El alto funcionario cesado por Starmer asegura que el Gobierno británico presionó para acelerar el nombramiento de Mandelson
Oliver Robbins acusa al primer ministro de querer colocar en otra embajada a su exdirector de Comunicaciones


Keir Starmer solo ha logrado salvar la semana después de su comparecencia ante la Cámara de los Comunes, pero no ha salido de la zona de peligro. El caso Mandelson sigue persiguiendo al primer ministro y supone la mayor amenaza para la supervivencia de su mandato. La comparecencia este martes ante la Comisión Parlamentaria de Exteriores de Oliver Olly Robbins, el alto funcionario cesado de modo fulminante la semana pasada como chivo expiatorio por la enésima torpeza en torno a este caso, ha resultado explosiva.
Robbins, un civil servant (servidor civil, el término con que se designa a la carrera pública) con décadas de servicio a sus espaldas y prestigio entre sus compañeros, ha acusado directamente a Downing Street y al equipo que rodea a Starmer de no haber dejado de “presionar” en todo momento a Exteriores para que acelerara el nombramiento de Peter Mandelson como nuevo embajador británico en Washington. Cuando accedió al puesto de secretario permanente del ministerio, en enero del año pasado, ha contado, el Gobierno estaba ansioso por que el exministro laborista ocupara su puesto antes de la ceremonia de inauguración de Donald Trump.
“Llegué a una situación en la que la Oficina del Gabinete había realizado ya la auditoría respecto a Mandelson, y habían analizado tanto el riesgo reputacional que entrañaba como su idoneidad para el puesto. Ya se había remitido su nombramiento al rey, se había anunciado públicamente y se había solicitado el plácet de la Administración estadounidense”, ha relatado Robbins. “Había una actitud general de menosprecio hacia el escrutinio de seguridad [que todavía no había sido completado] y estaban centrados en que [Mandelson] viajara a Washington lo antes posible”, ha relatado Robbins.
El golpe final ha llegado cuando el alto funcionario, irritado por el modo en que Starmer ha cargado en él toda la culpa por el último fiasco del caso Mandelson, ha sugerido que en Downing Street ni siquiera pensaban que el veterano exministro laborista, cuya relación con Epstein era de dominio público y que hasta dos veces dimitió en los gobiernos de Tony Blair por sus manejos con los ricos y poderosos, necesitara someterse al escrutinio obligatorio para todos los puestos como el suyo.
“La posición de la Oficina del Gabinete [el departamento que da impulso y apoyo al primer ministro] se había adoptado ya: no era necesario someter a escrutinio a Mandelson. Era miembro de la Cámara de los Lores, formaba parte del Consejo Privado del rey, y los riesgos que entrañaba su nombramiento eran bien conocidos y habían sido expuestos al primer ministro antes de su nombramiento”, ha señalado Robbins.
Y aun así, el proceso siguió su curso. Cuando el Departamento de Escrutinio de Seguridad del Reino Unido (UKSV, en sus siglas en inglés), el organismo independiente que examina exhaustivamente el historial personal de candidatos a un cargo público, comunicó a Robbins que la situación de Mandelson “bordeaba el límite” y que se inclinaban por vetar su nombramiento, el alto funcionario, consciente del problema político que podría ocasionar eso al Gobierno, usó su prerrogativa y dio luz verde al permiso de seguridad, para que los deseos de Starmer se cumplieran.
Una disputa legal… y una bomba de última hora
En puridad, Robbins no ha desmentido la versión de Starmer, que el lunes aseguró que el secretario permanente de Exteriores había ocultado “de manera deliberada” al primer ministro que el UKSV había vetado el nombramiento de Mandelson. La discrepancia es de naturaleza legal. Robbins ha explicado que el proceso debe realizarse bajo la más estricta confidencialidad, para proteger la intimidad de los cientos de candidatos que cada año son examinados. Eso implica, según él, que no podía comunicar ni a Starmer ni a ninguno de sus ministros la existencia de problemas. Su trabajo era dar luz verde o no al nombramiento, ha dicho, y es lo que hizo.
Pero Robbins ha soltado una última bomba que vuelve a poner en cuestión el buen juicio del primer ministro, al revelar que Starmer le pidió que colocara al frente de alguna embajada a su exdirector de Comunicación, Matthew Doyle, que había sido cesado en su puesto poco después de conocerse su relación y apoyo a un candidato condenado por manejo de pornografía infantil.
Aunque Downing Street, a través de un portavoz, ha negado tajantemente todas las acusaciones de Robbins, la oposición conservadora ha utilizado su prerrogativa parlamentaria para convocar un debate de urgencia sobre el asunto este mismo martes por la tarde y volver a acusar a Starmer de mentir al Parlamento. Todos los partidos de la oposición, como liberales demócratas o nacionalistas escoceses, se han sumado a la petición de que el primer ministro dimita. El primer ministro ha decido no estar presente en ese debate.
Consciente del prestigio y del buen nombre de Robbins, Starmer, a través de un portavoz, ha reconocido su “integridad y profesionalidad”, pero ha vuelto a acusarle de “cometer un error de juicio” al ocultar al primer ministro la decisión de los servicios de seguridad internos de vetar el nombramiento de Mandelson.
El Partido Laborista se enfrenta el próximo 7 de mayo a unas elecciones cruciales —municipales en Inglaterra, autonómicas en Escocia y Gales— en las que todos los sondeos vaticinan un hundimiento atribuible a Starmer. Hasta entonces, ninguno de los rivales internos de Starmer se decidirá a mover ficha, pero las caras y el desánimo entre las filas laboristas han sido evidentes durante los debates parlamentarios del lunes y del martes, y el caso Mandelson lleva camino de ser la losa que aplaste tarde o temprano la carrera política del primer ministro.


























































