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Las 33 obras de Salinas de Gortari que vuelven a la casa del presidente

El acervo de Los Pinos encargado por el exmandatario conversa con otra treintena de obras del patrimonio nacional para explorar la relación entre arte y poder a finales del siglo pasado

Las obras estaban pensadas para decorar los muros de la antigua casa presidencial, entonces ocupada por el priista Carlos Salinas de Gortari. Era 1993 y el mandatario había encargado 33 pinturas a algunos de los principales artistas de la época, grandes exponentes del neomexicanismo como Julio Galán. Aquellos cuadros vistieron unos corredores y unas recámaras que solo recibían la visita y la mirada del presidente, de su familia y de sus distinguidos invitados. Ahora vuelven a ocupar esos espacios, pero tienen compañía nueva y múltiples miradas dispuestas a posarse sobre ellos en una exposición que explora la relación entre el arte y el poder a finales del siglo pasado, cuando el neoliberalismo despegaba en el país. Los Pinos, reconvertido desde 2018 en centro cultural abierto al público, acoge ese acervo junto con otras casi 40 cuarenta obras del patrimonio nacional, esculturas incluidas, seleccionadas para conversar con él.

El resultado es una panorámica de “un momento en la historia del arte de México”, en palabras de Guillermo Santamarina, curador de la exposición, compuesta por 67 obras que trascienden cualquier intención política inicial. “No es una estética del poder de ese momento”, apuntala en ese sentido la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, que este lunes ha realizado un recorrido por la extensa y variada muestra, ubicada en la segunda planta de la Casa Miguel Alemán. “En un momento donde los artistas fueron instrumentalizados, ellos trascendieron con sus lenguajes cualquier oficialismo. Nunca lo hicieron para complacer. No pensaban en hacerle una obra directamente a Salinas. Son lo suficientemente sólidos e interesantes para que podamos dialogar desde distintos frentes”, completa.

El episodio que protagonizó el artista Germán Venegas da una buena muestra de la tensión inherente entre el poder, siempre dispuesto a extender sus tentáculos, y el arte, que reclama un espacio propio y libre para desarrollarse plenamente. La obra que Venegas entregó inicialmente a la colección, relata Santamarina, fue rechazada por el mandatario: “Le resultó repulsiva”. Era una pieza con un “lenguaje neoexpresionista, muy ecléctico y muy mexicanista”, continúa el curador, compuesta por materiales fibrosos y madera. Tras la negativa presidencial, el pintor hizo a contrarreloj el acrílico que ahora se puede ver sobre un corredor bajo el título de Nostalgia, poco “representativo” del trabajo del artista, apunta Santamarina, pero que “sirve para acercarnos a ese contrapeso” que busca la exposición.

En ella conviven pinturas realistas con lienzos abstractos, arboledas con paisajes interiores y cuerpos en tensión, lo urbano con lo rural, lo político con lo costumbrista, el color de Pedro Friedeberg con el negro cerrado de Beatriz Zamora. “Un registro visual del imaginario moderno mexicano, articulado entre figura humana, símbolo, crítica y evocación social”, según se lee en la presentación de la Secretaría de Cultura. Todo cabe en esta aproximación a la identidad mexicana, alejada ya del muralismo tradicional que marcó la época posrevolucionaria. El neomexicanismo de los años 80 y 90 experimentaba con otras formas. “Era un momento de inquietud plástica”, dice Santamarina, y de ello da muestra una exhibición que también busca hacer justicia e incorporar artistas y temas que entonces no recibieron la atención de las altas esferas.

“La presencia femenina ya era muy vibrante pero las condiciones para las artistas mujeres eran todavía demasiado tajantes”, dice el curador, que ensalza el trabajo de Susana Sierra y su experimentación con los soportes, o el de la “maestra” Gerda Gruber, que “no fue reconocida hasta hace muy, muy poco”. Además de la colección encargada por el expresidente Salinas, la muestra está integrada por obras que salen de la colección Pago en Especie de la Secretaría de Hacienda; del acervo del Cencropam, el centro de conservación del patrimonio mueble del INBAL; y de la Escuela Nacional La Esmeralda. “Es interesante porque esos archivos [habitualmente] nadie los ve. Se quedan intactos, como los de la Secretaría de Hacienda. Muchos artistas dan su obra y nadie las conoce. Es importante hacerlas relevantes y que dialoguen con otras”, resume Claudia Curiel.

La muestra, de la que ambos responsables rechazan que se sume ahora a otro “oficialismo”, llega, sin embargo, con recado para aquel periodo de marcado neoliberalismo. “Justo cuando la corrupción y los abusos de un orden económico se desplegaban en México, aparecen 33 pinturas en la otrora casa oficial destinada al primer mandatario y a su familia. La idea (...) vendría de quien truculentamente esgrimía el poder como un canal de ficciones farisaicas”, se lee contundente en la presentación de la exhibición, junto al monumental cuadro que la inaugura, Mesa mexicana, de Lauro López (1993). “Esta fórmula no fue compartida ni por las y los artistas, ni tampoco las mismas obras son víctimas de las cuotas propagandísticas de aquel Estado siniestro”, continúa el texto. La postura política de aquellos autores fue, dice la secretaria, “no participar de [ello], y más bien basarse en su postura artística". Todos ellos vuelven ahora a protagonizar una conversación renovada, con voces y contextos que también son nuevos.

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Sobre la firma

Elena San José
Periodista en la redacción de México. Antes estuvo en la sección de Nacional, en Madrid. Le interesan la política y la cultura, sobre todo la literatura. Es graduada en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca y máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid, con especialización en Teoría Política.
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