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Guerra entre herederos, debilidad institucional y un misterioso testamento: ¿Por qué no se quedó en México la colección Gelman?

La cesión al Banco Santander de uno de los acervos mexicanos más potentes, plagado de Fridas, Riveras y Orozcos, es un capítulo más de una larga historia llena de intrigas y polémicas que está provocando incertidumbre en el mercado del arte

Autorretrato con monos de Frida Kahlo México, 1943 y Vendedora de Alcatraces de Diego Rivera, México 1943, Colección J. y N. Gelman.Colección J. y N. Gelman

Natasha Gelman llegó a tener colgados en su dormitorio cinco cuadros de Frida Khalo. El más especial era un retrato de la propia Natasha, de pequeño formato, solo un busto con gesto meditabundo y el pelo recogido. Muy diferente al que también le hizo Diego Rivera, posando con un traje de noche tendida sobre un sofá y con unos exuberantes lirios de fondo, un encargo de su marido, Jacques Gelman, al tótem del muralismo mexicano. La pareja Gelman fue durante la segunda mitad del siglo XX una de las más figuras más potentes del coleccionismo internacional, gracias a la fortuna que amasaron como productores en la época de oro del cine mexicano, incluyendo su amistad y millonaria alianza con Cantinflas.

A la muerte del marido, su espléndida colección europea (con 81 obras de Bacon, Dali, Picasso o Matisse) pasó al Metropolitan Museum de Nueva York. La mexicana acaba de salir hacia España, cedida al Banco Santander, tras décadas girando por el mundo, huyendo de un pleito entre herederos sin que se pudiera cumplir el supuesto deseo de Natasha de que se quedara en México, plasmado en un testamento que nadie ha podido corroborar. Un movimiento que ha causado revuelo en el país, que además tiene una férrea legislación de protección de patrimonio. El Gobierno ha movido ficha anunciando que parte de la colección se expondrá esta primavera temporalmente en Ciudad de México, como primera parada de una gira internacional. Pero detrás de este último capítulo hay una larga historia de misterios, intrigas y giros más propios de una película de suspense.

La niebla empieza ya con los dos coleccionistas ricachones. De él, se decía que venía de una familia de terratenientes de San Petersburgo, que había estudiado en París, que tenía joyas del último zar ruso. De ella, que nació en Moravia, actual República Checa, que ambos salieron de Europa cada uno por su lado huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Y que en México se encontraron y fue amor a primera vista. Se casaron en 1941 y nunca más volvieron. Jacques monta una productora y se hace de oro con el negocio de la exportación y distribución de películas al mercado estadounidense, con un joven Cantinflas como reclamo. Ahí comienzan con su faceta como coleccionistas.

La primera, la importante, siempre fue la europea. La mexicana fue en origen más bien un accesorio, casi un capricho de Natasha, que fue creciendo hasta convertirse en otra joya. Luis-Martín Lozano, historiador del arte especializado en arte moderno mexicano, la conoció ya viuda en la década de los noventa. “Jacques nunca pensó que los cuadros de Frida o Rivera fueran tan valiosos como los Picasso o los Matisse. Pero ella amaba la colección mexicana, que al principio tuvo una función más de estatus social”. Según el historiador, la pareja no llegó a México con tanto dinero y se construyeron a sí mismos como unos personajes glamurosos a través de los cuadros. De ahí, los retratos por encargo. El de Rivera, de 1943, que muestra a Natasha como una estrella de Hollywood, es el que dio el pistoletazo de salida a la colección mexicana.

Entran en el mundo de la alta sociedad. En sus casas de Nueva York y Ciudad de México son famosas las fiestas con políticos, actores, empresarios y artistas, que se emborrachaban entre los cuadros de Dalí o Braque que colgaban de las paredes. Estaban en la cima.

¿El albacea villano?

El primer punto de inflexión llega con la muerte de Jacques y la entrada en escena de otro personaje clave, el curador estadounidense Robert R. Littman. En 1986, con la colección europea ya en el MET por deseo expreso de la pareja, Littman se convierte en el asesor de cabecera de Natasha. Juntos hacen crecer la colección. “No tuvieron descendencia y para Natasha eran como sus hijos, sobre todo tras la muerte de Jacques se dedica a fondo. Los conocía al dedillo. Llegó a tener 13 cuadros de Frida y siempre fue muy generosa, en más de una ocasión me cedió alguno para exposiciones temporales”, añade Lozano, que ha trabajo como curador en varios museos mexicanos.

Los últimos años de Natasha los pasa en una casa de campo en Cuernavaca. Tras su muerte, Littman anuncia que el testamento establece que él es el albacea de la colección y que la colección debía quedarse en México. Además del supuesto deseo de la difunta propietaria, varias obras del acervo Gelman estaban protegidas por una ley de 1972 que obliga a que los Frida, Rivera, Siqueiros, Orozco y María Izquierdo solo salgan temporalmente del país y con autorización del Gobierno. “La colección de pintura mexicana es mi responsabilidad, me aseguraré de que no se separe y que se quede en México. Todo lo que indique la legislación mexicana se cumplirá”, contó el albacea en una entrevista de la época.

Natasha y Jacques Gelman en una fotografía sin datar.

