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La adicción digital de los menores: “Trato a niños que pasan el fin de semana en la habitación con el móvil”

La pérdida del control del tiempo, el síndrome de abstinencia o la irascibilidad son banderas rojas que avisan de que las pantallas dan problemas

Un niño maneja su teléfono móvil en su habitación.Elva Etienne (Getty Images)

Los móviles generan adicción entre los jóvenes. Lo dicen los psicólogos, que cada vez tratan a más pacientes menores con cuadros complejos relacionados con su vida digital. Y lo reconocen algunas de las mayores plataformas del mundo, que se enfrentan a una cascada de demandas en EE UU por diseñar sus productos para que atrapen a los usuarios. La declaración la semana pasada de Mark Zuckerberg, dueño y director ejecutivo de Meta (empresa matriz de Facebook, Instagram o WhatsApp), muestra que el asunto es serio: es la primera vez que el magnate pisa un tribunal, y lo hace en un juicio que pretende dirimir si sus redes sociales son o no adictivas.

Empieza a haber consenso también entre los científicos acerca de las implicaciones para la salud de una sobreexposición a las pantallas en edades tempranas. El Journal of the American Medical Association (Jama) publicó el verano pasado un editorial en el que describe cómo el uso adictivo de pantallas afecta a la salud mental de los adolescentes. Destaca una serie de patrones preocupantes: el 48% de adolescentes pierde el control del tiempo que pasa con el móvil, el 25% lo usa para “olvidar problemas” o piensa constantemente en aplicaciones incluso cuando no las está usando y el 11% reconoce su impacto negativo en el rendimiento escolar. El 17% ha intentado reducir el uso, pero no lo consigue. El artículo subraya que los patrones adictivos, más que el tiempo total de pantalla, son los que predicen peor salud mental.

“He tratado a niños que llegaban al cole el lunes muy cansados pese a no haber salido de casa. Se les pasaba el fin de semana volando, estaban todo el rato con el móvil sin salir de su habitación”, dice Aurora Gómez, psicóloga sanitaria especialista en comportamientos digitales del gabinete Corio Psicología. “Los adictos necesitan gratificación constante, y cada vez más fuerte. Pierden el rumbo, dejan de interesarles cosas que antes eran importantes, como los estudios o el deporte y no son capaces de controlar los tiempos. Para hablar de adicción tenemos que pensar en varios factores: cuántas horas diarias de conexión hay, qué síntomas muestra al retirarse (irritabilidad, ansiedad), si tienen síndrome de abstinencia, o mono, cuando no están conectados y la afectación a otras áreas (lo que dejan de hacer por seguir conectados, como no ir al pueblo de los abuelos porque no hay conexión)”, añade. Otra bandera roja es que, a pesar de que el sujeto sea consciente de que ese comportamiento tiene consecuencias negativas en varios aspectos de su vida, sigue haciéndolo.

¿Cómo se desarrolla una adicción?

El 19% de los niños de 10 años ya tiene móvil, según datos del INE. ¿Cómo se desarrolla una adicción, y cuánto tarda en aparecer? “No hay un tiempo como tal, depende de los factores personales de cada uno que lo hacen más vulnerable”, explica José Antonio Molina, doctor en Psicología y profesor del departamento de Investigación y Psicología en Educación de la Universidad Complutense. “Pero sí sabemos que el potencial adictivo es más alto en un niño más pequeño. Por eso, la cuestión es preguntarse si es adecuado que los niños de 10 años o menos ya tengan un móvil cuando su sistema a nivel de autocontrol y de anticipación de consecuencias no está desarrollado a nivel neurológico y no está en condiciones de procesar todas estas cuestiones”.

