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El obradorismo desde dentro, según Julio Scherer Ibarra

El exconsejero jurídico del presidente Andrés Manuel López Obrador narra episodios polémicos de la 4T en su libro de memorias

Julio Scherer Ibarra y Andrés Manuel López Obrador

El obradorismo estaba muy lejos de ser una familia feliz. Las diferencias de opinión y las normales desavenencias en un equipo de gobierno derivaron en intrigas palaciegas y choques frontales que, poco a poco, se volvieron cosa de todos los días y, conforme se acercaba la mitad del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, algunas de ellas se hicieron públicas. Quizás el pleito más grave y notorio fue el del fiscal Alejandro Gertz Manero con el consejero jurídico Julio Scherer Ibarra, quien ha decidido contar su verdad sobre algunos de los más turbios episodios del primer piso de la Cuarta Transformación.

Scherer está por publicar su libro de memorias, al que ha titulado Ni venganza ni perdón, una amistad al filo del poder (editorial Planeta), en el que narra en primera persona, apoyado en un diálogo con el periodista Jorge Fernández Menéndez, su paso por el obradorismo desde 1997 hasta 2021, el año en que renunció al cargo y salió de Palacio Nacional herido y expuesto a lo que él califica como una artera campaña de calumnias e infamias.

“Un día, en una de esas conversaciones sin testigos, Andrés Manuel me dijo con esa voz pausada que a veces se confundía con un susurro: ‘Cuando yo salga del Gobierno van a ir contra ti. No lo dudes. El poder no perdona. Te van a perseguir, te van a inventar, te van a querer destruir. Prepárate, porque van a desvirtuar lo que sepan y a usar lo que inventen. Y lo van a hacer con saña’. Esa frase quedó grabada en mi memoria como una sentencia anticipada, como un eco que me alcanzaría tiempo después”. Esto escribe quien fuera uno de los hombres más cercanos al presidente, y uno de los funcionarios más poderosos en los primeros tres años del sexenio.

Scherer Ibarra, hijo del prestigiado periodista Julio Scherer García (1926-2015) envió dos cartas el 24 de septiembre de 2024, antes de escribir el libro y de emprender demandas penales contra quienes, según él, lo han difamado. Una la dirigió al aún presidente López Obrador y otra a la entonces presidenta electa, Claudia Sheinbaum, para informarles que trataría de limpiar su nombre. “Viví el tiempo de los buitres”, escribió en una de esas misivas.

Julio Scherer

Entre los personajes a los que Scherer acusa de conspirar en su contra destacan -además de Gertz- el exvocero Jesús Ramírez Cuevas; la exsecretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el senador Javier Corral. Pero también se queja de la incapacidad del exsecretario de Gobernación, Adán Augusto López Hernández, a quien el presidente le habría encomendado en 2022 tratar de resolver el conflicto entre Scherer y Gertz Manero. “Nos dijo que no era posible que un colaborador cercano del presidente, como era el fiscal, y un amigo del presidente, como era yo, estuviéramos en el golpeteo constante... que se trataba de una reunión de buena fe”, relata Scherer.

“Nunca he imaginado a un secretario que para resolver un asunto que le encarga su jefe, el presidente, terminara hablando de buena fe... Un secretario de Gobernación tiene que ser un hombre de poder; no va a solicitar que se resuelvan los asuntos, resuelve los asuntos. Adán Augusto no creo que fuera un verdadero secretario de Gobernación, porque no hubiera actuado así”, detalla el abogado.

Aquella reunión fue el último intento por evitar los escándalos que, casi de inmediato, terminaron ventilándose, y que Scherer comenta en un capítulo titulado “Los golpes, las respuestas”: los beneficios a los despachos con los que el consejero jurídico había colaborado, y que Olga Sánchez Codero enlistó en una carpeta que le entregó al presidente; su presunta intervención en el litigio del abogado Juan Collado por el fraude de la Caja Libertad; el caso Cruz Azul, el de Altos Hornos de México y Agronitrogenados –por el que se procesó al exdirector de Pemex, Emilio Lozoya Austin- y las serias acusaciones que le hizo el abogado Paulo Díez Gargari.

“Cada golpe mediático, cada filtración, cada infamia me recordaba las palabras de Andrés Manuel en aquella charla. En México, la amistad con un presidente puede ser un privilegio, pero también una condena”, concluye el abogado en su libro, en el que dedica 12 capítulos a la trayectoria de López Obrador antes de ser presidente, y otros 17 a dar su versión sobre episodios que marcaron el sexenio, como la pandemia, el atentado contra Omar García Harfuch o la detención del general Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa con Enrique Peña Nieto.

La transición y el equipo 90/10

El abogado cuenta que López Obrador tuvo que pedirle tres veces que aceptara la Consejería Jurídica de la Presidencia, pues él prefería seguir ayudándolo desde su despacho. Y finalmente se decidió, porque el presidente le encomendó ejecutar las muchas reformas legales que se proponía al inicio del gobierno. “Te propongo una cosa: hagamos las reformas y cuando terminemos yo me voy a mi despacho. Me dijo que estaba bien, que trabajáramos sobre esa base”, cuenta el autor.

