El peso de ser sede de Mundial: México no es lugar más inseguro donde se ha celebrado el campeonato
La historia del fútbol muestra que otros países anfitriones han enfrentado la presión de proyectar una buena imagen y que la Copa del Mundo ha aterrizado antes en lugares con mayores niveles de inseguridad


El papel de México como sede mundialista quedó manchado hace casi un mes, cuando un operativo para detener al narcotraficante más buscado instaló el terror durante horas en el país. Hacia adentro, el hecho fue violento; hacia afuera, se proyectó peor. Una vez abatido Nemesio El Mencho Oseguera y apaciguada la respuesta del Cartel Jalisco Nueva Generación, las autoridades mexicanas lanzaron un mensaje de calma y aseguraron el regreso a la normalidad. El anuncio, sin embargo, no fue suficiente y la inquietud de las federaciones que jugarán en territorio mexicano llegó como un trago amargo tanto para la sede como para la FIFA. Pero no es el primer anfitrión que enfrenta la presión de proyectar una buena imagen, ni tampoco es, según las cifras, el lugar más inseguro donde se haya jugado un Mundial.
La recta final rumbo al evento deportivo más visto del planeta suele ser un terreno fértil para las controversias. Es cuando el foco pone más atención a los retrasos en obras, las denuncias por violaciones a derechos humanos o los intentos de boicot. Sudáfrica cargó con acusaciones de sacrificios animales como parte de rituales en los estadios; Brasil enfrentó desalojos masivos en zonas urbanas y Qatar quedó bajo la lupa por la muerte de trabajadores migrantes durante la construcción de los recintos. En este y todos los casos, la seguridad es uno de los ejes de mayor inversión en eventos masivos como la Copa del Mundo o los Juegos Olímpicos.
Hace 16 años, Sudáfrica hizo historia al convertirse en el primer país africano en albergar un Mundial. La apuesta era un desafío no solo en organización, sino en un intento de reposicionamiento global. Sin embargo, la violencia era una preocupación, pues el país (56 millones de habitantes en ese entonces) registraba alrededor de 50 homicidios diarios en 2010. Aun así, el torneo se llevó a cabo sin incidentes graves para los aficionados, gracias a un despliegue de 55.000 policías y una estrategia de seguridad intensiva que blindó las zonas mundialistas.
Brasil, en 2014, tenía un escenario aún más complejo. Ese año se registraron más de 58.000 muertes violentas, un promedio cercano a los 160 asesinatos diarios, en un país con más de 200 millones de habitantes. La violencia armada fue predominante —el 76% de los homicidios se cometían con armas de fuego— y, sin embargo, el Mundial transcurrió con relativa normalidad en los circuitos controlados por el Estado, contenidos por 155.000 policías, el triple de agentes que en la edición anterior. La brecha entre la realidad del país del día a día y el país mundialista volvió a hacerse evidente.
Rusia, en 2018, llegó con una narrativa distinta por una tendencia sostenida a la baja en homicidios. Ese año registró un total de 11.964 casos, alrededor de 32 al día, lo que supuso una baja importante respecto al año anterior. Con una población de más de 140 millones de personas, el Mundial funcionó como un escaparate de ese descenso y reforzó la idea de un país capaz de garantizar seguridad en espacios altamente vigilados. Otro extremo fue Qatar en 2022. Con una tasa de homicidios cercana a cero, el país proyectó una imagen de seguridad absoluta. Aunque esa tranquilidad vino acompañada de otro tipo de críticas como el control social, las restricciones a libertades individuales y las condiciones laborales de los trabajadores que hicieron posible el evento.
México llega a 2026 en un punto intermedio. Las cifras recientes muestran una reducción importante en los homicidios dolosos solo en el último año: 42% menos desde septiembre de 2024 a enero de este 2026, lo que se traduce en 36 homicidios dolosos menos por cada día, cerrando como el año con menos asesinatos de la última década.
Además, desde el episodio del Mencho, el país se ha volcado en demostrar que tiene la capacidad logística y operativa para recibir el torneo. Pero el Mundial no solo se juega en la cancha, sino que se disputa en la narrativa internacional y México intenta corregir esa percepción deteriorada en tiempo récord. El golpe de realidad también fue recibido por la FIFA, que en el último mes ha presumido de un trabajo coordinado con México y ha lanzado mensajes de confianza hacia la presidenta Claudia Sheinbaum y las fuerzas de seguridad.
Con la batuta en manos del secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, México presentó el llamado Plan Kukulkán que contempla el despliegue de 100.000 agentes de policía y del Ejército, así como el uso de aeronaves, sistemas antidrones y anillos de seguridad para resguardar estadios, hoteles, aeropuertos y zonas de aficionados en las tres ciudades sede. Se trata de un dispositivo comparable e incluso superior al de ediciones anteriores.
Los esfuerzos de México por limpiar su imagen son claros, aunque todavía insuficientes para disipar la percepción de inseguridad que se ha consolidado dentro y fuera del país. Importan tanto el número de homicidios, como de desaparecidos y la abrumadora presencia de los grupos criminales, más evidente a los ojos internacionales por ser subrayados como terroristas desde Estados Unidos. Sin embargo, la experiencia de otros mundiales muestra que la seguridad del evento puede aislarse del contexto nacional, al crear burbujas altamente controladas que funcionan de cara al exterior.
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