorado.

Las historias que ahora salen a la luz revelan que en casi toda la Iglesia católica de Latinoamérica aún está todo por hacer, en contraste con el camino ya recorrido en Estados Unidos, Europa y Australia. Solo la Iglesia de Chile ha hecho algo parecido al Informe Ryan de Irlanda o el Informe MHG/Dressing de Alemania, señalan las académicas Veronique Lecaros, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Ana Lourdes Suárez, de la Universidad Católica Argentina, editoras de un libro reciente titulado Abusos eclesiales en América Latina. Una crisis en el corazón del catolicismo. En 2020 se publicó en Chile un informe, elaborado por la Comisión para el Análisis de la Crisis de la Iglesia Católica, que da cuenta de 568 víctimas de abusos sexuales, de las que 320 eran menores de edad, y marca que hubo 225 agresores.

“En Chile hubo una serie de circunstancias que obligaron a que se encarase el problema de una forma más seria”, aseguran las académicas, “pero, en el resto, ningún país ha dado pistas de que vaya a hacer algo similar”. El principal motor fue el propio papa Francisco, que tomó personalmente las riendas en este caso y obligó a dimitir de un plumazo a toda la cúpula de obispos de Chile. Fue una excepción, por empeño personal del pontífice argentino, junto a la investigación y disolución del Sodalicio en Perú.

La investigación de EL PAÍS trata de romper ese muro de silencio. Este nuevo informe de casos en América se oculta la identidad de las personas que han aportado su testimonio, pero este diario la facilitará a las autoridades eclesiásticas si lo solicitan cuando abran una investigación y el interesado da su permiso. Algunos de los acusados no han podido ser identificados, pues quien presta su testimonio no lo recuerda, algo que suele ser frecuente en los casos de pederastia. No obstante, en sus relatos hay detalles que pueden permitir a la Iglesia la identificación.

México: abusos en la confesión en un colegio

Es el caso de Nadja Fernández, exalumna del Colegio Ignacio L. Vallarta de la zona metropolitana de Ciudad de México, perteneciente a la Congregación de las Hijas del Espíritu Santo, cuando el centro escolar estaba en Lomas de Chapultepec. Relata que sufrió abusos entre 1997 y 1998, cuando tenía ocho años, a manos de un sacerdote del que no recuerda el nombre.

“Era un colegio de niñas, en una zona donde se respiraba exclusividad y poder, y las que no cumplíamos con esos estándares éramos humilladas por compañeras, maestras y monjas”, dice Fernández. Una de las rutinas en el colegio eran las confesiones. Las monjas entraban en las aulas y, si no había voluntarias, escogían una. En lugar de un confesionario clásico, con una celosía separando al sacerdote y el penitente, describe “un cubículo reducido, de dos por dos metros, con dos sillas frente a frente”.

Recuerda que el padre era alto, rubio y con un marcado acento argentino, y que al principio le hacía preguntas personales, como qué veía en la televisión, cuál era su mayor miedo o dónde estaban sus afectos. “Después de una o dos confesiones, fue entonces cuando ocurrió la primera violación. No grité ni lloré, porque realmente no entendía lo que estaba pasando, pero sentí miedo y vergüenza, y sabía que algo estaba mal. Al terminar, se acomodó la sotana y me dijo: ‘Si dices algo, tu papá se muere”. Ella le había dicho que su padre era la persona que más quería en el mundo. Nunca se atrevió a contárselo a nadie.

“A partir de ese momento, la mayoría de las veces que me enviaban con él, los abusos se repetían: aprovechaba ese espacio reducido para tocarme, hacerme preguntas vulgares sobre mi cuerpo y obligarme a tocarlo”, dice. “Los abusos duraron dos años, hasta que cumplí diez. Un día, al verme entrar, me dijo que esa sería la despedida, porque ya estaba ‘muy grande’ para él”, añade. Fernández ve que estos abusos le llevaron a desarrollar trastornos alimentarios “para dejar de parecerle atractiva”.

