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Élmer Mendoza: “La situación en Sinaloa no es para estar tristes, desesperanzados”

Pendiente de la inseguridad en su Estado natal, el escritor presenta ‘La sirena y el jubilado’, una obra de política y suspense situada en Culiacán, que coloca a una candidata a diputada de protagonista, frente a todas las violencias del hombre

Élmer Mendoza en Ciudad de México, el 2 de febrero.Emiliano Molina

Hace cinco años, Élmer Mendoza no daba un peso por Claudia Sheinbaum. “No le veo estatura política”, decía en una entrevista con este mismo diario, “creo que los problemas se la han comido”. Sentado en la mesa del presente, Mendoza (Culiacán, 1949) se ríe. Entonces jefa de Gobierno de la capital, la actual presidenta de México vivió momentos complicados mediado su mandato, sobre todo por la inseguridad. Pero sobrevivió. Luego ganó la interna de Morena, llegó a las elecciones y el resto es historia. “¿Sabes qué? Yo voté por ella”, dice, divertido, el escritor, “porque es mujer, científica, y porque los otros candidatos… Jajaja, ay, Dios. Ella es universitaria, de la UNAM, como yo. Dije, ‘si alguien puede hacer algo, es ella".

Ese espíritu de esperanza alimenta el nuevo libro del autor sinaloense, La sirena y el jubilado (Alfaguara, 2026), que abandona por un rato al Zurdo Mendieta, su atormentado y enternecedor detective, y se centra en el juego político, con su violencia, sus intrigas y sus caudillos, y unas dosis altísimas de machismo, reflejo del escenario nacional. Paisaje lejano en las novelas de Mendieta, centradas en ese mundo cruel de la corrupción y el narcotráfico local, tan presente en estos meses de guerra entre facciones del Cartel de Sinaloa, Mendoza destripa aquí la política con su habitual estilo, ese torrente de oralidad y coloquialismos de la región, que le lanzó al estrellato literario hace ya un cuarto de siglo.

La protagonista de su nuevo libro es una mujer, Carmen Larrañaga, serrana, valiente, independiente, víctima de varias violencias, siempre a manos de hombres, en diferentes circunstancias. De actor secundario coloca a un guardia de seguridad de museo jubilado, cuyo gran éxito en la vida –matrimonio aparte– fue torear a un gobernador, que una noche de borrachera le regaló un Miró a un amigo, situación que el guardia descubrió y rentabilizó. Regalo mediante del gobernador, el jubilado se retira. Por lo menos hasta que Carmen Larrañaga irrumpe en su vida.

Pregunta. La protagonista de su nueva novela es una mujer, política, candidata independiente, víctima… Es un cambio bastante importante respecto a los personajes que ha manejado antes.

Respuesta. La idea era escribir sobre una mujer de este tiempo, de treinta y pocos, sobre todo inteligente, que confiase más en su inteligencia que en su belleza. Esa era la base. Ahí donde yo vivo, las mujeres con esas características son las mujeres de la montaña, las serranas. Pero además necesitaba que su historia fuese fuerte, el principio, para poder sacarla de allí, con la idea de superarse, de vencer, de no ajustarse a lo que los otros se esperaban de ella.

P. Los politicos masculinos que aparecen, Camarena, Vega Fernández, Barragán, el líder del partido, que por cierto recuerda a López Obrador…

R. Jajaja.

P. Bueno, hay una crítica sutil, aunque contundente, a la forma tradicional de la política, tan masculina.

R. La política ha sido masculina desde Pericles. Y aquí en México, igual. La modernidad es la ruptura de ese esquema. Nosotros tenemos ahora una presidenta, y antes hubo algunos países que la tuvieron, presidentas exitosas… En fin, mi Carmen Larrañaga está en un ámbito absolutamente masculino. La política aquí es muy hipócrita, como el engaño continuo, la sonrisa estudiada. Pero el fondo se les complica a los políticos. Y quería que Carmen fuera lo contrario, transparente, real. E irse de independientes es la unica solucion.

P. Hablando de lo que menciona, eso de que la política es hipócrita, un personaje, Vega Fernández, dice, parafraseando a Lampedusa: “La política es dejar hacer, dejar pasar, y que todo cambie para que nada cambie”.

R. Jaja, sí. ¿Sabes qué? Cuando mi generacion leyó El Gatopardo, se nos quedó mucho eso que dice el sobrino del conde, que todo cambie para que nada lo haga. No sé si los políticos, para empezar, han leído a Lampedusa.

P. Por lo menos ha permeado.

R. Eso sí. Es un principio importante en el tipo de política que se da en el mundo. Que alguien llega al poder y, pues, ya solo lo quiere tener, propone cambios, pero todo sigue igual.

P. Quería preguntar por Culiacán, ¿cómo está? El último año y medio ha sido complicado.

R. Bastante fuerte… Soy un hombre maduro y, como tal, no tengo una visión épica del asunto.

P. ¿A qué se refiere?

R. Pues que no veo yo eso de que hay que hacerles la guerra, de que hay que matarlos a todos, no lo pienso así. Tampoco pienso que dé para estar tristes, desesperanzados. Nosotros los culichis hemos pasado muchas pruebas, es una ciudad muy vieja, Culiacán, con mucha riqueza, tenemos 11 ríos, una agricultura fuerte. Sufrimos la pandemia, que externó muchas debilidades en todo el mundo. Y después, muchos de nuestros conocidos se enfermaron y fallecieron. Les salieron cánceres, enfermedades inesperadas. En mi familia fuimos quedando… Luego, cuando viene este tema ya de la miniguerra.