Littman se pone manos a la obra, según varias fuentes al tanto de las negociaciones, y aparece la opción de resguardar la colección en un museo en la misma Cuernavaca. Gerardo Estrada, director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBAL) entre 1992 y el 2000, se acercó al albacea primero para una posible compra pública. “No fue posible porque mis jefes decían que no había dinero. En ese entonces, el precio rondaba los 200 millones de dólares. Entonces tanteamos la posibilidad de una alianza con alguna empresa grande”, cuenta por teléfono. Costco, el gigante estadounidense de los supermercados, financió la construcción de un museo específicamente para la colección, el Centro Cultural Muros, donde permaneció por casi cinco años.

Todo parecía asentado por fin, pero Estrada recuerda que “en esos años Littman vivía con una especie de paranoia por si aparecía algún heredero de los Gelman”. Y efectivamente aparecieron. Un primo lejano en Nueva York, un medio hermano que le vendió los derechos a un abogado mexicano y hasta uno de los hijos de Cantinflas, que acusó al albacea de aprovecharse de una Natasha con alzhéimer, reclamaron su parte del pastel. “Comenzaron las demandas dentro y fuera de México y el INBAL decidió retirar la colección del museo. Yo considero que fue un error, porque con toda la fuerza del Estado se podría haber resistido a las demandas judiciales”, añade Estrada.

La colección volvió a Littman que decidió sacarla del país y ponerla a girar por exposiciones temporales por Europa y Estados Unidos. En medio del ruido, crece la imagen del albacea como el villano de esta historia, que huye con las joyas que le fueron encomendadas. Este diario ha buscado su opinión por medio de su abogado en Nueva York, pero no ha habido respuesta. Se le acusaba de lucrarse y repartir el acervo. Sin embargo, tanto el funcionario cultural como el historiador consideran que Littman cumplió con su parte.

De hecho, las demandas nunca prosperaron y los expertos creen que sin su trabajo de difusión, el boom internacional de Frida nunca habría sucedido. “La colección no desapareció, ahí están los catálogos de las exposiciones. Se mantuvo íntegra como establece el testamento y se cumplió con la ley mexicana”. El testamento es el gran punto ciego de toda esta historia. Nadie asegura haberlo visto y el notario que lo firmó fue asesinado a tiros en las calles de Ciudad de México en 2013.

Confusión entre los coleccionistas

El anuncio la semana pasada de que el acervo Gelman viajará a España para que el Banco Santander gestione parte la colección (unas 160 obras de un total de más de 300) ha supuesto un terremoto en el mercado mexicano. La última noticia que se tenía de la colección era que en 2024 Sotheby’s puso a la venta un lote con varias obras de la colección. Entre ellas, obras de David Alfaro Siqueiros y María Izquierdo, protegidas por la ley de Patrimonio mexicana. El Gobierno paralizó la subasta.

La ley permite la venta, pero bajo la supervisión del INBAL, que suele marcar un plazo de uno o dos años para que las obras regresen a México. Durante el anuncio del traslado de la colección, que se exhibirá este junio en un nuevo centro cultural, el Faro Santander, dijeron que “no parece lo mejor para las obras” y que están estudiando con el INBAL “alguna fórmula que garantice la mejor conservación y el menor estrés para las obras”, un acuerdo que “está en el interés de las partes”.

Fuentes del banco confirman que confían en desatascar las negociaciones al considerar un “puro trámite” la obligación de los traslados, informa desde Madrid Rodrigo Naredo. Consultada la opinión del INBAL al respeto, se remiten a las declaraciones de la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, durante el anuncio de la exposición en el Museo de Arte Moderno, prevista para finales de mes. “Esto es resultado de meses de gestión con la Colección Gelman Santander”, señaló la secretaria.

Ante la falta de información clara, fuentes del mercado aseguran que “existe gran confusión entre los coleccionistas, que no entienden si la ley se cumple solo para algunos”. Las mismas fuentes apuntan que ya existen casos donde se hace la vista gorda, como por ejemplo, el Museo de Arte de Nagoya, en Japón, donde tiene varias obras de Diego Rivera. A expensas de conocer más detales, el historiador Luis-Martín Lozano no lamenta la salida de la colección Gelman, pero critica la debilidad institucional y falta de condiciones propicias en el país para la conservación de este tipo de colecciones. “El Estado no tiene la obligación de comprar estos acervos protegidos, pero sí puede crear las condiciones, con estímulos fiscales para los coleccionistas y seguridad jurídica”.

El anuncio de la semana pasada incluyó además que los nuevos propietarios, que a su vez ceden las obras al Santander, son la familia Zambrano. Una poderosa saga de empresarios de Monterrey, el norte industrial y rico de México, dueños de la cementera Cemex y con una larga tradición de mecenazgo y coleccionismo. Como es habitual en el hermético mercado del arte, no se conoce la cifra de la venta cerrada por la Fundación Vergel, el vehículo que fundó Littman para operar en el mercado tras la muerte de Natasha. Como medida, una obra de Frida Kahlo, El sueño (la cama), se vendió en noviembre pasado por casi 55 millones de dólares. Los 200 que pedía Littman hace un par de décadas parecen ahora muy poca cosa.

El exdirector del INBAL, Gerardo Estrada, considera que es una “operación muy rara. Lo compran los Zambrano, que tienen recursos y experiencia para su mantenimiento, pero la ceden al Santander. No tiene ni pies ni cabeza”. El funcionario cultural recuerda también que hizo una última intentona para que lo comprara el Gobierno. “Hace unos cuatro años, me acerqué a la administración de López Obrador, pero me dijeron que no les interesaba y que tampoco tenían dinero. Aunque lo tuvieran, se ha demostrado que el arte no da réditos electorales”.

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