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Bolivia, la cenicienta de Sudamérica que anhela volver a un Mundial tras más de 30 años

Un cambio en la dirección técnica, una fortaleza local a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar y un recambio generacional han permitido a La Verde meterse a la lucha por el repechaje en Monterrey

Jugadores de la selección de Bolivia en Tokyo, en noviembre de 2025.Koji Watanabe (Getty Images)

Bolivia inició su camino a la Copa del Mundo de la peor manera: cuatro partidos, cuatro derrotas. El panorama no era el más alentador. Ceder seis puntos en tu territorio en una eliminatoria tan competitiva como la de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), en la que grandes conjuntos como Brasil, Argentina, Colombia o Uruguay compiten, es como dispararse en el pie. Especialmente si de local juegas a 3.600 metros sobre el nivel del mar. A pesar de las eternas críticas y quejas de otros equipos, Maradona, un defensor de la altura, ya lo repitió en 2008: “Se juega donde se vive”. Aun con esa ventaja, el equipo de fútbol andino-amazónico ha estado a la deriva desde 1997, cuando alcanzó su último reconocimiento a nivel de selecciones al obtener el subcampeonato de la Copa América tras perder la final ante la canarinha de Ronaldo, Romario y compañía. Sin embargo, La Verde revivió de sus cenizas y, tras 32 años sin clasificar a un Mundial, aspira a volver a la máxima competición que se realizará en México, Estados Unidos y Canadá.

A Bolivia le costó encontrar su camino en las eliminatorias. No ayudó que entre el 8 de septiembre de 2023 y el 18 de julio de 2024, ninguno de sus dos técnicos, primero el argentino Gustavo Costas y después el brasilero Antônio Carlos Zago, diera con la tecla para enderezar a La Verde. Cinco derrotas y una victoria fue el saldo que ambos cosecharon en la primera vuelta. El seleccionado boliviano ocupaba la novena posición y pensar en lograr un séptimo lugar que les concedería un acceso al repechaje era un sueño imposible. El último Mundial al que accedieron de forma directa y por méritos propios fue el de 1994, que se realizó en EE UU. Anteriormente, participó en dos versiones de la Copa del Mundo, en Uruguay en 1930 y en Brasil en 1950, pero en ambas como invitado.

Lejos quedó esa “generación de oro” que logró el hito en 1993 de la mano del vasco Xavier El Bigotón Azkargorta. Sin fe (todavía), pero con un cambio de timón que llegó de la mano del nuevo técnico boliviano, Óscar Villegas, que propuso una combinación de decisiones estratégicas, cambios en la gestión deportiva y un rendimiento sólido en la última etapa de las eliminatorias sudamericanas, Bolivia experimentó un cambio real. Como primera medida, La Verde volvió a hacer de su recinto una fortaleza. Elevó la apuesta y cambió su sede del Estadio Hernando Siles, en La Paz –la sede de Gobierno–, al Estadio de Villa Ingenio, en El Alto, una urbe situada a 4.150 metros sobre el nivel del mar.

Su primera víctima fue Venezuela, que cayó por un abultado 4 a 0 en este nuevo ciclo en Villa Ingenio. Posteriormente, una victoria contra Colombia por la mínima (1-0) y dos empates contra Paraguay y Uruguay de local le permitieron subir al octavo lugar de la tabla para la fecha 14 y pelear por ese ansiado puesto para el repechaje. La contienda, con el cuchillo entre los dientes, fue contra Perú y la Vinotinto que, a pesar de haberse desinflado tras haber iniciado de la mejor manera, lucharía hasta el final.

Asimismo, Villegas dio una renovación generacional en el equipo, incorporando a jóvenes talentos, como Miguel Terceros, formado en su país, pero forjado desde sus 14 años en las divisiones inferiores del Santos, de Brasil, donde ahora, a sus 21, comparte vestuario junto a Neymar Jr. El recambio generacional, necesario en el plantel, permitió que La Verde lograra una hazaña como ganarle a Chile, su rival histórico, tanto de local como de visitante, cortando así una racha negativa que le perseguía desde 1993, último año en el que consiguió un triunfo fuera de casa.

El aumento de cupos para la Conmebol (seis clasificados directos y uno al repechaje) amplió las posibilidades de Bolivia, que le ganó la pulseada a Venezuela en la última fecha, cuando aseguró el séptimo lugar con 20 puntos al vencer por la mínima a Brasil en El Alto (1-0). Más de tres décadas después, La Verde ha vuelto a ilusionar a su afición.

Dos obstáculos le quedan para aspirar a retornar al máximo torneo de selecciones de balompié del mundo. El primero será Surinam, este 26 de marzo en Monterrey. Si logra vencer al cuadro caribeño que representa a la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol, Irak aguarda el 31 de marzo por el último boleto que le dará acceso a uno de estos tres equipos al Grupo I, donde Francia, Noruega y Senegal ya tienen su lugar asegurado.

Sin su búnker en los cielos alteños, pero con una nueva generación de futbolistas que añoran el sueño mundialista, Bolivia, la cenicienta de Sudamérica, espera finalizar su cuento de hadas que se forjó inesperadamente y le permitiría retornar al territorio donde ya hizo historia en 1994. Para así poder librarse de la mítica frase que acuñó Alfredo Di Stéfano y que ha perseguido a La Verde por más de tres décadas: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

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