Para Aws y Yihad, la muerte llegó desde una colina de Cisjordania: “El colono disparaba a todo lo que se movía”
Al Mugayer entierra entre el dolor y la resignación a las dos víctimas mortales, entre ellas un adolescente, de un colono-soldado israelí que abrió fuego desde la distancia


Era día de examen en el colegio masculino de Al Mugayer, una localidad de Cisjordania cada vez más rodeada de asentamientos judíos, cuando los alumnos adolescentes alertaron a los más pequeños: un grupo de colonos israelíes bajaba armado de una loma cercana para atacar el pueblo. Algunos se echaron al suelo, otros corrieron a sus casas y una parte se movilizó para “defender” Al Mugayer, el eufemismo de confrontarlos con piedras. No era algo infrecuente, pero el martes acabó de manera trágica. Uno de los colonos abrió fuego desde la distancia con un arma automática (un vídeo capta el momento, como si practicase el tiro al pato) y mató a dos personas. Aws Nasaan, de 14 años, en un punto a la entrada de la escuela marcado con dos ladrillos, un puñado de flores y sangre seca; y Yihad Abu Naim, uno de los adultos, de 32, que acudió a enfrentarse a los colonos. Varias grabaciones captan el caos y los gritos durante el tiroteo, con la gente poniéndose a cubierto y el sonido lejano de las balas. “Vi al colono: disparaba a todo lo que se movía”, resume uno de los testigos, Mohamad Abu Nayi.
Al Mugayer los ha enterrado este miércoles entre la tristeza y la resignación: en lo que va de año los muertos en Cisjordania por disparos de colonos (16, según el Ministerio de Sanidad) superan los de todo 2025, y la justicia israelí no ha dictado esta década una sola pena de cárcel por ello, pese al aumento constante de los casos.
Real Nasaan, de 12 años, estaba allí, en el aula y frente a su examen, cuando oyó de fondo los disparos. “Los profesores se asustaron y nos sacaron”, rememora mientras una multitud de hombres reza en el patio de la sala comunitaria. “La mitad de los alumnos huyó por un lado y la otra mitad, por otro. Había una puerta de emergencia. Salimos por ella, y yo tenía miedo […] Aws estaba fuera y le dispararon”.

Aws y sus tres hermanos crecían con sus abuelos. Su padre, Hamdi, murió (también por disparos de colonos) en 2019 y su madre se casó de nuevo y se mudó a Estados Unidos. Por eso, es Taleb Nasaan, su abuelo de 73 años, quien hoy recibe cientos de pésames y se hace a un lado para contar arrepentido que despertó “hasta tres veces” al pequeño para que fuese a la escuela justo el día de la tragedia.
Desde la frustración de lo inevitable, le regaña también por haber salido del colegio cuando sonaban los disparos, en vez de obedecer a los profesores y quedarse dentro, tumbado. “No escuchaba, era terco, se levantó, salió y le dispararon directamente en la cabeza […] Es joven, no entiende lo que pasa. ¿Qué peligro suponía para Israel o para su Gobierno?”, protesta Taleb, que ha perdido en apenas siete años un hijo y, ahora, un nieto, a manos de colonos radicales que imponen cada vez más su ley en Cisjordania. “Lloré una vez por mi hijo, pero diez por mi nieto”, sentencia.
Un repetido ritual
El pueblo ha cumplido al mediodía otra vez con el ritual, repetido más de mil veces en toda Cisjordania en los últimos dos años y medio: primero, un rezo colectivo musulmán frente a los cadáveres; luego, su traslado al cementerio entre rostros graves, algunos disparos al aire y cánticos como “Con nuestra sangre y nuestra alma, vengaremos al mártir”, el título que reciben aquí los muertos en el marco del conflicto con Israel, sea como mera víctima o lanzando un ataque.
Arriba, en las azoteas, las mujeres tiraban pétalos de flores al paso de los cadáveres. Abajo, los jóvenes luchaban por tocarles el rostro, como última despedida y por considerarlos puros. Algunos adolescentes llevaban la cara tapada para intentar burlar las avanzadas tecnologías de reconocimiento facial e inteligencia artificial que emplean los servicios de inteligencia israelíes.