Años después, durante una sesión de terapia, los recuerdos le volvieron “de golpe”. Lo contó a su familia y su hermana gemela, que había estudiado con ella, le dijo que también fue víctima. Fernández cree que “las autoridades del colegio sabían lo que ocurría” y está dispuesta a identificar al agresor si aparecen fotografías o videos de la época. “No busco venganza”, concluye, “sino que quede constancia de que en ese cubículo de dos por dos, un sacerdote usó la confesión como pretexto para abusar de mí cuando tenía ocho años”.

Para las académicas Veronique Lecaros y Ana Lourdes Suárez, los casos de la Iglesia latinoamericana tienen puntos en común con el resto de países, pero también características de un contexto “socio-eclesiástico” propio. “Como en otras partes del mundo, las nuevas comunidades que se han formado en torno a liderazgos muy fuertes, con una membresía de obediencia ciega y un control de grupo cerrado, suelen terminar en abuso de poder y sexual”, dicen en una entrevista conjunta. Citan los casos de los Legionarios de Cristo en México, del Sodalicio de Vida Cristiana en Perú, los Heraldos del Evangelio en Brasil, el grupo en torno a Fernando Karadima en Chile, los Discípulos de San Juan Bautista en Argentina y la Comunidad de Jerusalén en Uruguay. “Tienen en común que los fundadores fueron denunciados por abuso sexual”, afirman. En el informe de EL PAÍS se incluye un extenso testimonio de un exmiembro de Heraldos del Evangelio que relata casos de abusos en distintos países.

Además de estas comunidades, muchas veces vinculadas con grupos de poder y extrema derecha, hay otro contexto para los abusos en parroquias en situaciones marginales. “Ahí, cuando ocurren, como el cura es básicamente un cacique con mucho poder sobre la población local, las víctimas no se atreven a denunciar ya que no tienen el suficiente capital social”, reflexionan. Ponen como ejemplo el caso del jesuita Alfonso Pedrajas en Bolivia, revelado por EL PAÍS en 2023. El escándalo salió a la luz porque el abusador había dejado un diario personal donde enlistaba sus abusos a cerca de 85 menores de un internado. “Esos chicos jamás hubieran denunciado, ya que no entraba en su mente”, explican. Otros contextos donde han detectado estos abusos es dentro de los seminarios y las casas de formación, así como las parroquias o los contextos escolares.

Argentina: 15 denuncias en un grupo scout de Buenos Aires

En Argentina hay un caso paradigmático en los boy scouts de la Parroquia Nuestra Señora de Luján, en Longchamps, al sur de Buenos Aires. Nicolás Sisman entró en el grupo siendo un niño a mitad de los años ochenta. Allí conoció a la quincena de jóvenes que, décadas después, siguen siendo sus íntimos amigos. Dado que algunos no viven en Argentina —Ángel vive en España; Sebastián, en Colombia— aprovecharon la pandemia para retomar el contacto a través de WhatsApp. La idea era la de siempre, hablar. Pero cuando se habló de invitar al que había sido su monitor entre los 14 y los 18 años en aquel grupo de scouts, rompieron también un trauma común y callado durante décadas.

El grupo de WhatsApp se llama, todavía hoy, “Supervivientes”. Sobrevivieron a los presuntos abusos de Omar Esposito, a quienes los 15 amigos —uno ha fallecido—acabaron denunciando ante la justicia argentina con un relato sobrecogedor de aquellos años en silencio. “El secretismo es parte de los scouts. Cuando Omar decía: lo que se habla acá, muere acá, vos te ibas creyendo que formaba parte de la mística scout, no que fuera parte del modus operandi de un depravado”, cuenta Sisman a EL PAÍS. Esposito no ha respondido a los mensajes de este diario.

El modus operandi obligaba a masturbarse en grupo, ponerse el condón —la educación sobre profilaxis era una de las excusas— y luego mostrárselo a él, el monitor jefe, para que pudiera comprobar cuánto habían eyaculado. En los campamentos, pero también en su propia casa, no lejos de la parroquia, sobre la cama matrimonial. Otra de sus frases era: “Lo que no entra en la cabeza, entra por el culo”, recuerda Sisman. Un juez argentino elevó el caso a Juicio por la Verdad, una vía procesal parecida a la que se siguió en su día contra los crímenes de la dictadura. Pero está en suspenso porque el tribunal encargado de juzgar los hechos se ha negado, alegando que están prescritos. Ellos han denunciado al tribunal por incumplir su deber.

