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Crianza
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Por qué debemos dejar de preguntar a los menores si tienen novio o novia

Evitar este tipo de comentarios no es una cuestión de excesiva sensibilidad, sino de respeto hacia las etapas madurativas del menor y de protección hacia la infancia

Hay una escena que se repite con frecuencia en reuniones familiares, parques e incluso al encontrarse con un vecino por la calle: un adulto se inclina hacia un niño pequeño y, con una sonrisa cómplice, le pregunta: “¿Y tú? ¿Ya tienes novia?”. Lo que para muchos es una broma inofensiva, una forma de romper el hielo o de elogiar al menor por su belleza, esconde unas implicaciones psicológicas y sociales que pueden interferir en el desarrollo saludable del menor. Evitar este tipo de comentarios no es una cuestión de excesiva sensibilidad, sino de respeto hacia las etapas madurativas y de protección hacia la infancia.

Uno de los principales motivos para erradicar este hábito es que implica normalizar comportamientos propios de la madurez en una etapa que no les corresponde. El concepto de “tener pareja” es una conducta adulta que conlleva una serie de responsabilidades, independencia y, sobre todo, una madurez afectivo-sexual que un menor no posee.

Una relación de pareja no es simplemente pasar tiempo con alguien; implica una atracción física y una conexión emocional mutua, un consentimiento voluntario entre dos personas autónomas y la existencia de un proyecto en común. Al trasladar estas etiquetas a la infancia, los adultos están proyectando un comportamiento maduro sobre seres que aún están descubriendo el mundo a través del juego y la exploración. En los niños, el vínculo afectivo primordial es el establecido con los adultos y las personas de referencia, es decir, con los padres, los abuelos, los hermanos, los tutores y los amigos más cercanos. Forzar una etiqueta sentimental entre iguales distorsiona su comprensión de las relaciones interpersonales, generando incluso rechazo por establecer una amistad con otro niño o niña.

Un concepto anticuado pero no en desuso

La insistencia en preguntar por la situación sentimental de un niño o niña a menudo nace de un contexto social anticuado. Hace décadas, la soltería se percibía como una carencia o un defecto en el adulto; para ser plenamente aceptado en la sociedad era necesario estar casado o, al menos, estar en pareja. Al interrogar a los menores sobre su noviazgo, se perpetúa la idea de que la felicidad y el éxito social dependen de estar en pareja. Esto no solo es falso, sino que, además, invalida la diversidad de formas de vida. Vivimos en una sociedad donde la plenitud no se basa en tener una pareja sino en el desarrollo de uno mismo, y seguir imponiendo este patrón desde la infancia es una contradicción que limita las expectativas del menor sobre su propio futuro y su autonomía emocional, así como su autoestima.

Preguntar a un niño por su “novia” contribuye directamente a la hipersexualización de la infancia. Este fenómeno consiste en introducir patrones de conducta y códigos de seducción adultos en una etapa vital donde no les pertenece; es decir, creemos que los niños son adultos en miniatura sin ser conscientes de que esta idea está muy alejada de la realidad, ya que los menores son inmaduros no solo en tamaño sino también en su desarrollo evolutivo y madurez. Cuando los adultos etiquetan las amistades de los niños con términos afectivo-sexuales están acelerando el paso hacia la adolescencia y la adultez. Como resultado, la infancia se vuelve cada vez más breve y fugaz. Los menores dejan de ser niños antes de tiempo porque el entorno adulto les presiona para que actúen o se definan bajo parámetros que aún no pueden comprender ni les pertenecen. No son ellos quienes deciden dejar de ser niños a edades cada vez más tempranas, sino la sociedad que les rodea.

Otro aspecto crítico es que este tipo de preguntas rara vez atienden a la diversidad. Casi siempre se realizan presuponiendo una orientación heterosexual, cerrando la puerta a la diversidad desde la infancia. Al preguntarle a un niño si tiene novia o a una niña si tiene novio, se le está enviando un mensaje implícito sobre lo que se espera de él o de ella. Esto no solo ignora la realidad de la diversidad sexual, sino que puede generar confusión o sentimientos de rechazo en aquellos menores que, en el futuro, sientan que no encajan en ese modelo preestablecido debido a los comentarios que recibieron de su entorno cuando eran niños.

Cómo impacta en la seguridad y la confianza del vínculo

Quizás uno de los efectos más dañinos de esta pregunta es el quebrantamiento de la confianza entre padres e hijos. El hogar debe ser un refugio de seguridad donde el niño se sienta libre de compartir sus experiencias sin miedo a ser juzgado o etiquetado. Si cada vez que cuenta que se lo ha pasado bien con una amiga el adulto responde con una insinuación romántica, el menor aprenderá a filtrar su comunicación. Al sentirse observado, puede volverse desconfiado y dejar de contar aquello que le inquieta o le divierte.

Para mantener un vínculo afectivo seguro, sano y fuerte es fundamental que los padres validen las amistades de sus hijos e hijas como tales, permitiendo que se expresen sin la presión de una etiqueta que transforme su relato en una fuente de mofa o expectativa adulta.

Hacia una educación afectivo-sexual saludable

Ante la pregunta a un menor de si tiene novio o novia se tiene la oportunidad ideal de comenzar a acompañar una educación afectivo-sexual adecuada y saludable, desde la confianza, la disponibilidad y la presencia del adulto, dando respuesta a todas las cuestiones que inquieten al niño y explicándole todo lo necesario en cada momento.

Para ello es importante seguir estos pasos:

  1. Realizar una escucha activa, atendiendo a lo que el niño realmente dice sin añadir interpretaciones propias de los adultos.
  2. Emplear un lenguaje adecuado en cada contexto, entendiendo que se trata de amigos y compañeros y no de novios o novias.
  3. Respetar la madurez del menor, comprendiendo que cada edad tiene sus tiempos y hay que transitarla, siendo necesario cuidar y proteger la infancia por parte de la sociedad adulta.
  4. Y, por último, validar las emociones del niño, comprendiendo que sí es importante cómo nos relacionamos con ellos, cómo se sienten ante nuestras conductas y cómo les afectan.


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Sobre la firma

Alejandra Melús
Experta en inteligencia emocional. Especialista en atención temprana y primera infancia. Maestra de educación especial. Autora de 'Incondicional', un cuento sobre el vínculo de apego seguro entre padres, madres e hijos. Divulgadora de educación en medios, charlas y conferencias. Colabora con la sección de EL PAÍS Mamás & Papás.
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