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Israel y Líbano negocian a alto nivel por primera vez en décadas con el desarme de Hezbolá y la tregua como telón de fondo

En su primer diálogo directo de este siglo, Beirut reclama un cese inmediato de las hostilidades y tiempo para desmantelar a la milicia chií, mientras que Netanyahu insiste en mantener los bombardeos y abordar el reconocimiento de su país

Soldados israelíes caminan entre edificios destrozados, este martes en el sur de Líbano. Florion Goga (REUTERS)

Israel y Líbano mantienen este martes una reunión histórica en Washington cuya importancia ha quedado opacada por el pesimismo sobre su pronóstico y el pulso entre Estados Unidos e Irán. Tal y como sucede entre esas dos potencias, que estos días mantienen negociaciones al más alto nivel desde la fundación de la República Islámica en 1979, el repunte bélico en la región también llega con el primer contacto diplomático de alto rango en décadas entre libaneses e israelíes. Aunque cada uno se sienta en la mesa con objetivos distintos, el desarme de la milicia libanesa Hezbolá y un posible cese al fuego temporal marcan el telón de fondo del diálogo, auspiciado por el Departamento de Estado de EE UU.

El acercamiento llega después de que Israel haya desacreditado, con el apoyo de la Administración de Donald Trump, la posición de Pakistán, principal mediador del alto el fuego entre Washington y Teherán. Pese a que Islamabad afirmó que la tregua incluía el conflicto entre el ejército israelí y Hezbolá, la Casa Blanca ha dado cobertura a la negativa del Gobierno de Benjamín Netanyahu de frenar los ataques en Líbano, pero lo ha forzado —como concesión a Teherán, sin imponer a su aliado que declare un alto el fuego— a aceptar unas negociaciones con Beirut que rechazaba desde hace semanas.

El secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, asistirá este martes a unas negociaciones en las que Líbano e Israel —dos países sin relaciones diplomáticas desde el nacimiento del Estado judío en 1948— serán representados mediante sus embajadores en Washington, que se adentran en el diálogo con motivaciones dispares.

La libanesa Nada Hamadeh Moawad acude al encuentro con el único mandato por parte de su Gobierno de acordar un alto el fuego que frene la ofensiva israelí sobre Líbano. Beirut, consciente de los frágiles equilibrios internos del país y de cómo se vería una negociación continuada con Israel entre bombardeos, alega que solo el silencio de las armas permitirá abordar cuestiones de mayor calado. Entre ellas, el desarme gradual de Hezbolá (un proceso que el Gobierno inició el año pasado y para el que pide tiempo), la negociación de una frontera definitiva entre ambos países o un hipotético establecimiento de relaciones bilaterales.

El embajador israelí, Yechiel Leiter, defenderá en cambio la insistencia de su país de que las negociaciones tengan lugar “bajo fuego”, en paralelo a la invasión del sur de Líbano, y con dos objetivos: “desmontar a Hezbolá” y firmar “un acuerdo de paz real” que aguante el paso del tiempo, en palabras de Netanyahu. Es decir, que Beirut reconozca a Israel sin pagar el peaje histórico del fin de la ocupación militar y la creación de un Estado palestino, apartándose de la esencia de la Iniciativa de Paz Árabe, aprobada por la Liga Árabe en 2002 en Beirut y señalada como vía a seguir por parte del primer ministro libanés, Nawaf Salam.

Reconocer a Israel, como hicieron en 2020 Marruecos, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos (cada uno con sus contrapartidas) sería hoy casi una garantía de conflicto civil en Líbano, donde centenares de miles de residentes han sufrido cinco ocupaciones israelíes en las últimas décadas.

Naim Qassem, el secretario general del partido-milicia Hezbolá, que combate estos días a las tropas israelíes en el país y lanza cohetes contra las localidades del norte, acusó el domingo al Gobierno de Beirut de “humillarse” y actuar como una herramienta en manos de Israel y EE UU “mediante presiones y decisiones que debilitan el frente interno frente a la agresión”. También negó al Estado el derecho de pasar de rechazar las negociaciones directas a aceptarlas “sin un consenso interno” previo.

“Los embajadores se reunirán y se harán una foto”, resume este martes la comentarista de asuntos árabes del diario Yediot Aharonot, Smadar Peri. “Lo que suceda a partir de entonces sigue siendo incierto”, concluye. “Líbano desea dialogar, pero se ve limitado por Hezbolá. Israel, por su parte, no está convencido de que la paz con Líbano sea una posibilidad real”.

Una pugna desde los años ochenta

El diálogo que se inicia este martes en las oficinas del Departamento de Estado va vinculado a lo que suceda sobre el terreno en el sur de Líbano, donde el ejército israelí mantiene las operaciones militares y ha penetrado hasta diez kilómetros más allá de la frontera. Las tropas israelíes rodean estos días el municipio de Bint Jbeil y levantan nuevos puestos de control con la intención de consolidar el dominio de una franja fronteriza. Los dirigentes políticos y militares de Israel insisten en que no contemplan un cese de las hostilidades hasta establecer sine die lo que llaman una “zona de seguridad” que aleje la amenaza de los proyectiles antitanque de Hezbolá.

El Ejecutivo de Netanyahu viene reorientado sus intereses desde que Trump le ordenó dialogar con Beirut. Por ejemplo, incurrió en una contradicción al argumentar que Líbano queda fuera del alto el fuego con Irán cuando lleva años presentando a Hezbolá como una mera marioneta de Teherán. Ahora, lo plantea justo como una oportunidad para aislar a Teherán del partido-milicia chií que ha armado y financiado desde su nacimiento en 1982, en una anterior ocupación militar israelí del país.

Precisamente, aquella invasión durante la guerra civil libanesa dio lugar a las primeras negociaciones de alto nivel entre Líbano e Israel. En un Líbano bajo ocupación militar tanto israelí como siria, el presidente libanés, Amin Gemayel, alcanzó un acuerdo para la retirada del ejército israelí de Líbano y el marco para establecer relaciones bilaterales. Pero el régimen de Hafez el Asad en Siria, que tenía presencia en el país desde 1976, lo vetó y nunca se aplicó. Luego, en 1993, un Líbano bajo tutela siria mantuvo —también con mediación de Washington—, un breve canal directo de diálogo con Israel, en una derivada de la Conferencia de Paz de Madrid, dos años antes.

Hoy, la desaparición del clan de los El Asad en Damasco, el debilitamiento de las autoridades iraníes y el dolor que las sucesivas guerras israelíes han provocado en Líbano propician un momento distinto. Incluso algunos pesos pesados de la política libanesa, que en su día presionaron contra el diálogo con Israel a raíz de su alianza con Siria, han cambiado de postura, según se especula en diarios libaneses de distinto signo político y confesional. Entre ellos, Walid Jumblatt, líder tradicional druso y miembro del Partido Socialista Progresista, y Nabih Berri, presidente del parlamento libanés desde 1992, máxima autoridad política chií en el Líbano actual y punto de contacto entre su aliado Hezbolá y la comunidad internacional.

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