P. ¡Mini!

R. Sí, guerra es la de Medio Oriente. Pero bueno, llega esto y qué haces, te resguardas. Y piensas, ‘pero ¿qué está pasando?’. Dos bandas se están peleando... De acuerdo con Leonardo Sciascia, cuando los mayores [del narco] se van, los herederos jóvenes son muy salvajes y lo que hacen es enfrentarse. Y eso es lo que explica la situación, para mí, con la población en medio. Pasó primero en pueblos, obligaron a la gente a salirse y se iba a las ciudades. Pero después las ciudades se volvieron violentas, primero en las periferias, pero luego también en el centro. Roban vehículos, levantan jóvenes y los convierten en sicarios… Primero es desconcierto; después es la pregunta, ¿qué podemos hacer? Porque somos gente pacífica, no tenemos con qué, o cómo.

P. ¿Estuvo al tanto del episodio que inició esta ola de violencia, la captura del Mayo Zambada, la reunión a la que él acudió en Culiacán, donde le emboscaron? Él pensaba que el gobernador, Rubén Rocha, estaría allí, que iba a resolver un entuerto con otro cuadro político local, Héctor Cuen, que, por cierto, luego apareció muerto en una gasolinera… Da para tres novelas ese asunto.

R. Pues… Estoy en eso, así que tendremos que hablar de eso después, jaja. No, es interesante eso. Lo es.

P. ¿Qué es lo que le interesa de todo ese asunto? Sin destapar su trabajo…

R. Pues el misterio en relación a los hechos, porque nadie sabe la verdad. Y luego el mecanismo, por qué pasó de esa manera, quién lo decidió, por qué fue todo tan burdo, tan tonto. ¡Parecía que habían leído mis novelas! Jaja… Es que ahí hay algo muy humano, porque el error es humano. He tratado de descubrir lo que hay detrás, pero todavía no es tiempo de investigar, porque cuando he tratado de investigar, me dicen que no. Nadie quiere tratar el asunto. Pero llegará el momento en que van a querer y yo estoy ahí. Todavía es un secreto.

P. Al ritmo en que se están matando las facciones o detienen a sus integrantes, cuando sea el momento de hablar, no va a quedar nadie.

R. Más interesante todavía. Porque puedo escribir una novela de fantasmas.

P. De la novela negra a a la novela de terror…

R. Desde luego.

P. Una vez dijo que nunca había negado sentir cierta admiración por asesinos y narcos, que solo los puedes crear idealizándolos. Me venía a la mente mientras preparaba la entrevista esta frase de Simone Weil: “El mal es imaginario, es romántico, novelesco, variado. El mal real es triste, monótono, desértico y aburrido”. ¿Piensa igual que antes?

R. Mi percepción es muy distinta ahora, ya no es así. Pasa lo que a Sciascia. Los primeros eran tipos listos, humanos, que la circunstancia los había puesto ahí, ante la generación de una riqueza relativamente fácil. Hace un tiempo conocí al líder de una banda… Cuando empezó, ellos robaban algodón. Él y sus amigos lo hacían. Iban los grandes camiones cargados y de cada uno bajaban. Luego las vendían. Lo conocí en una prisión, donde fui a leer ahí, con la gente. Y yo le preguntaba, ‘pero, oiga, ¿eso les dejaba dinero?’. Decía que sí y que a veces les revendían a los mismos a los que les robaban. Le pregunté que cómo dieron el salto, porque pasaron a la cannabis. Y decía, ‘es igual, porque crecimos y teníamos que ganar más dinero’.

P. Una planta por otra.

R. Sí. Luego le pregunté si había llegado a la cocaína; dijo que no, que porque eso eran relaciones internacionales. Y decia, ‘nosotros somos una banda de barrio casi’. Entonces, bueno, esos tipos se me hacían simpáticos, pero no existen más. Ahora son asesinos, su poder lo basan en el asesinato, el abuso. A mí al menos no me simpatizan.

P. Leía en varias entrevistas pasadas que su siguiente gran proyecto era un libro de ciencia ficción, pero no sale…

R. Es que no lo acabo de lograr, pero creo que ya lo estoy logrando. La última versión que escribí, que sentí que estaba cerca, tuve que tirarla en Lisboa. Me infecté de covid, y ya estando ahí, de reflexión, en los 14 días que estuve de cuarentena… Me gustaba la historia, pero no la estaba contando bien. Tengo un concepto de lo que es contar, un estilo, una forma, que he trabajado mucho, que no conseguía esa vez.

P. ¿Buscaba esa oralidad tan característica de su obra o qué buscaba?

R. Buscaba que el ritmo, la variación de ritmos, que sí tiene que ver con la oralidad. La novela contaba la historia, pero estaba trabada. Tú seguro que has leído novelas que son lentas, y van lentas. Yo las respeto, pero admiro mucho lo contrario, novelas que te mueven, que te desconciertan, que te demuestran que no eres nada, que te falta mucho por aprender.

P. Es peligroso leer algo tan bueno que quizá no te deje escribir más.

R. Bueno, pero así es como se crece. En fin, le faltaba eso. Lo estoy consiguiendo, la novela avanza y voy con mucho cuidado. Y también he cambiado el tiempo en que transcurre. Porque al principio transcurría muy pronto, pero ahora ya me fui cuatro siglos adelante.

P. Ah, caray, es que pensaba que si su escenario era un Culiacán distópico, con poco que se tardara, ya le iba a superar la realidad.

R. Jaja, es que ya no es ni Culiacán, la ciudad se llama diferente… Además, yo creo en la teoría esta de que, si continúa el calentamiento global, se va a inundar todo. Y la parte del mundo que va a quedar… Bueno, ahí sitúo la novela. Y mi concepción es que va a haber un gobierno planetario.

P. Y supongo que de mano dura, ¿no?

R. ¡Ese es el asunto!

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