Julio Scherer

Sobre la conformación del equipo, deja ver que a Alfonso Durazo lo nombró en la Secretaría de Seguridad por aquello de 90% lealtad y 10% conocimiento; lo mismo ocurrió con la velocista Ana Gabriela Guevara, que tuvo un paso terrible por la Comisión Nacional del Deporte. A Olga Sánchez Cordero la nombró porque quería a una mujer en Gobernación. A Germán Martínez en el IMSS, porque no quedó en la terna para la Fiscalía General de la República, y a Manuel Bartlett en la Comisión Federal de Electricidad, por error. “No hubo una nueva inversión en electricidad durante todo el gobierno, y todo por elegir a una persona que desconocía el sector, que no sabía lo que implicaba una empresa de ese tamaño, que ignoraba lo que tenía que hacer”, describe.

Según Scherer, López Obrador comenzó a gobernar desde la transición, no sólo porque tenía prisa, sino porque Peña Nieto decidió borrarse. En esos meses decidió cancelar el nuevo aeropuerto que se construía en Texcoco y, también, mantener la seguridad en manos de los militares. El presidente electo estaba convencido de regresar al Ejército a los cuarteles para detener la guerra iniciada por Felipe Calderón en 2006, pero cambió de opinión en cuanto volvió a recorrer el país. “Cuando se dice que Andrés Manuel es inflexible, la gente no sabe lo que dice. Andrés Manuel sí cambia, pero tiene que haber una razón para que lo haga”.

Respecto a los militares, Scherer relata cómo se fueron ganando la confianza de López Obrador por su disciplina y su lealtad, que contrataban con los problemas constantes entre los miembros civiles de su administración. “En la mayoría de las dependencias siempre hubo discordancias; el de Desarrollo Social no se ponía de acuerdo con el del Seguro, que a su vez no se ponía de acuerdo con el del ISSSTE, que no se ponía de acuerdo con el de Nacional Financiera: siempre emproblemados, era muy difícil conciliar acuerdos”. Los más aptos para seguir las instrucciones del presidente eran el Ejército y la Marina, y por eso, según Scherer, les terminó encargando las obras emblemáticas de su sexenio, como la Refinería Dos Bocas, el Aeropuerto Felipe Ángeles, el Tren Maya y el Tren Interoceánico.

Las mañaneras y la manipulación

Otra decisión narrada en el libro fue la de bajar del área de comunicación a César Yáñez, su hombre más leal en los 20 años previos al triunfo. Y todo por su boda semanas antes de la toma de posesión; una fiesta ostentosa que la familia de la novia difundió en la revista ¡Hola! y en cuya planeación Yáñez ni siquiera participó, pero que hizo enojar mucho al presidente. Eso convirtió a Jesús Ramírez Cuevas en el poderoso coordinador de comunicación de la presidencia. “Un error que continúa hasta el día de hoy, porque Jesús hizo mucho daño al gobierno”, afirma Scherer.

Julio Sherer Ibarra

Sobre el ex vocero y hoy coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum, en el libro se detallan otras anécdotas, como la manera en la que filtraba los temas que se abordaban en las conferencias mañaneras, poniendo en el escritorio del presidente las notas que él consideraba interesantes. “López Obrador jamás entendió la labor social del periodismo. Su jefe de prensa, supuesto periodista, tampoco lo entendió... Jesús Ramírez le refería todo lo que le interesaba que el presidente escuchara. De este modo se daba la gran manipulación, aderezada con preguntas siempre a modo”, revela Scherer.

El fiscal Gertz y el Conacyt

“Lo de la fiscalía fue siniestro”, afirma Scherer cuando narra cómo se nombró a Alejandro Gertz Manero al frente de la Fiscalía General de la República. Según su relato, a López Obrador se le olvidó que tenía que nombrar a un subprocurador de asuntos internacionales para que fungiera como fiscal general a partir del 1 de diciembre de 2018, y él se dio cuenta de ello el 30 de noviembre, horas antes de la toma de posesión, cuando estaba elaborando los pergaminos de todos los nombramientos. El presidente electo pidió revisar con Alfonso Durazo el asunto del subprocurador temporal, en el entendido de que meses después el Senado tendría que aprobar un nombramiento definitivo. “Le hablé a Durazo, platicamos un rato y le propusimos al presidente que fuera Alejandro Gertz Manero. La verdad, un nombramiento de que la sola propuesta de verdad me avergüenza. Pero el presidente aceptó”, relata.

Gertz, enemigo público de Scherer, es retratado en varios episodios. Por ejemplo, cuando el autor afirma que María Elena Álvarez-Buylla usó el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (“un desastre desde el principio”), para tratar de meter a la cárcel a un grupo de investigadores solo por el hecho de que nunca le quisieron otorgar a Gertz el grado de investigador nivel III.

El 1 de septiembre de 2021, el día del tercer informe de López Obrador, Scherer Ibarra dejó la Consejería Jurídica. En ese ajuste de medio sexenio también se fue Olga Sánchez Cordero y llegó Adán Augusto López a la Secretaría de Gobernación. Gertz Manero se mantuvo en la Fiscalía hasta noviembre de 2025, cuando la presidenta Sheinbaum lo invitó a irse a una embajada.

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