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Jake Richards, historiador: “Durante la abolición se crearon nuevas formas de desigualdad e injusticia y necesitamos resolver cómo lo reparamos”

Tras una década de investigación, el experto en esclavitud publica un libro que documenta cómo miles de africanos “liberados” cayeron en redes de trabajo forzado y enfrentaron maniobras legales para obtener sus derechos

Un grupo de personas esclavizadas en una plantación de algodón, vigilados por un capataz a caballo, cerca de Dallas, Texas, hacia 1895. FPG (Getty Images)

El año 1807, en el que el Parlamento británico prohibió el tráfico de personas esclavizadas en el Imperio, no fue el punto final de la historia de la trata trasatlántica ni de la explotación de cerca 12,5 millones de africanos. Fue, más bien, el inicio de otro episodio poco conocido sobre el infierno de los trabajos forzados y las maniobras legales que tuvieron que sufrir las más de 200.000 personas rescatadas ―según los cálculos más conservadores― por la Royal Navy u otras patrullas navales entre 1807 y 1880 hasta, ser libres.

Este capítulo de la historia lo narra, apoyado en más de centenar de documentos, el profesor británico Jake Richards (34 años, Londres) en su recién publicado libro The Bonds of Freedom: Liberated Africans and the End of the Slave Trade (Yale University Press). La obra ha sido seleccionada por The Times Literary Supplement como una de las destacadas del 2025. “Necesitamos más historias sobre personas liberadas y sus descendientes, sobre lo que la libertad y la justicia significó para ellas”, asegura Richards en entrevista con EL PAÍS desde Barcelona, que ha visitado por invitación del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

A este historiador de la London School of Economics, le tomó más de una década completar una investigación que explica cómo durante la abolición se ejercieron nuevas formas de violencia y se crearon profundas desigualdades que viven, hasta hoy, África y su diáspora. Ahora que la Asamblea General de Naciones Unidas ha reconocido la esclavitud africana como “el crimen más grave contra la humanidad” y ha abierto la puerta a reparaciones jurídicas y económicas, Richards espera que los abusos cometidos después de 1807 contra los “liberados” puedan ser, también, considerados como daños a reparar.

Pregunta. ¿Qué tan documentado estaba ese episodio de la historia?

Respuesta. La mayoría de las veces, los investigadores sitúan la Ley de Abolición de 1807 del Reino Unido como el punto final de la historia y el triunfo de una larga campaña abolicionista. Pero no se ha pensado como un punto de partida para preguntarse qué ocurría realmente con las personas a bordo de los barcos de esclavos. Cuando eran rescatadas, ¿eran libres? ¿Cómo se les trataba? Lo que encontré es que tomó más de 70 años abolir el comercio transatlántico.

P. ¿Cómo funcionaba la liberación a través de las capturas de los barcos?

R. La ley de 1807 trataba a un barco de esclavos como un barco enemigo en contexto de guerra. Eso significa que tanto la embarcación como toda su “carga”, incluyendo a las personas cautivas, eran tratados como propiedad enemiga. Cuando llegaban a puerto, eran entregadas a un funcionario de la Corona, que podía asignarlos como reclutas del ejército o la marina, o, enviarlos a trabajos forzados en servicio doméstico, agricultura o construcción de obras públicas durante hasta 14 años. Todos estos “africanos liberados” tenían que trabajar para “pagar la deuda” de haber sido rescatados. Es la primera vez que se analiza esto no solo en el Imperio Británico, sino en el mundo portugués y español.

P. ¿Cuántos archivos visitó y qué encontró?

R. Consulté cerca de 14 archivos en Reino Unido, Sierra Leona, Sudáfrica, Brasil, Cuba y Estados Unidos. Algunas veces, trabajé con documentos sin catalogar. Por ejemplo, en La Habana encontré casos judiciales de la década de 1860 en los que los africanos liberados testificaban en los tribunales como supervivientes, algo crucial para condenar a los traficantes. Son testimonios increíblemente poderosos: personas que describen cómo escondían a los cautivos o quemaban barcos para eliminar pruebas.

