El dilema de los deberes: cómo equilibrar la exigencia académica y el descanso familiar
Lo que para ciertos sectores del ámbito pedagógico resulta una herramienta de refuerzo indispensable, para otros se ha transformado en una carga desproporcionada que genera conflictos en el hogar


El debate sobre los deberes escolares no es una cuestión reciente, ya que está continuamente sobre la mesa. Este tema supone un punto de fricción constante entre los centros educativos, los alumnos y sus familias.
Lo que para ciertos sectores del ámbito pedagógico resulta una herramienta de refuerzo indispensable, para otros se ha transformado en una carga desproporcionada que genera conflictos en la familia, perjudicando la convivencia y el bienestar emocional. El debate no nace de una falta de compromiso pedagógico, sino de la ausencia de un consenso claro sobre dónde termina la responsabilidad de la escuela y dónde empieza el derecho al tiempo libre de las familias.
Los padres convertidos en profesores particulares
En la actualidad, los deberes han dejado de ser tareas autónomas para convertirse, en muchos casos, en un proyecto familiar obligatorio. Se observa una tendencia creciente en la que a los menores se les exige la realización de tareas para las que, en ocasiones, no cuentan con el desarrollo cognitivo, la madurez o las herramientas necesarias para llevarlas a cabo de forma independiente. Esta situación desplaza la responsabilidad de la enseñanza hacia los progenitores, quienes, tras cumplir con sus propias jornadas laborales, deben asumir el rol de profesores particulares.
Esta exigencia depositada en la familia, genera una situación de agotamiento dentro del hogar. Los padres no solo deben supervisar que la tarea se realice, sino que a menudo deben explicar conceptos complejos, preparar exámenes o coordinar trabajos grupales. Esta dinámica altera el rol de los progenitores con los menores, transformando el tiempo en familia en un escenario de tensión, correcciones y supervisión académica.
Los pros y los contras de los deberes
Es innegable que, desde una perspectiva pedagógica, las tareas escolares poseen un potencial positivo. Bien planteadas, pueden fomentar aspectos esenciales en el desarrollo del menor tales como:
- La autonomía personal y la independencia, donde poder aprender a gestionar sus propios materiales y tiempos.
- La toma de decisiones, aprendiendo a priorizar qué tarea abordar primero y cómo resolverla.
- El razonamiento lógico, aplicando lo aprendido en clase a nuevos contextos.
- La resolución de conflictos, enfrentándose a la frustración que supone un nuevo problema o reto y buscando alternativas para solucionarlo.
Sin embargo, el beneficio se diluye cuando la cantidad de tareas supera la capacidad de absorción del niño o el tiempo del que dispone. ¿Qué ocurre cuando un menor debe enfrentarse a deberes de todas sus asignaturas en una sola tarde? ¿Qué sucede si el niño acude en este tiempo a actividades extraescolares y no dispone de ese tiempo? En ese punto, la educación deja de ser un proceso de aprendizaje para convertirse en un reto de supervivencia académica. La frustración y el agotamiento no solo afectan al menor, sino que se extrapolan a los adultos que están a su cargo —en muchos casos abuelos, otros familiares o cuidadores—, convirtiéndose en una responsabilidad conjunta.

Si se trata del fin de semana, el panorama no resulta distinto. A pesar de que este tiempo está destinado a la desconexión, el ocio y el fortalecimiento de los vínculos familiares, la realidad de muchos hogares es que el viernes marca el inicio de una nueva jornada educativa. Hay menores que deben dedicar la mayor parte de su fin de semana al estudio y la realización de trabajos, lo que hace que la familia deba mantenerse confinada en el hogar, sin posibilidad de disponer de su tiempo de manera libre.
Aunque la tarea sea responsabilidad del menor, la dependencia natural de este respecto a sus cuidadores impide que la familia pueda disfrutar de actividades al aire libre o de un plan de entretenimiento compartido. Para los padres, esto supone una renuncia sistemática a su propio tiempo de ocio. Si se tiene más de un hijo, esta situación puede prolongarse durante años, creando un ciclo de cansancio que afecta la salud mental de los adultos y la motivación de los niños hacia el aprendizaje.
No obstante, aunque en momentos puntuales las familias entiendan que deben hacer este sacrificio para que el niño pueda terminar un trabajo o estudiar para un examen, no debería convertirse en la dinámica habitual de cada fin de semana. Ayudar puntualmente a comprender una materia forma parte del papel del progenitor; ser esclavo de la agenda escolar de los hijos cada fin de semana es, por el contrario, un síntoma de un sistema que requiere revisión.
Por qué el cerebro necesita parar
Uno de los errores más comunes en la sociedad actual es la estigmatización del descanso. A menudo se percibe el tiempo libre como una pérdida de productividad o un tiempo innecesario para el ser humano. Se tiende a valorar la actividad incesante, llenando las agendas de planes y objetivos interminables. Sin embargo, la evidencia científica sugiere lo contrario: el descanso es una función biológica y cognitiva esencial.
Para que el cerebro pueda asimilar, integrar y convertir en funcionales los contenidos adquiridos, necesita tiempo de inactividad. El descanso permite que el cerebro realice procesos críticos como:
- Resetear funciones: el sueño y la desconexión limpian toxinas metabólicas y restauran la atención.
- Consolidación de la memoria: la información se organiza y se almacena en la memoria a largo plazo durante los periodos de reposo.
- Fomento de la creatividad: el pensamiento divergente y la imaginación surgen cuando el cerebro no está enfocado en una tarea dirigida y repetitiva.
- Procesamiento de información: el tiempo de ocio permite que los conceptos aprendidos de forma aislada se conecten y cobren sentido práctico.
Tan esencial es el esfuerzo por aprender como el descanso para digerir lo aprendido. Sin esa pausa, el aprendizaje no se consolida: se vuelve improductivo y se evapora rápidamente.
Como conclusión, el equilibrio entre los deberes y la vida familiar no es solo una cuestión de organización, sino de filosofía de vida. Reconocer que el descanso es un pilar del aprendizaje y que el bienestar emocional de la familia es prioritario, resulta esencial para formar adultos no solo instruidos, sino también sanos y motivados.
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