La propia diócesis de Lomas de Zamora, de la que dependen la parroquia de Longchamps y el grupo scout, asumió los hechos en una reunión con los denunciantes y a través de un acta a la que ha tenido acceso EL PAÍS. “Los representantes del Equipo Diocesano manifiestan que creen a las víctimas en relación a los hechos denunciados” —se lee en ese acta— “y ofrecen a los damnificados un acompañamiento espiritual y psicológico [como] víctimas de delitos de abuso sexual”. “También se comprometen a continuar con la difusión de lo sucedido entre los años 1980 y 1999, a los fines de tomar conocimiento de la existencia de otras víctimas del imputado”, concluye.

La reunión tuvo lugar en la sede del obispado de Lomas de Zamora y asistieron, entre otros, Héctor Eduardo Laffeuillade, párroco y responsable del equipo multidisciplinar de atención a las víctimas de delitos sexuales de la diócesis. “Lo primero que le dijimos es que creíamos en ellos, y les pedimos perdón en nombre de la iglesia. Ellos estaban obligados por el silencio que este hombre les imponía, que es una constante en este tipo de abusos”, asume Laffeuillade en conversación telefónica con este diario.

El catequista fue apartado inmediatamente de toda función en el entorno eclesiástico. Sin embargo, el equipo multidisciplinar acabó dimitiendo porque los responsables eclesiásticos no dieron curso a la denuncia. “Sí, eso dijeron algunos [miembros del equipo]”, admite el propio Laffeuillade, que aún así reitera el apoyo a los denunciantes. Con todo, las víctimas no han recibido ninguna compensación.

“Yo no puedo entender cómo tenía tanto poder sobre nosotros”, cuenta por teléfono Ángel Maximiliano Queirolo, otro de los denunciantes, que actualmente reside en España. “Yo nunca jamás lo hablé con nadie. Estamos hablando que dentro de la denuncia hay, por ejemplo, unos amigos que son tres hermanos, abusó de los tres, y ninguno de los tres nunca habló del tema entre ellos. Incluso uno de ellos, el mayor, primero se presentó la denuncia, y luego se bajó de la denuncia, no sabemos por qué y nunca había una explicación”, añade Queirolo. “Poder hablar y denunciar fue de alguna manera poder empezar a vivir”, dice Diego Bacarat, bibliotecario y otro de los amigos denunciantes. “Siento que estuve muerto en vida 30 años”, añade.

Lecaros y Suárez indican que a diferencia del “norte global”, donde el poder sagrado del sacerdote ocurre durante los sacramentos, en América Latina su magia se manifiesta más allá que durante la eucaristía o la extrema unción. “Hay un ambiente encantado, donde al eclesiástico se le pide, por ejemplo, bendecir casi cualquier cosa, volviéndose un personaje que puede aportar cambios sustanciales y acercar más a Dios a las personas, que combinado con que muchas veces son agentes de mediación con el Estado y sus ayudas, les da poder dentro de la religiosidad popular”, explican.

El Salvador: los salesianos admiten abusos en un instituto en los ochenta

En El Salvador el informe de este periódico recoge tres testimonios que relatan abusos entre 1979 y 1985 en el Instituto Técnico Ricaldone, en la capital del país, San Salvador. Acusan al salesiano Giuseppe Corò, y esta congregación, consultada sobre el caso, admite que lo apartó en 2007 ante sospechas de abusos y lo envió a Roma, donde, afirma la orden, no volvió a tener contacto con menores. Luego, en 2019, dos denuncias acabaron con una condena canónica. Quienes las presentaron son dos de las personas que han hablado con este diario, José Napoleón Lemus Guzmán y Patrick Castro Salazar. La edad de las víctimas fue de entre 14 y 17 años y sus relatos describen un modus operandi: acercarse a estudiantes con dificultades lectivas y ofrecerles la solución a sus problemas a cambio de acercamientos carnales.

