‘Defensa mosaico’, la estrategia con la que Irán resiste la embestida de Estados Unidos e Israel
Ante la continúa decapitación de su cúpula, el régimen iraní opera en la guerra a través de la descentralización del mando militar, para mantener así sus capacidades ante ejércitos superiores y poder desarrollar una guerra asimétrica y de desgaste

Seyed Abbas Araghchi es ministro de Exteriores de Irán y una de las pocas caras visibles del actual régimen. El pasado 1 de marzo, un día después de que Estados Unidos e Israel iniciasen de forma coordinada su ofensiva contra el aparato militar y de poder iraní, afirmó que su país había tenido dos décadas para “estudiar las derrotas del ejército estadounidense” y aprender las lecciones. Los bombardeos, continuó Araghchi, no iban a tener impacto en sus capacidades para llevar la guerra hasta donde Teherán quisiera. El jefe de la diplomacia iraní utilizó para argumentarlo la expresión “defensa en mosaico descentralizada”. Tras la muerte en casi seis semanas de al menos 11 altos cargos iraníes con responsabilidades militares y después de sufrir el bombardeo diario contra sus baterías de misiles y drones, la fuerza naval y su industria defensiva, Teherán mantiene fuerza para seguir atacando a Israel y a los vecinos del Golfo. Araghchi no andaba muy desencaminado.
La afirmación del titular de Exteriores tenía, no obstante, un claro componente propagandístico propio de la guerra. Impacto ha habido. La campaña militar de la expedición estadounidense en Oriente Próximo (55.000 uniformados) y su aliado israelí es demoledora: según los datos del mando central norteamericano, sus armas han efectuado más de 13.000 ataques contra objetivos iraníes, entre ellos puertos y embarcaciones utilizadas para garantizar el bloqueo del paso de Ormuz.
Decía este jueves el almirante Brad Cooper, al frente de las operaciones en la región, que Estados Unidos ha acabado con 40 años de inversión iraní en su defensa. Las pruebas de semejante daño son escasas más allá de fotografías y vídeos subidos a la red por el ejército. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), en los últimos datos publicados, con fecha de 1 de abril, cifran en 10.000 los bombardeos de sus aviones desde el pasado 28 de febrero.
Hace 20 años que, como decía Araghchi, Irán se prepara para poder enfrentarse a su histórico enemigo, Estados Unidos, y no capitular. Fue en el año 2005, tras haber analizado y aprendido de las invasiones estadounidenses de Afganistán (2001) e Irak (2003), cuando el general Mohammad Jafari, uno de los altos mandos entonces de la Guardia Revolucionaria, pilar defensivo del régimen junto al ejército regular, elaboró la llamada “estrategia de defensa en mosaico”, esto es, en fragmentos.
El investigador estadounidense y exoficial de inteligencia Michael Connell, analista del Center for Naval Analyses, uno de los que más sabe del entramado militar iraní y de esta estrategia, lo ha descrito de este modo: una arquitectura de control en 31 mandos separados, uno para la ciudad de Teherán y 30 para cada una de las provincias de Irán.
El objetivo, decía Connell en un artículo escrito ya en 2010, era fortalecer la cohesión de las unidades a nivel local y dar a los comandantes mayor libertad para responder a posibles amenazas. Formar un ejército de pequeños ejércitos con autonomía propia. “Consciente de sus escasas posibilidades de ganar un conflicto convencional”, explicaba Connell, “Irán ha optado por un modelo de guerra de desgaste basado en la disuasión, que aumenta los riesgos y costes del adversario en lugar de reducir los suyos. El objetivo es infligir una derrota psicológica que desincentive la voluntad de lucha del enemigo”. La guerra de desgaste que ha practicado desde el 28 de febrero, bien atacando a los países vecinos y a Israel, bien cerrando el paso en la mayor vía de tránsito de hidrocarburos del mundo.

En detalle, esta estrategia persigue la descentralización en la toma de decisiones para mantener las capacidades en caso de decapitación de la cúpula de las fuerzas armadas. Y esto ha pasado tras la larga serie de asesinatos selectivos perpetrados por Israel. En lo más alto de este obituario colectivo estarían, junto al líder supremo Ali Jameneí, dirigentes como Ali Lariyaní, al frente del Consejo de Seguridad Nacional; Ali Shamjaní, jefe del Consejo Nacional de Defensa; Aziz Nasirzadeh, ministro de Defensa; Mohammad Pakpour, comandante en jefe del Guardia Revolucionaria; Gholamreza Soleimaní, máximo dirigente de la milicia Basij; Esmaeil Jatib, ministro de los servicios secretos, y Seyed Majid Jademi, responsable de Inteligencia de la Guardia Revolucionaria.
Esta sucesión de golpes no impidió que el miércoles, unas horas después de la entrada en vigor del alto el fuego, Irán lanzase 17 misiles balísticos y 35 drones contra territorio de Emiratos Árabes Unidos. Luego le tocó el turno a Kuwait, hacia donde volaron vehículos bomba no tripulados. La pasada semana, además, la aviación estadounidense constató que, pese a haber tratado de eliminar las baterías de misiles tierra-aire iraníes desde el inicio de la Operación Furia Épica —el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, se ha vanagloriado de la libertad con la que volaban sus cazas— sus aparatos estaban todavía a tiro de los proyectiles del enemigo tras el derribo de un F-15, que desató una carrera contra el reloj para el rescate, finalmente exitoso, de dos militares de Estados Unidos.
Los errores cometidos por los proyectiles iraníes durante estos 40 días de conflicto son buena prueba también de la descentralización del mando diseñada hace dos décadas. Fuentes oficiales iraníes informaron a mediados del pasado mes a un grupo de periodistas de que Teherán no estaba detrás de algunos de los ataques contra infraestructuras civiles en Omán, Kuwait o Arabia Saudí. La orden no había venido de un poder central. Araghchi lo expresó así en una entrevista en Al Jazeera: “Nuestras unidades militares son ahora, de hecho, independientes y están algo aisladas, y actúan siguiendo instrucciones generales que se les han dado con antelación”.
Preguntado ahora por aquello que tan bien describió hace 15 años, Michael Connell, colaborador del Middle East Institute, señala en un correo: “La solidez del mando y control a nivel provincial proporciona pruebas tangibles de que la Guardia Revolucionaria, al menos, ha estado operando de acuerdo con el concepto establecido”. Ya lo decía el jefe de la diplomacia iraní.
El centro de análisis estadounidense The Soufan Center recogía el jueves la explicación de Matthew McInnis, ex representante especial de Estados Unidos para Irán, sobre el esquema defensivo fijado por Teherán, una estrategia en capas con tres pilares: la guerra asimétrica, el poder de los misiles y la contribución de los aliados regionales. Todo parte de esta estructura defensiva en mosaico o fragmentada.
El uso de los drones contra los vecinos del Golfo y las tácticas de la fuerza naval de la Guardia Revolucionaria en el paso de Ormuz (lanchas rápidas, lanzamisiles y amenaza de minado de las aguas) son buena prueba de lo primero. Las lanzaderas iraníes, además, han disparado cerca de 2.000 proyectiles, balísticos y de crucero, pese al desgaste sufrido en el conflicto de 12 días del pasado junio. El tercer elemento de esta estructura, la participación de los grupos armados fieles a Teherán, si bien no ha sido masiva, al menos en el caso de las milicias iraquíes o los rebeldes hutíes de Yemen, sí ha tenido un impacto psicológico fundamental como desafío y amenaza hacia Estados Unidos e Israel, de encaje perfecto en la estrategia de desgaste ideada por Teherán.
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