¿Eres de ciencias o de letras? La pregunta a los adolescentes que debería reformularse
Sobre los 15 años, muchos jóvenes tienen que tomar una decisión sobre su futuro académico. Los padres tienen que acompañarles para que se conozcan mejor y vean con más claridad sus gustos, sus límites y sus capacidades ofreciendo recursos y alternativas

A los 15 o 16 años, cuando la identidad todavía se está formando, miles de adolescentes se enfrentan cada curso a una pregunta aparentemente sencilla y, sin embargo, profundamente determinante: “¿Eres de ciencias o de letras?”. Lo que el sistema educativo presenta como una elección académica funciona en la práctica como una etiqueta identitaria. Y no siempre inocua. “Como si la complejidad de un ser humano cupiera en dos cajones mal etiquetados”, resume Mercedes Gil Hernández, directora de Montessori British de Murcia y experta en educación. “Como si la curiosidad, el talento y la sensibilidad obedecieran a la misma lógica que un formulario administrativo”.
Para Gil Hernández, esa dicotomía no solo simplifica en exceso las capacidades de los alumnos, sino que puede acabar actuando como una profecía autocumplida: “Si soy de letras, cada error en matemáticas confirma que no valgo; si soy de ciencias, cualquier dificultad con un texto largo se vive como un defecto de fábrica”. “La consecuencia es conocida por orientadores y psicólogos: adolescentes que confunden una dificultad concreta con un fallo personal”, sostiene.
Desde una pedagogía respetuosa con el desarrollo, la pregunta debería reformularse por completo. “No debería ser ¿de qué eres?, sino ¿cómo funcionas tú cuando aprendes de verdad?”, prosigue Gil, “porque un adolescente no se conoce mirando una casilla, sino observando qué despierta su curiosidad, qué retos no lo son para él o qué actividades le hacen perder la noción del tiempo”.
Para las familias, este momento tampoco es sencillo. “A muchos padres se les atraganta. Todo el mundo parece tomárselo como si fuera la gran decisión de su vida. En parte lo es, claro. Pero si la presión se pasa de rosca, se convierte en una fuente de ansiedad innecesaria”, reconoce el psicólogo Luis Miguel Real. Este experto insiste en un punto clave que suele olvidarse: no es la vida de los padres, sino la del adolescente: “Tu hijo no es una prolongación de ti. No está aquí para cumplir tus sueños frustrados ni para replicar tu camino”. Sin embargo, en la práctica, muchos adultos empujan, a veces sin darse cuenta, “a carreras que admiran, que consideran seguras o que habrían deseado para sí mismos”.
“Acompañar al adolescente no es decidir por él”, continúa Real, “es ayudarle a conocerse mejor, a poner palabras a lo que le pasa por dentro, a ver con más claridad sus gustos, sus límites y sus capacidades”. Para el psicólogo, plantear la elección como un dilema cerrado —ciencias o letras— ya introduce un sesgo problemático: “En realidad no se trata de ramas, sino de intereses, ritmos y formas de aprender. Hay alumnos brillantes en Historia y en Física; otros con rechazo a las Matemáticas tradicionales, pero con gran capacidad lógica; y jóvenes que no destacan en Química, pero sienten una vocación profunda por profesiones sanitarias desde un enfoque humano”.
El mundo adulto ya no funciona así
Para Gil, la paradoja es que mientras la escuela obliga a etiquetarse pronto, el mundo profesional ya no opera con esas divisiones: “La medicina exige empatía y capacidad de escucha tanto como dominio de la biología. La ingeniería necesita narrativa para explicar proyectos, negociar y convencer. El periodismo de investigación requiere rigor numérico y pensamiento estadístico, además de buena pluma”, ejemplifica.
Insistir en una dicotomía rígida es, a juicio de Gil, “educarles para un mundo que ya no existe, y hacerlo además en un momento especialmente delicado, cuando la identidad adolescente es más vulnerable y más moldeable por los mensajes externos”. “Esa fragilidad se hace evidente cuando un alumno etiquetado como de letras quiere ser médico, científico o programador“, prosigue, “la reacción adulta suele oscilar entre dos extremos igual de dañinos: dinamitar el sueño (’no eres de ciencias, sé realista’) o edulcorarlo sin matices (’claro que puedes con todo lo que te propongas’)”.

“Lo que necesitan no es ni azúcar ni dinamita, sino honestidad acompañada”, defiende Gil. “Se trata de traducir el deseo en un plan concreto: explicar qué exige esa carrera, qué nivel se necesita, qué distancia existe ahora y qué esfuerzo implicaría recortarla”, agrega. “Ahí aparece la responsabilidad personal, pero también nuestro compromiso como adultos de ofrecer recursos, ritmos distintos y vías alternativas”, señala. Real coincide en la necesidad de diferenciar entre fantasía y vocación: “A veces quieren ser algo porque suena bien, porque lo han visto en una serie o porque lo dice un amigo. En estos casos, conviene explorar qué hay detrás del deseo: ayudar, investigar, cuidar, crear”.
Otras veces, la motivación es firme y profunda, y lo que falla es el rendimiento escolar actual. “Entonces la pregunta no es ‘¿puede?’, sino ‘¿qué necesita reforzar para conseguirlo?”, explica Real. El experto subraya que el rendimiento no es estático y mejora cuando hay un objetivo claro, apoyo adecuado y tiempo: “Acompañar es no decir ‘no puedes’, sino decir ‘esto requiere esfuerzo, ¿estás dispuesto a trabajar por ello?”.
Ambos expertos coinciden en que uno de los grandes errores es convertir las calificaciones en una sentencia. “Las notas son una pista, no una identidad”, recuerda Real. “Hay alumnos con un seis que piensan con profundidad y otros con sobresalientes que viven atrapados en la ansiedad”, añade. Desde la pedagogía Montessori, Gil propone estrategias concretas para abordar esta etapa: “Observar qué asignaturas despiertan curiosidad real, elaborar mapas de fortalezas y debilidades —no como etiquetas, sino como áreas que se pueden entrenar— y ofrecer experiencias de competencia real, no solo aprobados". “Si el foco está exclusivamente en lo que falla, el adolescente acaba concluyendo que él es el fallo”, advierte Gil, quien asegura que la confianza no nace de decirles que son buenos en todo, sino de mostrarles que son valiosos incluso con zonas de sombra.
En resumen, elegir siendo adolescente no es decidirlo todo. “Tu hijo no está tomando la decisión de su vida”, continúa Real, “está dando un paso”. “Y ese paso puede darse con miedo o con confianza, con presión o con acompañamiento”, añade. Para el psicólogo, no se trata de decirles qué hacer, sino de ayudarles a entender quiénes son, con qué disfrutan, qué se les da bien y qué están dispuestos a trabajar: “Y, sobre todo, es necesario transmitir un mensaje esencial en una etapa marcada por la inseguridad: que decidan lo que decidan, no estarán solos”.
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