Al Mugayer, con cerca de 3.500 habitantes, está, por tradición, vinculado a Al Fatah, el partido del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas. Se nota en las banderas amarillas que acompañan la procesión fúnebre y en los carteles de los mártires. El de Nasaan tiene una particularidad: pone “mártir hijo de mártir” e incluye su foto, con apenas nueve años, velando a su padre.
Abu Nayi, de 16 años, acaba de perder a su tío Yihad y parece luchar toda la conversación por contener el llanto. Hace 24 horas, estaban juntos durante el ataque de los colonos y hace unos minutos se han separado para siempre en el cementerio. Relata que estaba en el colegio cuando comenzaron los disparos y vio a otros “estudiantes tumbados en el suelo”, pero él subió con 15 personas más a un cerro para ver mejor qué hacían los colonos, “confrontarlos y tratar de alejarlos lo más posible”.

Yihad estaba al frente. “Lo llamábamos y decíamos que volviera atrás, que le iban a disparar, pero no nos hizo caso”, asegura Abu Nayi. “Cuando se giró y decidió regresar, le dispararon por la espalda. La bala le entró por detrás y le salió por el corazón. Yo estaba cerca, gritando y pidiendo ayuda y una ambulancia. Entonces llegaron los jóvenes, lo cargamos y huimos con él”. Un coche particular lo llevó hasta la clínica del pueblo, donde no pudieron salvarle la vida.
Los testimonios apuntan a que eran cinco o seis colonos, en su mayoría vestidos de civiles y algunos desarmados. También a que solo uno efectuó los disparos letales. Dos grafiti en árabe, aún frescos, lo recuerdan hoy en las calles de Al Mugayer: “Venganza por los mártires” y “Asesino, morirás”.
Soldado reservista
Consultado al respecto, el ejército israelí ha señalado que el sospechoso estaba movilizado como soldado reservista dentro de una de las brigadas de Cisjordania que se nutren de habitantes de los asentamientos y que hacen que, a raíz de la movilización masiva desde el ataque de Hamás y la invasión de Gaza en 2023, cada vez más palestinos se topen con viejos conocidos violentos, pero convertidos ya en autoridad castrense, con uniforme y un arma automática en las manos.
El ejército ha precisado además que la fiscalía militar ha abierto una investigación interna y lo ha suspendido de servicio mientras se resuelve, pero no ha sido arrestado. En el vídeo que capta cómo abre fuego continuadamente contra civiles, está solo (no hay compañeros de filas alrededor) y en pantalón militar, pero sin el resto del uniforme.
El martes, cuando el ejército llegó a Al Mugayer, lanzó gases lacrimógenos, reprochan los locales. El miércoles ha vuelto a hacerlo. A media tarde, se podía ver a dos jóvenes soldados israelíes riéndose, mientras lanzaban más gas lacrimógeno y granadas de ruido en calles casi vacías, como si fuese un juego. Un grupo de palestinos de similar edad agarraba piedras para lanzárselas y luego salía corriendo.

Al Mugayer es una de las localidades de Cisjordania que más violencia viene sufriendo. Los ataques de colonos no dejan de crecer y se han convertido en diarios, sea en forma de acoso, quema de coches o robo de ganado, explica el presidente del consejo local, Amin Abu Alia. La localidad está rodeada ya de ocho pequeños asentamientos. Florecen con cada pestañeo, gracias al peso inédito de la la ultraderecha en la colonización que le ha dado el primer ministro, Benjamín Netanyahu.
El pueblo está a casi 30 kilómetros de la ciudad de Ramala, en una zona en el punto de mira de los colonos más radicales y sus socios políticos: es clave para cortar la contigüidad territorial de Cisjordania y despoblar las zonas que no incluyen las grandes ciudades. Es decir, para —como se jacta su principal representante, el ultranacionalista ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich— cambiar la realidad sobre el terreno a fin de “hacer imposible la idea de un Estado palestino”.
El ejército israelí eligió además sus olivares para un castigo colectivo con voluntad aleccionadora. El pasado agosto, comenzó a circular la información de que un vecino de Al Mugayer había atacado a un colono. El ejército impuso un toque de queda, con tres días de redadas y arrestos, y acabó arrancando 10.700 olivos, algunos con un siglo de antigüedad, según las autoridades locales.
El mando militar israelí al cargo de la zona, Avi Bluth, no escondió la motivación: “Cada aldea debe saber que, si comete un ataque, pagará un alto precio y quedará bajo toque de queda y rodeada. Arrancar los árboles tenía como objetivo disuadir a todos. No solo a esta aldea, sino a cualquiera que intente alzar la mano contra los residentes [judíos]”. El ejército salió más tarde a desmentirlo: no había vocación de represalia, solo de “despejar” el olivar por el que huyó el supuesto autor del ataque. Hoy es un enorme llano verde sin árboles.


























































