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La muerte de migrantes en el Mediterráneo bate récords por la falta de rutas seguras y rescates

Entre enero y marzo murieron 1.022 personas, la mayor cifra en un primer trimestre. En la zona central, el incremento fue del 150% entre 2025 y 2026

Una ONG divisa una embarcación con decenas de migrantes a bordo, procedentes de Egipto, Eritrea y Sudán, en agosto de 2025. Anadolu (Anadolu via Getty Images)

Unas 1.022 personas migrantes han muerto o desaparecido en el mar Mediterráneo en el primer trimestre de 2026. Esta cifra ha batido récords en los registros de la la Organización Internacional para las Migraciones (OIM, dependiente de Naciones Unidas), que desde 2014 monitorea las llegadas, fallecimientos y desapariciones en las tres rutas migratorias de esta región. Es como si hubieran caído entre cinco y seis aviones Airbus A320 y ningún pasajero hubiera sobrevivido. Por lo general, el primer trimestre no es el más letal: es en junio, julio, agosto y septiembre cuando las cifras se disparan, porque es el periodo en el que más embarcaciones se lanzan al mar por el buen tiempo.

Sin embargo, en este inicio de año las primeras cifras ya son significativas. “Tan solo en la ruta central del Mediterráneo [que conecta el norte de África con Italia] cerca de 765 personas fallecieron en lo que va de año; es decir, ha habido un aumento de más del 150% [con respecto a 2025]”, resalta la OIM en un comunicado de prensa.

Aunque por ahora la organización no cataloga este incremento como una emergencia, sí reconoce que hay una crisis humanitaria en el África subsahariana y otras regiones que empuja a las personas migrantes a asumir el riesgo de embarcar rumbo a Europa en rutas cada vez más largas y peligrosas.

Paradójicamente, la letalidad ha aumentado en un primer trimestre marcado por un número bajo de llegadas. Entre enero y marzo, fueron 17.830 personas las que arribaron a Europa por vía marítima. Un 40% menos que en el primer trimestre de 2025 y la mitad que en el mismo periodo de 2023 y 2024.

Pese a no haber datos sobre las nacionalidades de los fallecidos, sí se sabe que la mayoría de las personas que han desembarcado, al menos en 2025, provenían de cuatro países: Bangladés, Egipto, Afganistán y Sudán.

Un portavoz de la OIM apunta, en declaraciones a EL PAÍS, a múltiples causas que pueden explicar esta situación en el Mediterráneo: desde las malas condiciones meteorológicas a la disposición de los traficantes de asumir el riesgo de navegar con mal tiempo, pasando por la falta de rutas seguras y la reducción de la capacidad de búsqueda y rescate por parte de los gobiernos y las ONG.

“Este año”, explica por teléfono el citado portavoz, “se ha caracterizado por condiciones meteorológicas muy adversas”. Cita, por ejemplo, el temporal Harry, que azotó el sur de Italia a finales de enero. Solo ese mes murieron 430 personas en la ruta central del Mediterráneo, según las cifras de la OIM. No obstante, las ONG calcularon en ese momento que las víctimas podían llegar al millar.

Otro problema que identifica el brazo de la ONU para cuestiones migratorias es que los traficantes despachan embarcaciones incluso cuando el tiempo es malo. “Durante los peores días de Harry, ocho barcos salieron de Túnez”, explica el portavoz. “El sistema cada vez es más cruel y criminal”.

Estos dos factores se hacen más evidentes si la capacidad de búsqueda y rescate es insuficiente. “Lo vimos la semana pasada en Lampedusa. El miércoles, encontramos una embarcación que se había perdido y en la que iban 15 supervivientes y 19 cadáveres. Pasaron tres días y nadie se dio cuenta que estaban en el mar. Murieron por hipotermia y falta de comida”, relata. El despliegue de equipos de gobiernos y ONG nada tiene que ver con el de 10 años atrás.

Lorenzo Gabrielli, del Grupo de Investigación Interdisciplinario sobre Inmigración (GRITIM-Universidad Pompeu Fabra), subraya por teléfono que algunos gobiernos “criminalizan las actividades de búsqueda y rescate de las ONG que están haciendo una tarea que deberían estar haciendo los Estados”.

En Italia, por ejemplo, la primera ministra, Giorgia Meloni, aprobó en 2023 un decreto que restringe las actividades de búsqueda y rescate de buques humanitarios. Gabrielli recuerda que el Gobierno de ese país obliga a desembarcar a personas rescatadas en puertos alejados, lo que aumenta la duración y gastos de los viajes para las ONG, e interpone todo tipo de trabas administrativas. A su vez, esto aumenta los costes de operación y, durante el mal tiempo, incrementa los riesgos. También, dice el miembro de la Red Euromediterránea de Investigación en Migración, se aplican procesos jurídicos que terminan con barcos inmovilizados, lo que dificulta el trabajo de las ONG, que ya se enfrentan a problemas de seguridad cerca de las costas de Libia.

Esta misma semana, la ONG alemana Sea Watch denunció un nuevo bloqueo por parte de Italia de su barco de rescate Aurora, que había rescatado a 44 migrantes y los había trasladado a la isla de Lampedusa. Según un comunicado, las autoridades detuvieron la embarcación “alegando que la organización no informó a las autoridades libias sobre sus operaciones” ―la UE e Italia han firmado acuerdos con Trípoli para frenar la migración irregular, denunciados por ONG de derechos humanos―. Una semana antes, el Gobierno italiano les había inmovilizado el Sea Watch 5 y había impuesto a la organización una multa de 10.000 euros.

Gabrielli, además, añade la falta de rutas seguras como otro problema estructural. “Como las más cortas están cada vez más controladas, los traficantes utilizan otras más largas y peligrosas”, afirma, y señala que el endurecimiento de las políticas migratorias en Europa no ofrece ninguna solución. La muestra, dice, está en los datos: se ha conseguido disminuir las llegadas por mar, pero los viajes son cada vez más letales. Tampoco ayudan, dice, las políticas de externalización del control fronterizo a países como Libia o Túnez.

El portavoz de la OIM coincide en la necesidad de abrir canales seguros para el movimiento y regularización de los migrantes. “Esto no solo salva vidas, sino que es necesario para el sistema económico de Europa”, enfatiza.

Mientras se abordan los problemas estructurales, los ojos de las ONG siguen puestos en el mar de cara al verano, cuando el número de llegadas ―y de muertes y desapariciones― suele ser más alto. No obstante, advierte el portavoz de la OIM, cada año es diferente: dependerá, de nuevo, del tiempo, de los traficantes, de la capacidad de rescate y, sobre todo, de si la situación humanitaria empeora en el sur.

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