Los efectos de una adicción son distintos en adultos que en niños o adolescentes. “Los más pequeños tienen estructuras cerebrales sin terminar de formar. Por ejemplo, la corteza prefrontal, el centro que dirige nuestras decisiones, la estructura que nos ayuda a planificar”, describe María Ferreira, psicóloga especializada en problemas de adicción. “Lo mismo pasa con el sistema relacionado con la recompensa, lo que revierte en una mayor impulsividad y sensación de urgencia e inmediatez. En los adolescentes, el móvil se convierte en una herramienta que les permite relacionarse, pertenecer a un grupo y sentirse validados. Como todo, tiene su polo de contraste: si no estoy ahí de manera continuada e inmediata, corro el riesgo de sentirme fuera o excluido”.

Algunos factores pueden convertir a los jóvenes en más propensos o vulnerables a la adicción. Molina destaca tres: “Cómo ven que utilizan las pantallas sus progenitores; qué uso hacen del móvil sus propios amigos, porque pueden generar un efecto contagio, y luego los factores propios de la personalidad de cada niño o niña, como si es más o menos impulsivo”.

Diseñados para atrapar al usuario

Durante años, se obvió el efecto de las plataformas en la salud mental. Hasta que la exempleada de Facebook Frances Haugen filtró en 2021 centenares de documentos oficiales a The Wall Street Journal en los que se demostraba, entre otras cosas, que los ejecutivos de Instagram sabían que la plataforma ofrecía contenidos tóxicos a los jóvenes porque resultaban más adictivos y se monetizan mejor. Esta revelación provocó una cascada de denuncias agrupadas en cuatro demandas colectivas que han llevado a los tribunales a Zuckerberg.

La irrupción de los problemas asociados a los móviles provocó hace unos años un debate en el campo de la psicología: ¿algo que no es una sustancia puede ser adictivo? La postura mayoritaria entre los profesionales es que sí. Se suelen considerar adicciones comportamentales, no hay una categoría propiamente digital en los manuales de diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que hace tan adictivos a los móviles es que son una ventana a muchos mundos a la vez. Son la puerta de entrada a las redes sociales, pero también al porno digital, a las apuestas online o al consumo de contenidos extremadamente violentos. Cada uno de estos frentes puede generar por sí solo adicción.

Los pacientes menores que trata Gómez, que suelen llegar a ella de la mano de sus padres, son niños que se han criado entre móviles. “Para generaciones como la nuestra, la esfera digital estaba separada del resto. Ahora, todo pasa por el móvil. Por eso, una de las primeras medidas de desintoxicación que propongo es separar funciones: un teléfono sin internet para llamar, un reproductor mp3 para escuchar música, un ordenador para jugar a videojuegos… Que vean que son cosas distintas”. La exposición en sí a las pantallas no tiene por qué ser mala: los jóvenes pueden pasar horas en ellas aprendiendo a programar, diseñar o componer música, por ejemplo.

El problema son las conductas que se desarrollan alrededor de ese consumo. En algunos casos, Gómez ha tratado a jóvenes con una evidente pérdida de habilidades sociales derivada del uso compulsivo de redes sociales. “¿Yo cómo voy a salir a la calle, si a esa persona que me habla no la puedo silenciar, si no puedo bloquear a ese que no me gusta?”, le dijo una vez una paciente.

Luego está el difícil proceso de vuelta a la normalidad. Para desintoxicar a un drogadicto, conviene sacarle de su círculo de amigos y, una vez tratada su adicción, se le prohíbe que vuelva a su barrio para evitar posibles tentaciones de reengancharse. El problema de las adicciones digitales es que no es tan fácil dejar las pantallas, omnipresentes en la vida cotidiana.

Para Gómez, los menores son como la rana en la charca. Es el animal más versátil, el que tiene más capacidad de cambiar. Pero también el más sensible. En cuanto hay la más mínima variación de temperatura o alcalinidad del agua de la charca, las ranas son las primeras que mueren. “Cuando miramos la cantidad de sufrimiento psicológico que están teniendo ahora mismo los menores, tenemos que pensar que ellos son la rana en la charca. Hay que actuar de manera prioritaria sobre ellos, pero sin olvidarnos que somos un ecosistema digital y que los demás también formamos parte de él y también estamos amenazados”.

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