“Yo fui víctima del abuso de Giuseppe Corò cuando él era director y yo estudiaba en el colegio”, afirma Lemus Guzmán, que hoy ya supera los 55 años. “Yo sufro de dislexia y lo pasaba mal por las clases, el padre se acercaba a todos los que tenían problemas y me dijo que lo fuera a buscar después de clase a su despacho”, explica. “Llegué, toqué la puerta y se abrió al instante. Él estaba esperando en el marco. Agarró mi mano, me arrastró dentro de la oficina, y ahí mismo me comenzó a besar y tocar de arriba a abajo. Me tumbó en el piso, se iba a quitar el pantalón y yo me puse a llorar”, describe Lemus. “Ahí paró y me dijo, todo tranquilo, como si fuera natural: ‘Esto quiero que suceda una vez al mes por lo mínimo y yo te garantizo que vas a graduarte; quiero que lo disfrutes y participes’”, recuerda.

Un relato prácticamente análogo cuenta Reynaldo Cortés Figueroa, de 60 años. “Yo tenía problemas en el colegio y él me citó a las seis de la tarde en su oficina”, comienza Cortés. Recuerda que Corò cerró las persianas, le agarró de las manos, y le dijo que iban a rezar para que la Virgen los guiara. “De repente siento la respiración de él como si se estuviera excitando y acercó sus labios a los míos, pero yo lo aventé con fuerza, me echó del despacho y al día siguiente me expulsaron”, relata.

Cortés era amigo de su compañero Patrick Castro Salazar, de 61 años. En su caso sufrió abusos en varias ocasiones, entre 1979 y 1982. También tenía problemas en los estudios. Ayudaba en tareas extraescolares como la preparación del anuario del instituto y eso hacía que pasara tiempo a solas con Corò, que entonces tenía unos 40 años. “Cuando yo le contaba mis penas, él me abrazaba; llegaba un momento que su pene se ponía rígido y yo lo sentía”, explica. “En varias ocasiones él trató de besarme y en más de una ocasión terminamos en el suelo, en el piso”. Tiempo después descubrió que un familiar suyo también había sufrido abusos por parte del religioso.

Según la información aportada por los salesianos, Corò pasó por Guatemala en 1964 antes de ordenarse. Luego estuvo en El Salvador hasta 1990, año en que regresó a Roma. Luego vivió en Costa Rica entre 1994 y 1997. Tras un nuevo retorno a la capital italiana, después permaneció en Saltillo, México, entre 2002 y 2007, hasta que surgieron allí las primeras sospechas de abusos y volvió definitivamente a Italia.

Curas españoles acusados de abusos enviados a Latinoamérica

En el sexto informe de casos de España elaborado por EL PAÍS, entregado simultáneamente con el de América, también hay clérigos españoles acusados de abusos que fueron trasladados a Latinoamérica. En un caso, el del sacerdote J. G. Z., adscrito a la diócesis española de Santander, es acusado de agresión a un menor en Cuba, en la localidad de Sancti Spíritus, diócesis de Santa Clara, entre 1996 y 1998.

En los jesuitas hay otros dos casos. El primero es J. A. S., acusado en el colegio de Sarrià, en Barcelona, y que según el relato de un exalumno fue enviado a Ecuador tras la protesta del padre de otro menor. A la orden no le consta que una denuncia fuera la razón del traslado, pero confirma que este jesuita permaneció de 1958 a 1968 en el país sudamericano: en Quito, Guayaquil y Portoviejo.

Otro jesuita del mismo colegio es el padre J. A. M. E., contra quien hay una acusación de un exalumno entre 1966 y 1967. La Compañía admite que hubo dos quejas contra él en 2012 en una colonia de verano que organizó en Bolivia, país donde había vivido entre 1991 y 1992. Le acusaron dos chicas que viajaron allí como voluntarias, y a raíz de ello fue apartado del contacto con menores como medida cautelar.

Un cuarto testimonio señala a un cura de Linares, provincia de Jaén, J. F. J., al que acusa de abusos entre 1967 y 1969. Según esta persona, tras denunciarlo su padre en el obispado, el sacerdote fue enviado a Centroamérica.

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