Todos estos “africanos liberados” tenían que trabajar para “pagar la deuda” de haber sido rescatados
Jake Richards, historiador

P. Otra novedad de su trabajo es documentar cómo las personas liberadas se unían para llevar sus casos a los tribunales o para formar proyectos económicos que les permitieran tener independencia.

R. Los africanos liberados nunca aceptaron pasivamente su situación, siempre tuvieron una política, una visión. Aunque ya no eran técnicamente esclavos en su nuevo destino y podían acceder a tribunales, esto los marcaba como una amenaza política. Así que las autoridades trataban de controlarlos para evitar levantamientos. Por eso, los “liberados” crearon una formas colaboración económica para construir una vida independiente. Y, a menudo en Brasil y Cuba, las mujeres consiguieron hacerlo más rápido que los hombres. A través del trabajo doméstico, demostraban que no necesitaban ser sometidas a trabajos forzosos y que podían ser libres. Sabían que debían demostrar su independencia y obtener la documentación para proteger a sus hijos [porque en América, la esclavitud se heredaba por la vía materna].

P. ¿Qué vacíos hay en la investigación sobre la trata trasatlántica?

R. Tenemos una literatura muy rica sobre la historia de la esclavitud en relación con las instituciones, cómo era clave para ciertos negocios. Pero necesitamos más historias sobre personas liberadas y sus descendientes, sobre lo que la libertad y la justicia significó para ellas. Cuando se trata de pensar en los daños, no debemos limitarnos a lo que ocurre en la era de la esclavitud formal [entre los siglos XV y XIX]. Durante los procesos de emancipación se crearon nuevas formas de desigualdad e injusticia y eso necesita incorporarse a nuestra visión de cómo los reparamos.

P. Precisamente, la ONU ha adoptado una resolución que reconoce la esclavitud como el “crimen más grave contra la humanidad” y que plantea reparaciones. ¿Qué efectos puede tener?

R. La pregunta es si las potencias accederán o no a las demandas. Eso podría tomar mucho tiempo. Lo significativo es que la demanda se haya hecho en un escenario global y que haya venido de estados africanos. Creo que al pensar en la reparación, hay que entender que el daño no se limita a la esclavitud formal, sino a los daños creados como parte del proceso de abolición. Lo segundo es pensar los daños como algo multidimensional, porque a menudo se percibe la reparación como un monto de dinero en juego. Pero hay que entender consecuencias como el daño ambiental o la falta de acceso al patrimonio cultural.

P. La resolución pide preservar la memoria e impulsar investigaciones académicas sobre la esclavitud, ¿cree que esto facilitará el acceso a los archivos y el trabajo de los investigadores?

R. Me encantaría ver si esto se traduce en mayores oportunidades de financiación para las nuevas generaciones de académicos en lugares como Sierra Leona, Nigeria, Sudáfrica o Brasil. Hay muchos estudiosos que están haciendo disertaciones de máster y tesis de doctorado sobre estos temas, a los que les vendría bien tener más oportunidades de financiación. También se necesitan fondos para la conservación de archivos, porque no solo los pueden consultar los historiadores, sino el público en general. Desde que escribí el libro, se han producido incendios en Río de Janeiro y Ciudad del Cabo que han destruido documentos y colecciones. Es urgente financiar la conservación para que la gente tenga acceso al pasado.

Creo que al pensar en la reparación, hay que entender que el daño no se limita a la esclavitud formal, sino a los daños creados como parte del proceso de abolición.

P. También ha trabajado en la curaduría de exposiciones, ¿ha visto una evolución en la disposición de los museos de Occidente de contar los daños del colonialismo?

R. El asesinato de George Floyd y los movimientos globales de Black Lives Matter han abierto un espacio activista muy importante, al que las instituciones respondieron. Ahora, en las democracias del Norte Global, vivimos una era de polarización política en la que ciertos Gobiernos presionan para que no se hagan este tipo de investigaciones y de nuevas preguntas. El espacio se ha reducido en los últimos años y es algo que nos debe preocupar en cualquier democracia.

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